El último viaje, capítulo III

III. El cargamento

Menudo aprieto. Menudo problema de mierda. Bueno, al menos sabía cuánto tiempo llevaba allí. Su reloj empañado marcaba dificultosamente las cuatro de la tarde y le recordaba con precisión que el último contacto con aquella voz misteriosa se había dado a eso de la una treinta de la tarde. Pero de nada servía eso. Los instrumentos estaban muertos junto a su amigo y la oscuridad ya era una realidad ahí, bajo el manto terrorífico de la selva alta, iluminada con el tenue fulgor de los relámpagos y la lluvia constante. Saber que uno podía encontrarse cualquier cosa allá afuera, en lo salvaje, le hacía pensar en todo tipo de animales venenosos y hostiles. Sabía de las serpientes, del chaquiste y de cualquier cantidad de insectos pululando aquellas selvas. Le daba pavor el solo pensar en encontrarse con un animal grande todo garras y dientes.

No pudo hacer fogata pues la lluvia no dio tregua esa tarde, y el único techo disponible era parte del compartimiento de pasajeros. Con algunos trabajos, subió un asiento suelto y se recargó, aliviado. El cuerpo zarandeado por el accidente palpitaba en latidos de dolor, sobre todo la espalda. Trataba de recordar su última ubicación. ¿A qué grados, a qué latitud, longitud? De poco le servía, pues la selva impedía ver hacia donde desaparecía la luz del sol, con el gris de las nubes de tormenta estáticas ahí arriba. El dolor de cabeza era un rugir de tambores. Al moverse, las articulaciones le crujieron como bisagras oxidadas. No había ningún sentido de orientación. Maldijo para sí. El teléfono móvil, que por momentos daba espasmos de vida a pesar de tener la pantalla estrellada, no tenía nada de señal. Lo apagó y se lo guardó en el bolsillo.

La noche por fin llegó, y a Allen le empapó un miedo básico, el terror a enfrentarse a algo que jamás le había pasado. Nunca había acampado solo, no tan profundo en la selva, expuesto así. En la playa claro, pero con amigos y con una que otra chica ávida de aprendizaje sexual, nunca solo. Ahí todo era humedad y frío. Y silencio. Los grillos no cantaban, ningún búho le declamaba a la luna, no había ruidos furtivos entre la maleza.

 

Allen… mi huracancito… mi Allen…

La voz de mamá acudía como único enlace entre el mundo donde se duerme calentito y cobijado tras una rica cena. El mundo de los vivos, y aquel mundo muerto y perdido, donde se encontraba.

Cuando la luna se pone grandotota como una pelotota y alumbra el callejón…

¿Por qué venía esa marejada de memorias? Sí, era el huracancito de mamá, y el orgullo de la familia. Ese orgullo era lo que le daba el simple hecho de volar. De tener alas y controlarlas a su antojo. Una noche, cuando iba en segundo de primaria, preguntó a su mamá porqué se llamaba Allen, y porqué le decía huracancito.

Naciste en 1980 mi amor, cuando un huracán iba a llegar a Cancún. Cuando la tormenta estaba encima, tu padre dijo: si ese cabrón gigante se desvía, le pondremos su nombre al chamaco. Al último momento el huracán se desvió. Todo empezó por un juego, y así te registramos, hijito.

Y claro, después de contarle la historia, su madre cantaba la canción de la luna grandotota de Chava Flores. Sabía que ése no era el nombre real de la canción, pero qué más daba.

¿Algún día volaré, mami?, acostumbraba preguntarle, casi en los límites de la tierra de los sueños y la fantasía. Y ella respondía, acompañándole con un beso: hasta Júpiter, cariño, hasta los anillos de Saturno y más allá.

 

No voló hasta Saturno evidentemente, pero volaba, libre, controlando los pájaros de acero y escuchando a Waters y Gilmour elevándose al infinito, sin ningún problema, hasta ese último viaje.

No pudo dormir. Cabeceó en alguna parte de la madrugada, pero no pudo por la incomodidad, los moscos que parecían aviones, y la heladez que le calaba los huesos; además, sus sentidos le lanzaban advertencias a cada momento, y veía peligros escondidos tras la maleza. Los árboles semejaban cobrar vida por momentos.

—No tengo miedo, no tengo miedo —repetía cada vez que un acceso de escalofríos se presentaba en su cuerpo húmedo.

 

Amaneció por fin, y a diferencia del día anterior, pudo ver trazas de cielo azul entre los intersticios de las copas. Salió de su único refugio que no era verde en muchos metros a la redonda. El silencio permanecía, como si todos los animales de la selva hubiesen huido lejos. Quizá estuviesen a la expectativa, vigilando, listo para echárselo al plato. La segunda idea le pareció más factible.

Caminar entre esa selva era como tratar de nadar en un pantano. No podía evitar atorarse con la maleza y arañarse los brazos con las lianas y los troncos de los ceibos que cerraban, hostiles, cualquier intento de correr. Ahí la naturaleza era dueña del territorio y él un intruso. Si los humanos invadían y se les hacía fácil hacer caminos sobre el manglar en las costas, construir ciudades en medio de lagunas, ahí parecía imposible siquiera pensar en ello. No era bienvenido, eso lo sabía, dondequiera que pisara, no era para nada bienvenido.

Seguro ya me están buscando, por supuesto que me están buscando. Ese vuelo está registrado en la torre de Cancún, Dios mío. ¡Ojalá escuche ya un avión, un helicóptero de rescate, algo!

A medida que se alejaba de la seguridad de la cabina, sentía que el peligro se le iba a echar encima de un momento a otro. Nunca había olido, oído y visto algo tan salvaje en su vida, nada como aquella jungla. El sol se colaba por los árboles y la mañana se reflejaba en la mayoría de las sombras bajo ellos. Tras un cedro del tamaño de una casa descubrió un par de asientos, cubiertos por la hierba. La estela del accidente no parecía tan aparatosa.

Entonces —pensó Allen—el avión debió partirse en dos, casi limpiamente, porque no aparecían tubos, cables, fierros, ni el cargamento. Siguió caminando hacia el este, donde supuso había iniciado el aterrizaje forzoso. Quería encontrar esa carga por la que su amigo había dado su vida y su amistad. Manuel no era un hombre de malos sentimientos. Le tenía mucho afecto. Vivía con su esposa e hija en Cancún, y lo eran todo para él. ¿Para qué arriesgaba la estabilidad de su familia? Allen supuso que su mujer no tenía idea de los negocios en los que estaba metido su amigo, así como le había pasado a él.

Un ala, completa, colgaba de entre las lianas de un árbol, tan inmenso como un edificio de siete pisos. Los ramajes y la hojarasca casi la cubrían por completo, y al piloto todavía le impresionaba como la selva se comía todo lo que no pertenecía a ella. ¿Así se lo comería a él si se dejaba? No quería quedarse a averiguarlo.

Por fin encontró lo que buscaba: las cajas no se habían roto y una descansaba al pie de un gigantesco zapote cual sarcófago ancestral. Era del tamaño de un hombre parado y tenía rayas pintadas en espray negro en los tablones de madera.

¿Ahí estaba la droga? Si era así, podría darse un buen pasón de polvitos mágicos y terminar con la agonía si no encontraba comida pronto. Haría el vuelo infinito a los infiernos. El hambre que sentía pasó a segundo término, y la curiosidad obligó a Allen abrir la primera caja. Consiguió un tronco pequeño, e hizo palanca con él. No fue fácil, pero pudo liberar la tapa. Ante el desconcierto de Allen, del interior salieron desparramados cientos, miles de hojas. Todas estaban dobladas cuidadosamente en cuatro partes, como cartas dirigidas a Santa Claus.

—¿Pero qué coño?

Su voz sonó estúpida y solitaria. Recogió uno de aquellos papeles y los desdobló.

—¡Mierda! ¡Oh, mierda!

Apenas leía su contenido, y ya sabía qué diablos llevaba en el avión.

El escudo del Instituto Nacional Electoral era lo que más resaltaba, además de las equis marcadas una y otra vez sobre el logotipo de un solo partido político en cada boleta. Boletas que correspondían a las próximas elecciones para gobernador del estado libre y soberano de Quintana Roo, de las diputaciones y senadurías. Había cientos de miles de boletas pulcramente dobladas en cuatro partes, y las equis pintadas con crayón, seguro el mismo que se utilizaba en las urnas, se repetían una y otra vez sobre el ya conocido Partido Revolución Integral y su candidato, el Bebo, un gordo tan contradictorio como populista. Todas las boletas estaban debidamente foliadas, y el escudo nacional como marca de agua confirmaba que aquellos documentos eran auténticos.

¡Santa madre de todos los fraudes, Batman! pensó Allen como un robot, sin soltar las boletas que tenía entre sus manos. Con solo cerrar los ojos y pensar un poco, tuvo conciencia que estaba transportando un buen porcentaje de la votación efectiva del electorado del estado. Las elecciones estaban a la vuelta de la esquina.

—¡Oh, Manuel! ¿Qué diablos estabas haciendo?

Un ruido a su espalda le hizo volver a la realidad. Un crujido de maleza o de las ramas mecidas por el viento, tal vez un animal acechando entre el follaje.

Miró de nuevo la caja y las boletas. Ahora cambiaban las cosas. Ya no tenía miedo de la selva, sino de lo que pasaría cuando saliera de ella. Entonces pensó que podría haber alguien más en la búsqueda del cargamento y de él, por supuesto. Alguien que ahora debía estar sumamente desesperado por recuperarlo, y no precisamente rescatistas, ni la policía. El valor del cargamento era incalculable. La selva continuaba silenciosa. ¿Cuántas cajas como esa habían subido? ¿Cinco, seis? ¿Cuántas boletas, cuántos votos listos para contabilizarse sin pasar por los ciudadanos? A veinte metros de la primera encontró dos cajas más, pintadas de spray negro, con el mismo contenido. Boletas, boletas y más putas boletas electorales.

El hambre volvía a aparecer en escena, y sus tripas se quejaron. El sol viajaba en el cenit mientras continuaba su búsqueda. Debía encontrar algo pronto, o la debilidad comenzaría a hacer mella en su cuerpo. Cacahuates, papabritas, algo en el compartimiento de los pasajeros. Pero hasta ahora, ni una maldita papita, ni una Coca-cola para traerlo de vuelta a la lucidez. De nada le servían aquellos cientos de miles de votos, más que para limpiarse el culo con ellos. El hambre ya era como una batidora en su estómago esperando engullir lo que fuera, y las tripas se quejaban con sonoridad.

Continuó caminando, pero mientras lo hacía, más espesa se le volvía la selva, y los árboles crecían también, haciéndolo más pequeño y débil de lo que ya era.

 

Continúa en la siguiente entrega, 25 de marzo.

 

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