X años con Wilma

Silencio. Silencio y barcos sobre la arena, fue lo que dejó el huracán —una vez más— cuando se fue.

Son las diez de la noche del 21 de octubre de 2005, y gracias a Dios, me encuentro en la zona alta de Cancún, en una casa que no es mía. El viento se ha elevado a tal nivel que ya se mezcla con los recuerdos difusos de mi infancia, cuando tenía siete años. La memoria inevitable, reacciona, codifica y me devuelve al monstruo de septiembre de 1988, igual de feroz y cruel.

Lo que corre afuera ya no se llama viento o vendaval, pero me aferro a mencionarlo por su nombre. Sí, es la misma oscuridad de 1988, los mismos torbellinos atronadores corriendo a la par de un auto Fórmula Uno y que intentan tocarme a través de las ventanas tapiadas. Aunque ya lo he vivido, la edad aumenta el sentimiento del espectador frustrado, una función que no quiero ver pero estoy obligado a presenciar hasta el final. El sentimiento es cambiante: muta mientras las rachas aumentan la velocidad hasta semejar un gigantesco helicóptero, batiendo sus hélices tras la puerta. No sé si es la tormenta en sí o de lo que está hecha: me impregna la piel de algo desconocido, porque mis vellos se erizan al máximo. Llámese Hunraken, llámese Raxá Caculhá, sólo él puede inyectar de esa forma un miedo particular, raro y volátil, que anega mis venas: siento un hormigueo en mis manos y piernas, pánico latiendo en las sienes y el corazón encogido. Esta debe ser la noche destinada a mi insignificancia, así como mis padres debieron sentirla llegar al alba ese 14 de septiembre, mientras los muebles empezaban a flotar en las aguas turbias y pantanosas de la laguna. Hoy es 21 de octubre, y las nubes rojizas se estrellan en la desmayada ciudad, en la hora más oscura. A veces olvido que el Paraíso también vive pequeños infiernos de otoño. Extraños relámpagos sin truenos rasgan intermitentes el cielo con su azul eléctrico hipnotizante.

El viento no sabe de saciedad y mis tímpanos se anegan de crujidos de lámina, estallidos de cristales y lamentos de hormigón. Esta noche me pregunto, como mis padres hace dieciocho años, si en verdad amanecerá.

00380001 - copia_1
Colonia Leona Vicario, en la zona baja de Cancún. El agua aquí superó el metro de altura.
ultramar
Carretera que comunica Cancún con Puerto Juárez. Al fondo, el faro de Ultramar.

Fue un cumpleaños como ningún otro. La luz tardaría unos días más en regresar, por lo que vivimos noches agradables, estrelladas, de siglo XVIII. Esa tarde de 28 de octubre, tras recoger escombros del patio fuimos al cárcamo a hacer fila, a llenar cubetas con agua potable para bañarnos, pues aún no se restablecía el servicio. Decidí ir con mi mamá y mi hermano a Puerto Juárez, a ver el gigantesco barco encallado del que hablaban los vecinos. Fuimos en el auto y llegamos  sin problemas al puerto. El faro de la empresa Ultramar mostraba segmentos de esqueleto por los trozos de piel que le había arrancado el huracán. La vegetación que no había sido devastada empezaba a amarillear junto con el manglar. Lo primero que notamos fue el rápido trabajo del ejército al haber retirado una gran cantidad de arena para desahogar la carretera costera que comunica a Punta Sam. Las primeras lanchas desperdigadas sobre las dunas aparecieron.

puerto juarez_1
Carretera que comunica a Punta Sam, a la altura de Playa del Niño.

A lo lejos, divisamos un edificio azul y blanco, con muchas antenas en su azotea. El edificio resulta ser el enorme ferry Bahía del Espíritu Santo. Hace poco tuve la oportunidad de viajar en él por primera vez a Cozumel, y es algo notable: caben algunos tráileres y volquetes, y muchos más vehículos en su enorme barriga. Cuando lo recorrí por dentro y por fuera, me di cuenta que la sorpresa inicial persiste, diez años después. Me sigue sorprendiendo por un lado, la fuerza brutal del oleaje, la energía que se requirió para empujar una bestia de acero de muchas toneladas, y por otro, la pericia del capitán, el cariño y la concentración que tuvo para dar el golpe de timón exacto y así atracarlo magistralmente sobre la arena, justo en los límites de la carretera costera, a unos metros del hotel más cercano. Sin duda nos viene a la mente el Portachernera en 1988: nuevas historias se escriben y nuevos barcos —esta vez más grandes— vuelven a mostrarnos nuestro verdadero tamaño.

EspirituSantoFerry
Detalle del ferry encallado.

Por más que he buscado en internet estos diez años, no he encontrado una foto igual o parecida del barco. Quizá porque la mayoría de la gente no es tan testaruda como yo, o los fotógrafos de los medios se conformaron con las tomas que vemos hoy en la red. Fue complicado y hasta estúpido lograrla, no lo puedo negar. A pesar de las protestas de mi madre, me arriesgué a pasar de puntas sobre los restos de un pequeño muelle desdentado y lleno de clavos, con la cámara Nikon de más de medio kilo en mano; todo para “lograr un buen encuadre y distancia”, según mi fotógrafo interior. Debí darle una “velocidad” de 150 y una apertura de 8, la verdad es que no lo recuerdo. Fue toma única y no la pude ver hasta un mes después que todo se hubo normalizado y la mandé revelar. Como un pobre fotógrafo aficionado, solo puedo decir que fue una suerte que la cámara estuviera cargada con su respectivo rollo de 35mm. Una cámara que se dejó de fabricar en 1978 y que ya puede formar parte de un museo. Extraño esa Nikkormat, pesada, infalible y nostálgica.

FerryEspiritusanto
Ferry Espíritu Santo, una de mis mejores fotos, por todo lo que representa, y un cumpleaños que no olvidaré. Tardaron unos cuantos meses en reflotarlo, y hasta hace poco, este 2015, me reencontré con él.

“Hermosa toma, nada que objetar. Quizá si te hubieses alejado un poco más, eso le hubiese dado un poco más de ángulo. Una gran gama de colores. Esa luz en contra le da un buen realce. Las personas le dan la dimensión apropiada al navío.”

—Sergio Güemez Perera, fotógrafo profesional y pionero fundador de Cancún.

7 comentarios en “X años con Wilma

  1. Anonimous dice:

    Yo vivía ahí, en puerto juarez y desafortunadamente mi casa se destruyó toda, yo era un niño de 9 años y solo sentía q nos íbamos a morir, sin embargo aquí seguimos!!! Ojala nunca vuelva a ocurrir este desastre natural!!! Neta nunca!!! Es lo peor que he vivido!!

    Le gusta a 1 persona

  2. Laura Ezcurra dice:

    Esta crónica tan vívida de un Caribe trastornado por la furia del huracán y la foto tan ilustrativa de los despojos del ferry me trasladaron de inmediato… a la inocencia con que empredí, hace ya año y medio el cruce de Playa del Carmen a Cozumel. En medio de risas esperando el disfrute en un hotel. ¡Qué contraste que nos ofrece la naturaleza! Un día, el terror, al poco tiempo,
    de nuevo la alegría.

    Le gusta a 1 persona

Responder a Anónimo Cancelar respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s