El último viaje, capítulo IIII

IIII. Sombras

Al fin encontró un descampado. Corrió hacia la luz y se deleitó con los rayos de sol bañando su piel. Dio un traspié y la tierra se desmoronó a sus pies. Apenas pudo caer de costado. Algo, quizá una roca, despeñó y escuchó el sonido del agua recibiendo el proyectil. Descubrió que el claro también era la cima de un barranco en medio de la selva, y Allen por poco cae en su loca carrera. Con tiento, se asomó al vacío. Era como un mirador hacia un océano verde que se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Unos veinte metros abajo se encontraba un ojo de agua, negro, reflejando el cielo en incontables ondas provocadas por su torpeza. La selva lo cubría como un secreto valioso. El acantilado, en vertical, era una placa rocosa de varios niveles. Buscó la forma de llegar ahí. El día se iba muy rápido, tanto, que cuando se encontraba abajo bebiendo, las sombras de los árboles se inclinaban, dejando pasar menos luz a medida que transcurrían los minutos.

Alguien le observaba, algo que apenas podía percibir. Lo sintió al momento de comenzar a beber como desquiciado. Tuvo la sensación de ser un cervato que ya está en la mira del cazador. Buscó en el agua alguna cabeza de cocodrilo asomando en la superficie, pero el lugar estaba tan solitario como todo lo que había visto. Solo persistía la selva y el cielo cada vez más apagado. ¿Era su imaginación, o el tiempo se iba rapidísimo? Tenía que encontrar algo de comer, hacía más de treinta horas que no probaba alimento.

La cola del avión descansaba a unos metros del ojo de agua, y no estaba en mejores condiciones que la cabina de mandos. La tercera caja que encontró, pintada con líneas de spray rojo, se había roto con el impacto del aterrizaje. No le hizo sentir mejor el descubrir, apilados en fajos, billetes de cien dólares, auténticos a primera vista.

—Mi amigo Benjamín Franklin, ¡cómo ño! —dijo Allen, recogiendo automáticamente los billetes regados por la maleza y tratando de reacomodarlos dentro de la caja, como si fuesen suyos. A primera vista, ahí debía haber un millón de dólares, si no es que más.

—¿Alguien quiere un salmón ahumado, langosta, un vino? ¡Yo invito, coño!

Trataba de acompañarse con su propia voz, pero lejos de confortarse, el estómago le reclamaba con más fuerza. Para su mala fortuna, allí no encontraría un buen restaurante para gastar tanto dinero. Terminó de recoger los billetes y los acomodó dentro de la caja lo mejor que pudo. La cabeza le dolía y le daba vueltas.

¿Qué iba a pasar ahora? ¿No van a buscar…?

Ya sabía quién no tardaría en encontrarle: los dueños del dinero, y los encargados de usar aquellas boletas en las próximas elecciones. Y no creía que fuesen gente amistosa, dispuesta a sacarlo de la jungla y ofrecerle comida caliente y ropa seca, no. Cuando encontraran aquello, buscarían al piloto Allen Sáenz hasta por debajo de las piedras, y al diablo con él cuando lo encontraran. Ningún cabo suelto, no señor. Nadie más sabría el secreto.

Se sintió peor. Cuando pasara un helicóptero ¿debía salir y pedir ayuda?

¿Y si lo acribillaban sin indagar?

Bueno, al menos ya tenía algo en qué ocuparse.

—Manuel ¿por qué, coño? ¿Yo qué tenía que ver en esto, chingada madre?

Revisó su bolsillo, y le alivió sentir la forma cuadrada de su encendedor. Con las últimas luces y la poca protección que le ofrecía la cola del Gulfstream, y reprimiendo la extrañeza que le daba aquello, preparó una fogata con las boletas electorales, que permanecían secas a pesar de la humedad de la selva. Y es que, con la nube de mosquitos arriba de él atizándole sin piedad, pues que vinieran a meterle un plomazo, no le quedaba de otra. Los votos ardieron sin problema, y a ratos alimentó el fuego con troncos sueltos, unos verdes para ahumarse a sí mismo, y otros secos para calentarse.

Allen sintió otra vez la ansiedad que provoca el miedo intenso. El miedo de sentirse desprotegido corría por sus venas. Su instinto, el más primitivo, el que aún conservaba de sus ancestros Cro-magnon, le indicaba que ya no estaba solo en ese lugar. Algo lo acechaba sutilmente. El fuego se apagaba, y a pesar de sus esfuerzos de mantenerse alerta, Allen empezó a cabecear de sueño. Tiró más boletas al cerro de troncos apilados en un vano intento por seguir despierto. El fuego se levantó y crujió, y sus ojos se cerraron.

Un estallido de ramitas. El piloto se había perdido en un sueño rápido, el clásico donde uno se cae de algo alto, como una escalera. Pero Allen había soñado al avión caerse con él gritando «¡paracaídas! ¿Dónde está mi paracaídas?».

Otro estallido. No era el fuego, casi consumido.

¡Oh, Dios!

Los veía, y eso ya no era parte un mal sueño. Desde lo alto de un zapote, entre el frondoso ramaje, unos ojos amarillos y rasgados lo miraban con atención. Desaparecieron cuando una brisa movió las ramas. Se obligó a salir del aturdimiento. Ya no había nada en el zapote. Esta vez olía algo salvaje y desconocido, una suerte de hediondez. Lo estaban rodeando, y aquello que aguardaba en el zapote estaba listo para dar mate al piloto.

—¿Quién está ahí?

Sonó estúpido, y al momento se arrepintió de haberle hablado a la oscuridad; lo que se acercaba por los árboles no podría hablar su lengua, no con esos ojos de demonio. El pelo se le erizó, y esperó el ataque por cualquier lado, en cualquier momento. Temblaba de pies a cabeza y sentía que vivía sus últimos momentos.

—¿Qué es eso?

Sollozaba. Como un cavernícola borracho, atinó a sujetar y blandir uno de los troncos que ardía como un tizón por un extremo. Un sonido, como el de una zarigüeya al atacar, siseó a unos metros a su derecha. Parecía alguien haciendo gárgaras de limón.

¡Dios santo!, ¿qué es eso? ¿Qué se acerca?

Un chisguete de baba lo roció a unos centímetros de su frente, y el líquido viscoso mojó su oreja y hombro derecho. Lo sintió frío, como si le hubiesen aventado agua helada o una especie de mentol. No tuvo tiempo de quitárselo, ni de exclamar por lo sorpresivo de aquello. Otro siseo, más alto que el primero, precedió el ataque de la criatura. Vio aquellos ojos amarillos y rasgados aproximarse a una gran velocidad, y comprobó que aquella negrura contenida en aquella cosa todavía podía ser más oscura que la noche.

—¡NO! ¡NO!

El animal surgió como un vendaval, y se dio cuenta que, como las águilas, iba en picada hacia él y lo intentaba envolver con algo parecido a alas. Todo pasó en una fracción de segundo.

Con el simple impulso, a manera de protección, puso el madero con la punta ardiendo hacia aquellos ojos, y evitó el abrazo mortal. La criatura hizo un ruido estridente, como un loro, y Allen olió carne quemada, nauseabunda. Oyó un aleteo espeso, y vio como un borrón negro se sacudía frenéticamente a centímetros de él. Aquella cosa era real: casi de su misma estatura, y las alas, —¡que sí lo eran!—, podrían cubrir fácilmente un auto compacto. El chillido le iba a reventar los tímpanos. Allen cayó de espaldas entre la maleza sin soltar el tronco, manteniéndolo sobre su pecho, y aquello salió disparado hacia el cielo, no a las copas de los árboles, sino mucho más allá, tan rápido, que no pudo reconocerlo en su totalidad.

La cosa se había ido, y la selva cobró vida en ese momento. Los grillos cantaron, los ruidos de la fauna nocturna parecieron reanimarse de una pausa prolongada y las estrellas aparecieron en el firmamento, iluminando junto con la Vía Láctea aquel lugar que no tenía nombre.

No lo supo exactamente, pero tuvo la ligera sensación de que él y la jungla comenzaron a aceptarse mutuamente. Allen no pudo más que reír, reírse de sí mismo y de que aún seguía con vida, de que ahí poco valían los millones de dólares al lado suyo y que las elecciones no eran más que una quimera en la vida; así de irreal era lo que vivía en Cancún, esa ciudad que no debería estar lejos, pero ahí, tendido de espaldas al suelo y agarrando un palo ardiendo, la sentía a años luz. Era como si en vez de haberse estrellado en un avión lo hubiese hecho en una nave espacial en un planeta desconocido. Esto último no tenía gracia, pues Allen estaba seguro de nunca haber visto en sus clases de biología algunas de las plantas y flores de esa selva tan cerrada. Así permaneció, boca arriba, contemplando las estrellas que el follaje permitía ver. Dormitó lo mejor que pudo, y a pesar de la adrenalina todavía bullendo en su organismo, y a pesar de seguir tan desprotegido como hacía horas, Allen no esperó otro ataque, al menos por esa noche.

Continúa en la siguiente entrega, 31 de marzo 2017.

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