¡El reinicio de la aventura!

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Los copos de nieve que caían silenciosos sobre su espalda le recordaron que no podía quedarse ahí, con ese último resuello contenido en el vaporoso vaho que apenas alcanzaba a repeler la heladez invadiendo sus entrañas cada vez más. Lo sabía, eso se lo había contado alguna vez el Anciano: cuando sientes el frío en tu interior, el frío de verdad, no hay mucho que hacer mas que esperar la dulce e inequívoca muerte. La Muerte Blanca.

“Podría estar muriendo” se decía cada tres o cuatro pasos que avanzaba sobre la ladera del monte del Tajo. Sentía en su vientre el frío que su cuerpo parecía ya no querer combatir y por el contrario lo absorbía. Podría estar de acuerdo consigo mismo si no tuviera una última cosa por hacer: tenía que verlo, casi podría jurar que eso le daría el reposo en su viaje hacia lo eterno, que sentía más próximo en aquella blancura brillante, apenas desplazada por manchas oscuras representando abetos y pinos cargados de aquella nieve cada vez más pesada, crujiente bajo sus patas.

Crunch, crunch, crunch, decía la nieve.

Poco a poco, el brillo de azúcar en esa alfombra blanca e inmensa fue opacándose. Atardecía y con el crepúsculo moría el veintitrés. No recordaba un 23 de diciembre así, no debía ser de esa forma. Creía que su utilidad jamás terminaría, que siempre estaría ahí para guiar aquella expedición anual a la tierra que ahora besaba con el vientre cada que resbalaba o se hundía en la nevisca. Por muy tonto que pareciese, empezó a recordar su niñez, en un paisaje como ese, que no hacía daño, no mientras su madre estuviera junto a él y sus hermanos. Las nevadas eran para jugar, y refugiarse en el calor lleno de vida de mamá, que bastaba y sobraba. El Anciano lo descubrió por accidente empezando la adolescencia, cuando su vida y autoestima estaban hundidas muchos metros bajo tierra, burlas y rechazos, gracias a su discapacidad más que visible. El Anciano convirtió esa discapacidad en don y lo dotó de lo que nadie jamás hubiese pensado: lo forjó en una leyenda que no moriría. Él lo entendió en su momento. Se alió a aquel sabio y noble viejo de muchísimos años, y lo hizo demasiado bien. Llegaron la fama y los excesos; todo el año podía retozar, embriagarse del perfume de la compañía femenina, hastiarse de correr por el mundo. Y esos días, los cruciales, eran lo que daban razón a su existencia, y no solo cumplía, desbordaba todo de él para ese trabajo que su misma leyenda le comisionaba cada año y no existía la mínima falla al hacerlo.

Mientras pensaba esto, descubrió que se encontraba frente a una puerta negra y desgastada por los mismos años. La contempló fascinado, como si no esperara que existiese de verdad. No tenía picaporte, ni una aldaba a la cual llamar. La noche ya cubría la espesura de la cima, y tras dos vacilaciones, por fin llamó: trac trac, crujió la puerta. Nada. Trac trac de nuevo, y no podía creer que lo estuviera haciendo. Cuando se oyó un sonido que venía de adentro, supo que a quien iba a visitar representaba su única opción.

Contempló fascinado primero sus ojos amarillos y legañosos que surgieron de la penumbra como dos faros, después aquellas manos extrañas que parecían garras hechas de pelo, y que no eran de color verde como le habían dicho, eran más bien del color del moho, de lo podrido y viejo mezclados en uno solo. Aquella criatura puso los brazos en jarras y lo que primero podía adivinarse como sorpresa en sus gestos torvos y duros de una cara surcada de líneas y pelambre del mismo color del musgo, cambió a un estado retador y de fastidio; ese debía ser su estado natural, y el visitante agradeció aquellos gestos. Al menos eran genuinos y sinceros.

—Tu osada intromisión no es bienvenida. Lárgate de aquí si no quieres que me ponga violento —gruñó la criatura, mostrando sus dientes que parecían lápidas sembradas sin ningún orden en su hocico negro como una caverna. Entonces lo vio bien y comprobó que su leyenda era cierta. Su aspecto descuidado, hirsuto y harapiento denotaba que no veía a nadie desde hacía muchísimos años.

—No vengo de parte de nadie. Solo quería charlar —contestó el visitante.

—¿Eres un estúpido, o perdiste la chaveta? Podría desollarte y comerme tu apetitosa carne si se me antoja. No creas que por trabajar con ese viejo tienes protección especial.

—Te he dicho que no vengo de parte de nadie, ni trabajo con el Anciano.

Esta vez el peludo y verde personaje se acercó a él. Su hedor era terrible, mezcla de vómitos, basura y halitosis. Pero eso no le importó y le sostuvo la mirada. Sus garras, capaces en efecto de cercenar pieles tan duras como la suya, oscilaron entre la luz que venía de dentro de aquella cueva. Antes de que pudiera evitarlo, tocó la nariz del visitante, la sostuvo y oprimió con sus dedos índice y pulgar. Sintió esta vez su cálida respiración y la nariz se encendió como un foco rojo. Su luminosidad aumentó hasta parecer una luz de patrulla de policía muy brillante. La criatura frunció el ceño, y lo miró a los ojos. Su cara parecía llena de abismos que la ensombrecían y solo permitían ver sus ojos refulgentes y malvados esculpidos en la oscuridad de la noche ventosa.

—¿Qué pasaría si te arrancara esto ahora mismo? —preguntó burlón.

—Adelantarías lo inevitable, mi querido Grinch —respondió el reno, sin moverse.

La criatura de verde lo soltó al instante y la luz roja se apagó también al momento. Esta vez rodeó al ciervo dando pasos cautelosos pero que a la vez resultaban en gracia por su prominente barriga que se balanceaba al compás de sus movimientos.

—Eres Rudolph. En verdad lo eres, ¡por las barbas de Satanás!

Sentados junto al fuego bienhechor, la inusual reunión prosiguió silenciosa los minutos siguientes. La guarida del Grinch era como le habían dicho: un basurero desagradable, sin forma ni fondo, desparpajado. Sin embargo, a Rudolph le parecía bien. Ahí no hacía frío y la vida le había regresado al cuerpo, aunque el té que le habían servido parecía engrudo, estaba caliente y pudo beberlo.

—Creí que ya habías cambiado, Grinch. Que eras amigo de los Quienes, y llevabas una vida feliz. La realidad no es como dicen los cuentos, ¿eh?

El Grinch miraba el fuego, absorto. No esperaba que respondiera, considerando que se encontraba junto al ser más hosco y agrio del planeta, sin embargó, habló, sin voltear a verlo.

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—Déjate de tonterías, reno. Dime a qué viniste a mi guarida. Sigues importunando mi meditación interna de la noche, que es la alimentación a mi odio egocéntrico mismo.

—Me han echado. He envejecido, y…

—¿Crees que soy un imbécil? El gordinflón de rojo nunca echa a nadie. Tú mismo te exiliaste de tu mundo de magia y arcoíris, florecitas y pajaritos —dijo el Grinch, haciendo florituras teatrales con sus manos. Esta vez lo taladró con la mirada, que reflejaba el fuego crepitando en el fondo de su cueva. Rudolph suspiró hondo.

—Dejé de creer en la Navidad.

De la nada, el Grinch dio una risotada que hizo eco y retumbó en las paredes de piedra.

—¿Y por eso has venido aquí? ¿Crees que yo puedo darte un consejo, o me tomas como un libro de autoayuda? Has perdido la chaveta, payaso cornudo.

«Payaso cornudo», así le decían en su adolescencia en el fragor del bullying. Las tripas se le removieron. Estaba considerando salir a la ventisca y perderse de una vez por todas. Era un error estar ahí, no sabía cómo se le había ocurrido siquiera pensarlo. A punto de despedirse, el Grinch habló de nuevo.

—La gente nunca cambia, Rudolph, incluyendo personajes de leyenda como nosotros. Lo descubrí en una de mis meditaciones: el final feliz va más allá de lo que somos. Sin embargo, los demás nos ven como símbolos. Símbolos que se reciclan cada vez que se piensa en ellos, cada que se evoca el mal buscando una moraleja. Hasta el fin de los tiempos. Dime qué ves en mí desde que llegaste aquí.

Por primera vez, Rudolph reflexionó en lo que le decía el enemigo de las Navidades.

—Es como si nunca hubiera pasado lo que conocemos de ti. No veo el final feliz.

—Correcto. Soy el maldito Grinch, con el corazón del tamaño de un sapo, con toda la negatividad del mundo sobre mi espalda. No sé qué o quién es Cindy Lou, pero a veces se me aparece entre sueños como una niña tonta y dientuda. Tú y yo no somos tan diferentes Rudolph, ahora que lo pienso. Se burlaban de ti y tu nariz absurda, se burlaban de mí por ser como soy. Diferentes. Somos piezas que deben encajar en alguna parte de este rompecabezas que se embona año con año, pero, cuando nos leen y nos identifican, el engranaje vuelve a accionarse. Dejaron de leer nuestras historias o seguro alguien allá afuera está leyendo nuestra historia otra vez, y por eso acudes a mí con esas dudas.

—¿Alguien?

—Sí, no depende de nosotros, ni siquiera del Anciano. Esta Navidad por alguna razón debe ser diferente a todas las que conocemos. Necesitamos un nuevo comienzo, un reinicio. El simple hecho de venir a mi morada cambia todas las reglas.

—¿Por qué? ¿Por qué tiene que ser así, una y otra vez? —repuso Rudolph.

—Porque eso que llamas Navidad debe tener un sentido. Por mi parte, creo que estoy a punto de descubrirlo. Ya no será algo que se recicle. 24 y 25 de diciembre dejará de ser esa cosa inútil y fatua. —el Grinch miró al reno con un rostro pensativo.

—¿Qué? ¿Cómo es eso posible?

—No me hagas caso, cuernitos. Mis meditaciones a veces me llevan por otros caminos muy retorcidos. Pero a veces siento que he vivido mi vida cientos, miles de veces. Como si me estuvieran leyendo no solo a mí, todo lo que soy, esta cueva, el monte del Tajo… algo en mí que ya está escrito, y ese capítulo se repite una y otra vez. Sé de ti, pero nunca te había visto. Ahora estás aquí, y no tengo idea de qué vaya a suceder a continuación, mañana o pasado mañana. Cambiaste algo viniendo aquí.

Rudolph se quedó de piedra al escuchar toques en la puerta del Grinch.

—¿Quién rayos será? ¿Nadie le tiene miedo a la muerte? ¡Maldita sea! —vociferó el Grinch, contrariado. Se paró de la silla desvencijada donde tenía asentado el trasero y se acercó con pasos contundentes a la puerta. El reno lo acompañó con sigilo, también tenía curiosidad por ver quién llamaba. ¿Lo habían seguido? ¿Cómo era eso de que había “cambiado las reglas”?

—¡Pueden irse a la…! —el Grinch dejó en suspenso el juramento al ver, entre las sombras, como una estatua viva y sonrosada, a una niña que sonreía nerviosa, mostrando unos incisivos romos y enormes dándole el aspecto de un ratón. Sus mejillas rojas por el esfuerzo de subir hasta la cima del monte del Tajo combinaban con su estrafalario atuendo de colores y peinado de rubias trenzas sin sentido que parecían múltiples nidos de pájaro sobre su cabeza. Tenía las manos en la espalda, como si escondiera algún regalo valioso. La luz del fuego reflejaba en sus pupilas una enorme emoción. Rudolph cayó en la cuenta de que su papel también comenzaba, tal vez no de la misma forma que lo había hecho desde su nacimiento hasta ese día pero, de cualquier forma, la historia comenzaba. Y por primera vez en mucho tiempo sintió la emoción del no saber qué pasaría en el siguiente capítulo de esa nueva vida, maquinaria que acababa de echar a andar. Había cambiado las cosas para siempre escapando del Anciano y la fábrica del Polo Norte, y su leyenda se reescribiría junto con todo lo que lo tocara de ahora en adelante. “¿viajar hacia lo eterno, la Muerte Blanca? ¡Sospecho que no voy hacia ella, ni de lejos!” pensó el cervato. Su nariz brilló de rojo intenso.

La voz infantil acalló por un momento los aullidos de la ventisca que rugía tras ella.

—Se-señor Grinch… ¡soy Cindy Lou, Cindy Lou Quien! Y vengo a invitarlo a ser nuestro Campeón de Villa Quien para la Navidad de este año… ¡Uy, qué bonito venadito!

Ninguno de los dos vio el cuchillo entre las manos de Cindy, sujeto con firmeza sobre su espalda y con el filo brillando a la luz de las estrellas. La niña ensanchó la sonrisa y Rudolph no pudo más que devolvérsela.

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