El último viaje, capítulo I

I. Ismael Chon y el problema de Kankah

Desde su oficina en el cuarto piso, el gobernador tenía una vista tranquila y panorámica de la bahía, que se abría como una ensoñación mientras la luna empezaba a delinear destellos de plata en la mansedumbre de sus aguas. Platicaba acaloradamente con su secretario de Gobierno y les acompañaba un joven político que, con aire de indiferencia, jugaba con una pulsera de oro, dándole vueltas en su muñeca regordeta. Los enormes árboles afuera del palacio de gobierno se mecían con el incipiente viento, y el apacible crujir de ramas acompañó a la orquesta de insectos que le daban la bienvenida a la noche.

—El apoyo llegó hoy, como pueden ver —dijo el gobernador, señalando a su espalda dos cajas del tamaño de un hombre, apoyadas junto al atril donde permanecía perchada una enorme bandera de México.

—¿Es que son pendejos? Eso no puede estar aquí. La opinión pública… —espetó el joven político. En su guayabera blanca se plasmaban algunas manchas de sudor.

—El pendejo eres tú, sobrino. La opinión pública nos pertenece. Si vas a ser el próximo gobernador, ten los huevos de demostrar de lo que eres capaz en las narices de la opinión pública.

—Bueno. Pero yo iría con más cuidado, sobre todo por la oposición. Son curiosos, y más en época de elecciones.

—Mira, Bebo, a mí déjame hacer lo mío, y tú prepara tu equipo de gobierno. Te estoy dejando todo peladito y en la boca para la sucesión, y lo único que tienes que hacer es sonreír a las cámaras, leer el discursito que te da el Partido y firmar lo que te voy a dejar. Todo en tiempos y formas de lo que será tu administración. La elección es una comedia de tres actos y es cosa mía; el estado será tuyo por seis años.

El secretario tomó la palabra:

—La transacción se hará cerca de aquí, en una aeropista abandonada. Pero en Morelos está la otra parte del negocio, por lo que será la primera parada. Se programó para el próximo lunes, en el vuelo 81, privado y con personal de confianza.

—¿Qué tan de confianza?

—No hablarán.

—Perfecto.

Una leve brisa se coló, y tiró al suelo dos de los papeles que reposaban en su escritorio. Mientras el secretario los recogía, escucharon voces fuera de su despacho. Las voces se convertían en gritos perfectamente identificables: era uno de los guardias de seguridad. Alguien más espetaba frases aporreadas en maya y en español alternadamente, y entre las palabras encimadas y saliendo a trompicones, cayeron en la cuenta de que venían a ver al gobernador. Cuando las voces ya atronaban tras su puerta, el secretario la abrió con violencia. Se hizo el silencio pesado, espeso.

—¿Qué pasa, por qué tanto alboroto, señores? —la voz del gobernador, como de castillo viejo, salió autoritaria al pasillo. Se levantó de su silla y se acercó a la puerta. El joven político se revolvió, nervioso, en su asiento.

La escena se le antojó divertida al gobernador: un joven indio maya de piel morena, rastro innegable de su raza curtida por el sol, se aferraba a la camisa del guardia; este, a su vez, lo jalaba de un morral de tela casi deshecho que le colgaba del hombro. Su indumentaria no podía ser más sencilla y miserable: una guayabera gastada y rasgada, pantalones de manta raídos, y además calzaba huaraches de tela. Los ojos del indio se abrieron de sorpresa.

—¿Usté es el gober, el jefe? —preguntó, esperanzado.

—¡No seas irrespetuoso! —el guardia le dio un zape en la cabeza.

El secretario hizo una mueca de asco, y fulminó al guardia con la mirada.

—Tiene que hacer una cita, y quizá el mes siguiente el gobernador podría atenderlo, con una ficha.

El gobernador rio divertido.

—Por favor, Ramírez, estas personas no saben de fichas. Tú, suéltalo —atajó el gobernador, sin dejar de ver la paupérrima vestimenta. Al instante, el guardia soltó al maya—. Venga, pase, escucharé lo que tiene que decir. Seguro es dinero…

—¡No, no! ¡Ni lo mande el Santo Patrono! ¡Yo dinero, no! —el indio se persignó y el gobernante notó que en su timbre de voz se alojaba algo con mucha densidad, sus palabras iban envueltas en gelatina negra. Le asustó pensar por un momento semejantes incoherencias. La presencia de aquel joven indígena en palacio podría ser una trampa de la oposición, algún enviado para espiar. En eso, seis escoltas llegaron corriendo con pistola en mano. El secretario les hizo una señal de que se detuvieran.

—Ya hablaremos de esto, pendejos —les susurró el secretario, con una mueca de furia.

Contra los pensamientos rebullendo en su interior, el gobernador invitó a pasar al indio. Este se quedó parado, mirando con nerviosismo la impoluta oficina, la bandera de México, y el enorme retrato colgando en la pared que pertenecía al hombre que ahora tenía frente a él. El joven Bebo se cubrió la nariz con un pañuelo perfumado, y alejó su silla a un costado.

—Tío, coño, ¿qué haces?

Al gobernador le hizo gracia el amaneramiento de su sobrino. Vaya líder sería. Esto terminó por convencerlo de atender al maya.

—Este también es tu pueblo —dijo el gobernador con una sonrisa, dirigiéndose a sus dos interlocutores—. También tuyo, Ramírez, por si no se acordaban. Siéntese por favor. ¿Cómo se llama?

—Ismael, Ismael Chon, vengo de Kankah… hablo poquito espaniol

—No importa. ¡Hombre, ya hasta me dan ganas de invitarlo a cenar aquí con mis camaradas! —soltó ante la mirada horrorizada de su sobrino—. Venga, lo escucho.

El indio comenzó a temblar, y el gobernador supuso que quizá era por estar ante su presencia e investidura. En sus ojos se podía ver el miedo arremolinado en las pupilas, negras como la noche.

—En mi chanpueblo… pasa algo feo, algo muy muy requete malo, mi gober. Se llama Kankah, está, está cerquitas de Yucatán, y… y…

Los balbuceos del maya impacientaban al gobernador, así que, haciendo todo el acopio de educación, interrumpió a Ismael.

—Ismael, ¿qué haces allá en tu pueblo?

—Siembro maíz, jefe, y doy de comer a los puercos, ¡pero…!

El gobernador rio en su fuero interno. Se relajó. Ese indio no era ningún enviado, mucho menos un espía.

—Ramírez, tráigale al hombre un vaso de agua, no, mejor Coca-Cola. Y Bebo, por favor, acércate. Escucha a tu pueblo, recuerda, será tuyo —le dijo con otra sonrisa.

El gobernador se sentó y miró a los ojos al campesino maya. Su tez morena y su rostro joven revelaban que apenas y alcanzaba los veinte años. El funcionario respiró hondo y entrecruzó las manos delante de la barbilla.

—Siéntate por favor, y cuéntamelo todo. Con confianza, te escucho. ¿Conoces a mi sobrino? Está contendiendo por la gubernatura, y va arriba en las encuestas. Y te está escuchando atentamente. Pero qué educación Bebo, saluda al señor Chon.

El joven regordete miró a su tío con visible desconcierto.

—Que saludes al señor Chon. Has ido a, ¿cuantos pueblos, sobrino, y has abrazado a cuánta gente? No me jodas.

—Tío, aquí no hay prensa, ni…

El gobernador se acercó a su sobrino, y le susurró:

—O lo saludas como es debido, o no hago el puto trato para que ganes.

—Me necesitas para el próximo sexenio —contestó en automático. Su tío sonrió, mostrando la dentadura blanca y pulcra.

—¿Me estás retando, Bebito? Tengo gente de mucha confianza y capacitada para el cargo. Una llamada mía al Partido y te vas a la mierda con tu carrerita política. Conmigo no te pongas gallito, eso hazlo con tus opositores y los periodistas radicales y rojos.

Bebo le dio un fugaz apretón de manos a Ismael Chon. Sus palmas y falanges, ásperas, sucias, con olor a tierra, le provocaron un dejo de asco que sin demora formó una mueca en su rechoncha faz.

El indio por fin se sentó, y sus temblores desaparecían a medida que el silencio se hacía en el despacho. De repente se apoderó del gobernador una curiosidad extraña: el motivo de la visita de Ismael Chon, de un pueblo cercano a la Chingada. Imaginó asesinatos por apoderamiento de tierras entre familias, quizá algunos indios rebeldes de la selva profunda que se les metió el diablo y decidieron atacar el pueblo de aquel muchacho. Sabía que aún existían descendientes de los insurgentes cruzoob, taimados, esperando su momento de tocar los caracoles de guerra, fraguando su venganza contra los blancos latifundistas, y que no convenía provocar por razones históricas. El sudor bajo su nariz apareció como gotas de rocío.

—Vamos directo a lo principal, Ismael, y quiero que seas claro, porque si no me dices qué contras sucede, no puedo ayudarte. Tu pueblo… ¿cómo dices que se llama?

—Kankah, está cerquitas de Sabanal, en la mera selva.

Nunca había oído hablar de tales nombre de pueblos, y eso que el jefe del ejecutivo era un hombre que recorría el estado al menos dos veces al mes, yendo hasta los asentamientos más alejados e inhóspitos, donde incluso uno se podía encontrar descendientes directos de estos mayas de la Guerra de Castas, los cruzoob, vistiendo no más que taparrabos. Algunos usaban todavía flechas y lanzas para cazar, y le impresionaban. Eran los últimos guardianes de una era prehispánica perdida entre los siglos y no pedían ni luz eléctrica ni calles asfaltadas; estaban a gusto con su forma de vida, y lo que tenían para subsistir: tierra, sol y agua. Y este Ismael tampoco quería dinero.

—¿Te suena el pueblo, Bebo?

El joven negó con la cabeza.

—Ajá. Y dime, Ismael, ¿qué le pasa a tu pueblo? Estás muy alterado, supongo que has viajado por varios días…

—Sí, jefe, es que no sé cómo empezar a explicarle a su mercé como es que pasó, todos en el pueblo tienen miedo, y nuncas nadie se había dio a pedir ayuda a la capital, ¡pero juepuchis, en Sabanal también lo vieron!

—¿Qué, qué han visto? Habla, Ismael, despacio.

¡El shlá Gran Soot’s el vampiro! ¡Esa cosa, esa que le chupa sangre a las reses! ¡No podemos con él!

Al momento que Ismael le decía esto al gobernador, Ramírez entraba al despacho con la Coca-Cola, y se quedó en el umbral de la puerta con aspecto atontado. El mismo gobernante puso una cara de incredulidad total, y casi se cae de la silla que lo sostenía. Bebo respingó y sus mofletes quedaron del color de las cerezas.

—¿Qué contras has dicho? —olvidándose de la diplomacia, fulminó con los ojos a Ismael Chon, que volteaba a todos lados, como si tuviera miedo a la luna que seguía subiendo y alejándose de la superficie de la bahía.

—¡Eso, señor! ¡El Kamazotz! ¡El Gran Soot’s! ¡Nunca lo habíamos visto, pero le juro por esta que es de verdad! —le dijo haciendo la señal de la cruz—¡Le intentamos dar en la madre con escopeta, pero no le hizo nada!

Las carcajadas sonaron, y cuando Ramírez se dio cuenta, el gobernador se recargaba en su sillón, riendo a sus anchas. Bebo no rio, pero se paró y se acercó a la ventana. Susurró un puta madre. El secretario le llevó la coca al indio, que se rascaba frenético un pie. Tomó el refresco de un jalón mientras el mandatario retomaba la seriedad.

—¿Dices que un vampiro asuela tu pueblo? ¿Un vampiro, murciélago?

—No… no le entiendo… —dijo Ismael, tomando otro trago de refresco.

—Joder, que si un vampiro está destruyendo tu pueblo, eso quiero decir, Ismael. El Kamazotz, Gran Soot’s o como le llames.

—¡Sí, sí, en la madre, así! Por mi madrecita… yo lo vi. Es un animal re grandote y feo, y le chupa la sangre a mis animales, y a los de todito el pueblo. Les escupe y los duerme.

—¿Y tanto alboroto solo para escuchar esto? ¿Y cómo fregados pretendes que te ayude, Ismael?

—¡Mátelo! ¡Mande a alguien a matarlo, por favor, mi gober! Ya atacó al sobrino de mi compadre, está malito, tiene mucha calentura y salvó de milagro…

Otra andanada de risas: esta vez Ramírez se unió al gobernador. En toda su vida política, nadie había ido a verlo y pedir algo contándole una historia fantástica, y eso que el dirigente ya era un veterano. El campesino los miraba como si no comprendiera nada.

—¿Sabes Ismael? Me caíste bien, muchacho. No puedo enviar a nadie a matar a Drácula ahora. Tengo mucho trabajo, pero a ver… Bebo, ¿cuánto traes en tu cartera?

Bebo se volvió y lo miró como diciendo ¿es en serio? El joven entendió que su tío se estaba divirtiendo a sus anchas con él y no había salida, por lo que decidió que le seguiría el juego. Sacó de su cartera un fajo de billetes y se lo ofreció a su tío. Este lo miró y sonrió abiertamente.

—Obedeces muy rápido, sobrino. Cuando te obliguen a ponerte en cuatro patas, piensa en algo útil antes de bajarte los pantalones. Piensa en eso cuando tomes posesión.

La cara del joven rechoncho volvió a arrebolarse tan intensamente, que por un momento el gobernador, riendo por dentro, creyó que lo golpearía.

—Está bien, tío.

—Tú crees que me divierto, pero esta formación no la consigues en ningún lado. Lo menos que espero es un «gracias», cabrón.

—Gracias.

—¿Qué balbuceaste? Habla con aplomo, como si tuvieras dos pelotas. ¡Yo soy el Congreso, y te estás dirigiendo a mí, chingada madre!

—¡Gracias, tío, gracias!

El gobernador pareció satisfecho. Con amabilidad, le tendió los billetes a Ismael. El indio, que parecía no entender una palabra en la discusión entre tío y sobrino, tomó el fajo. El gobernador le dijo complacido:

—Mira, con este dinero, compra un buen fumigante. Ahora no podrás, será hasta mañana, pero cómpralo en el centro, y fumiga tu pueblo. Con eso matas al maldito vampiro chupa sangre. No hay nada mejor, te lo aseguro. Ahora, si me disculpas…

—Pero don, ya tratamos de envenenarlo y no…

—Oíste al señor gobernador, ¡vamos, haz lo que te dijo! —replicó Ramírez.

—No me cree, ¿verdá señor?

Esta vez Ismael Chon lo miró directamente, y sus ojos latieron en furia salvaje, esa que seguro pasaba indómita de generación en generación maya, la que dormía pero que en cualquier momento podía convertirse en la mirada del insurgente Cecilio Chi, de Jacinto Pat: en un asesino vengador de políticos blancos y criollos, a cobrar afrentas de siglos de esclavitud y burlas desde la Conquista. Los dos funcionarios se miraron de soslayo, sin saber qué hacer. Bebo apretaba los puños con impaciencia.

—No me cree —repitió, sin dejar de verlo—. Nadie me cree, nosotros, al principio tampoco creímos, pero mi pueblo…

Habiendo dicho esto, se levantó, y buscó la puerta del despacho. Antes de salir, les dedicó otra intensa mirada.

—Tenga su dinero. Usté lo necesitará más que yo.

Aventó el dinero al piso y azotó la puerta. Los billetes se abrieron como un abanico multicolor en el suelo. El mandatario, Bebo y su asistente se quedaron de piedra por unos segundos, mientras la brisa tenue se colaba por los ventanales, tratando de ventilar los sudores nerviosos en la estancia. En un impulso, Bebo salió al balcón, y vio que Ismael se alejaba corriendo en las aceras empedradas, hasta que la oscuridad y los árboles lo devoraron en el silencio de ahí abajo.

—¿Qué chingados fue eso? —Bebo se dirigió a su tío— ¿Es otra de tus pantomimas?

Bebo debió comprender, al ver la misma cara desconcierto de su tío, que aquello ya no era una representación, o una prueba.

—Deberíamos de detenerlo como precaución, no me gusta… —sugirió Ramírez.

—Déjenlo en paz. Sabrá Dios quién era ese desgraciado. Quizá ha perdido la cabeza entre tanta miseria.

El gobernador dedicó un último pensamiento a Ismael Chon: ¿qué podía infundirle semejante pavor a un hombre como aquel, rudo, de campo y que vive con la naturaleza salvaje a diario, acostumbrado a las picaduras infernales de los moscos y las garrapatas, de las serpientes nauyacas y chicleras que mataban en un dos por tres?

Al día siguiente, ninguno de los tres recordaría el incidente, mucho menos el nombre del pueblo de Ismael que debía estar perdido entre la selva, a muchos kilómetros de la modernidad. Había una elección en puerta, y no había espacio para estupideces.

Los políticos jamás volvieron a ver a Ismael Chon, ni en el despacho, ni fuera de él.

Continúa en la siguiente entrega, 13 de marzo de 2017.

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