El último viaje, capítulo II

II. Vuelo 81

Cuando alguien le preguntaba cómo se ganaba el pan, la respuesta era sencilla: piloto privado. ¿De quién? Bueno, de personalidades exclusivas. Lo importante era la paga y la carga: transportaba a diferentes políticos y artistas. Una vez conoció al mismísimo presidente de la República en uno de esos viajes. No obstante, eso tenía poco o ningún significado para él. Odiaba a los políticos, sus actitudes mamonas y sus excentricidades. En secreto, deseaba algún día poder llevar a Pink Floyd al completo: que de él dependiera su llegada a algún destino para poder tocar algún concierto inolvidable en una arena grandísima.

Con la destreza en sus manos y la pericia del águila para volar, Allen Sáenz «Halcón» ajustaba sus cinturones y revisaba en su tablero de instrumentos que todo estuviera en orden para iniciar. Al hacer las comprobaciones de rutina en la máquina y los instrumentos, el avión, un Grumman Gulfstream, cobró vida con un estertor que estremeció su café, aun humeando el olor sabroso a moca blanco. Pudo ver que esta vez el plan de vuelo era un tanto extraño; saldría del Aeropuerto Internacional de Cancún, llegaría a una pista muy rudimentaria en las afueras del pueblo de Morelos, recogería algo o alguien importante ahí —la mayoría de las veces no decían qué o quién— y volaría con dirección a… la computadora ponía, «destino en vuelo». A veces sucedía así, por protección del político o millonario. Sucedía a menudo en los vuelos civiles, por «seguridad». Le exasperaba que su trabajo se pareciera al de un vulgar taxi, pero como ya dijimos, la paga era buena, muy buena.

—Bueno, plan de vuelo, ¿quién diablos lo necesita? —le dijo divertido a su copiloto, Manuel Centeno, al enterarse de las instrucciones de la torre de control. Pero este no le devolvió la sonrisa. Bajo las gafas Ray-Ban, mantenía un semblante tenso frente a los controles de vuelo.

—¡Relájate, Manolín! —le dio dos palmadas en el hombro—. Es solo uno más, y nos vamos de vacaciones. Es más, pongo mi rola favorita. ¡Cómo me eleva esta madre!

Learning to fly, la canción de Pink Floyd que era su sello personal para despegar, comenzó en el altavoz mientras el avión recorría la pista y dejaba atrás el suelo y la ciudad para internarse en las nubes bajas. Manuel se mantuvo igualmente silencioso durante el despegue. Allen no le tomó importancia, y mantuvo el rumbo en línea recta a Morelos, un pueblo cabecera del municipio del mismo nombre, sobrevolando la alfombra verde y selvática de la Península de Yucatán. A los treinta minutos, ya llegaban a las coordenadas señaladas por la torre. A pesar de la selva alta e imponente, no se le dificultó ver la precaria pista de aterrizaje. Tenía visión el tipo.

—Allen, cuando aterricemos, tenemos orden de no salir de la cabina ¿está claro?

Escuchó las palabras de su amigo con cierta tensión nerviosa e imperativa. A pesar de eso, asintió. Sin más problemas, el pequeño artefacto descendió y se detuvo a mitad de la pista. A Allen le extrañó no ver a nadie esperando, alguna comitiva de despedida; sucedía con frecuencia en esas pistas apenas asfaltadas para que algún político o cacique regresara de sus giras o visitas programadas, «baños de pueblo en la miseria».

—Listo. No apagues el motor, Halcón —le dijo, marcando una nueva frecuencia en la radio, cambiando el  transpondedor de «A» a «C», cosa que ya no era normal—. Cuando gusten. Vuelo 81 en el nido, repito, vuelo 81 en el nido.

Cuando el avión se detuvo por completo, vio a lo lejos un camión de redilas verde olivo, muy parecido a los del ejército, abrirse paso entre la selva y por fin salir a la pista. Pero no era un camión del ejército. No tenía matrícula pintada en sus puertas. Allen torció el cuello intentando divisarlo por la ventanilla.

—¡Que no veas, pendejo! ¡Solo abre el compartimiento de carga! —su amigo sudaba y manoteaba constantemente. El copiloto cambió de nuevo la frecuencia y otra voz se escuchó en el receptor, una voz grave y modificada electrónicamente. No era de ninguna torre de control que él conociera.

—¿De qué se trata esto? ¿Por qué tanto…?

Manuel sacó una pistola de su chaqueta, y le apuntó directo a la cara. Aunque no se veía con seguridad, su amigo apoyaba las dos manos en la culata.

—Mira cabrón, puedo terminar este vuelo contigo o sin ti. ¡Sigue las instrucciones! ¡Abre la puta compuerta!

El Halcón no podía creerlo. Jaló la palanca con la mano temblorosa y el compartimiento se abrió. Se escucharon vibraciones, señal de que cargaban algo en el avión. La situación ya lo envolvía como una maldita telaraña, y mientras trataba de dilucidarlo, se hacía todo tipo de teorías, tratando de explicarse qué enloquecía a su compañero de vuelo… todo el cambio de frecuencias y transpondedor. Atrás estaban cargando algo ilegal. Droga, por ejemplo. ¡Por Belcebú, droga!

En los audífonos, escuchó de nuevo esa voz, distorsionada para hacerla irreconocible. Parecía que un maldito fantasma de ultratumba se comunicaba con él.

—«Vuelo 81, dejen el nido, cierren y despeguen. Sigan trayecto acordado, en las coordenadas y los grados exactos».

—Obedece, Allen. ¡Tendremos lo que queramos, Halcón, lo que queramos! Solo obedece. Todo estará de lujo.

—¿Qué traemos en el avión, Manuel?

Manuel torció la mueca, y susurró:

—¡Que te calles, carajo! ¡Ya no hay nada que puedas hacer, estamos los dos metidos hasta el cuello!

No podía creerlo. Estaba en un verdadero aprieto de mil demonios. Lo que traían era droga, o fayuca, o dinero, una de tres. Y ninguna de ellas lo hacía sentirse más cómodo.

De nuevo el pájaro de acero se alzó entre la selva, hacia el sur.

 

La tensión lo hacía sudar a chorros. Si los detenían, si los agarraba la policía, el ejército… puta madre, nadie le creería que él no estaba enterado. Se imaginaba los titulares de los periódicos del día siguiente: «Piloto transportista de droga capturado» o «Cayó El Halcón, piloto de los narcos en Quintana Roo» con su foto a todo color, en grande, y detrás el logotipo de la Procuraduría de Justicia, su rostro desencajado, con barba de tres días y dos policías judiciales enmascarados custodiándolo detrás con sendas metralletas. A toda madre. A toda pinche madre.

El avión avanzaba, el trayecto se iba cumpliendo a punta de pistola y órdenes que venían del Más Allá, desde el mismísimo infierno. No supo si fue por estar sumido en sus pensamientos, la presión de estar amenazado de muerte, pero apenas pudo darse cuenta que el cielo azul pronto se convertía en brumas grises que se engrosaron y tomaron el aspecto de una inmensa tormenta. Cuando el Halcón se dio cuenta de lo que se les avecinaba, ya sentían las turbulencias y los vientos encima, cimbrando la nave. Los relámpagos los cegaban, y un trueno casi les revienta los tímpanos. Manuel tuvo que guardarse la pistola en la chaqueta y afianzarse a los instrumentos de apoyo, porque el bamboleo crecía y sacudía el avión como una montaña rusa. La tormenta envolvió al Gulfstream, y era tal la densidad de las nubes negras, que parecía que la noche los había atrapado de repente. Allen se sentía participar en un torneo de vencidas, pues el timón doblegaba sus muñecas obligándolo a ceder y perder el dominio del aparato. Una sacudida definitiva, como si Dios asestara un golpe a un mosquito, dio inicio al violento aterrizaje del vuelo 81.

El impacto fue tremendo, y mientras el avión enterraba el morro en árboles que parecían borrones oscuros a través de las ventanillas que volaban en pedazos, Allen se sintió como en aquellos sueños, donde uno es absorbido sin remedio a la oscuridad total.

 

Goteo.

Frescura.

Mucho frescor, un limbo delicioso.

Se estaba tan bien…

Una gota más.

Algo le goteaba en la cara. Algo frío.

—¡Di…! ¡Dios!

¿Cuánto tiempo? ¿Cuánto? El silencio y el goteo sobre él prevalecían sobre todo lo demás. Tenía que abrir los ojos ya, tenía que mover los párpados, mover…

¡Jesús, no sentía el cuerpo!

Allen abrió los ojos de golpe, y se sorprendió hallarse sujeto todavía al asiento que comandaba aquel avión, ahora muerto. Había algo negro y borroso que lo tenía aprisionado contra el asiento y, gran alivio, pudo mover sus manos y sus pies. Estaba entero, gracias a Dios, y la mancha enorme que no reconocía se convirtió en un enorme tronco que había atravesado la cabina como cuchillo en la mantequilla e incluso llegaba hasta el compartimiento de pasajeros. Al voltear a su derecha, el espectáculo fue demoledor: Manuel estaba atravesado en diferentes partes del cuerpo por otras ramas que parecían garras. Su cara, con los ojos abiertos y el rictus de dolor en agonía, le arañaron la parte de atrás de su cerebro. Se vio a sí mismo, y descubrió que otros ramajes no le perforaron el estómago por centímetros.

¿A qué velocidad nos estrellamos?

Sabía que había una ruleta de pensamientos, una ruleta de un casino mental que gira mientras se piensa, mientras la vida corre peligro o cuando despiertas de un sueño profundo. Su ruleta y la bola bailarina dejaban de girar mientras salía del aturdimiento y sus oídos despertaban y captaban el golpeteo de millones de gotas de lluvia sobre algo metálico. Entonces la ruleta se detuvo, la bola cayó en la casilla y en vez de números o colores, la palabra «jodido» apareció claramente. Lo que goteaba era el agua de la tormenta culpable de su brusco descenso. La cabina y el cuerpo de su copiloto estaban destrozados, y él seguía con vida, así de sencillo. Con trabajos pudo quitarse el cinturón de seguridad, y con el dolor vibrándole en las articulaciones por la sacudida y el aterrizaje forzoso, se arrastró para salir de esa maraña de ramas y troncos que se comían el fuselaje.

No podía pensar en nada. Lo único que deseaba en verdad era salir de ahí, dejar atrás el cuerpo de su amigo. Aunque si lo repensaba, desde el momento en que se había subido en Cancún a pilotar, ya no era su amigo. Se había convertido en un ser deforme; lo amenazó, lo implicó, sumió su cabeza en aguas pantanosas sin consideración. Y ese cargamento…

No importaba en realidad. Ya debía ser despojo mojado y aplastado.

La aeronave se había partido en dos como una galleta, lo comprobó al llegar al pasillo que daba a la zona de pasajeros. Pero lo que vio desde ahí le apretujó el corazón y le dio una idea de donde se encontraba.

Aun en esa elevación, la jungla impedía ver el cielo; apenas trazas grises de las nubes que seguían descargando la lluvia copiosa. La selva cerraba los pasos por doquier, incluso el sendero irregular que había dejado el Gulfstream al estrellarse. Parecía que lo verde ahí vivía y se regeneraba a cada segundo, sin dar tiempo a un ser humano de ubicarse, como en las pinturas de Rousseau. De pronto, ya no sintió deseos de salir de esa parte segmentada y abierta, desparramada de asientos, cables y metales retorcidos. No podía ver más que verdor. Verdor del musgo, verdor de árboles sobre árboles, cientos de miles de lianas colgando, cubriendo incluso a los troncos de los gigantes que debían medir más de ochenta metros de altura. Por eso la lluvia apenas se colaba de entre las ramas a pesar del aguacero sobre ellas.

Pero lo que más le inquietaba era el silencio. En las películas siempre escuchaba los sonidos ambientales de una jungla salvaje, llena de vida; el canto estridente de las cacatúas, los tucanes, los monos de todo tipo, escandalosos payasos peludos. Ahí no había nada de eso, solo el verdor silencioso.

—¿Hola?

Sí, por un momento, Allen tuvo la certeza de saber dónde lo había colocado Dios. Estaba contemplándose, empapado, en medio de la nada, en algún lugar de ninguna parte.

Continúa en la siguiente entrega, 17 de marzo de 2017.

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