El último viaje, capítulo V

V. Ayuda

Agarró el tronco que la noche anterior le salvara la vida, como si fuera un crucifijo. Allen recorrió los alrededores, buscando pistas del depredador que lo había sorprendido anoche. Había profundas marcas de garras en los troncos donde había visto aquellos ojos, y pudo comprobar que la criatura había sangrado. Estaba vivo gracias a su buena suerte y a la inercia de su movimiento. Y la criatura sangraba, se le podía matar, eso estaba claro. Pero no podía confiar en toda su suerte de principiante de la selva, tenía que hallar una forma de salir de ese lugar. Caminar a donde fuese, hacia el este, hasta topar con algún sendero sacbé como le llamaban los mayas, los antiguos caminos blancos que se usaban para el comercio. Así al menos habría más posibilidades de llegar a algún pueblo.

La excitación de haber salido con vida la noche anterior se fue apagando mientras las tripas le exigían algo para trabajar, era imposible seguir así. Dedicó la mañana a la búsqueda de fruta, lo que fuera comestible. Pero aquella selva hostil no ofrecía eso tan fácilmente. Regresó al cenote y bebió agua hasta reventar, pero sabía que el engaño al estómago sería momentáneo.

Ahora que lo pensaba, aquello que lo atacó se parecía mucho a un murciélago. Aunque no tenía conocimiento, ni en los programas de Animal Planet, de que existiera uno tan grande. Pensar sobre eso no ayudaría. El calor de mediodía y la humedad comenzaban a marearlo, y la presión sanguínea bajaba.

Balbuceaba incoherencias a la selva, y solo podía escuchar el chillido de los monos lejanos y las aves en lo alto de los árboles.

Sin decidirse a salir del área del accidente, se tumbó bajo un ceibo, resignándose, atontado por el calor y la humedad que lo tenía empapado en sudor. Entonces con los párpados entrecerrados oyó el inconfundible sonido de hélices batirse contra el viento. Lejos, cada vez más cerca… ya debía estar a unos cien metros de él. Su corazón palpitó emocionado, y estuvo a punto de salir a un lugar visible a agitar las manos como un loco y suplicar su rescate. En vez de eso, prefirió esconderse y observar. Era de lo poco que iba aprendiendo de la Madre Selva. Ver, oír, y callar, y cuidarse de no ser descubierto hasta saber. Saber qué podría pasar.

Aferrado al tronco del ceibo, distinguió por fin un helicóptero Bell con la bandera de México pintada en la cola, y una matrícula en la panza que no le decía nada. Pero, al ladearse la nave, pudo ver a un sujeto corpulento y vestido de civil, aferrado a la portezuela, con un pie en el tren de aterrizaje escudriñando a su alrededor con unos prismáticos ajustados a su cabeza. Llevaba en bandolera lo que le pareció un rifle de largo alcance, con mira telescópica incluida. El miedo lo atizó de nuevo y se cubrió de inmediato entre las ramas. No sabía con certeza, pero tenía el presentimiento de que aquellos del helicóptero debían ser los dueños de las cajas, y buscaban como locos su tesoro perdido, con tecnología de punta. Quizá usaban visión infrarroja, radar de movimiento, y ya tenían localizada su ubicación exacta. Y el rifle y su mortal contenido eran para alguien como él, que no entraba en el juego, pero podría ser peligroso. Un disparo en medio de la nada, en plena jungla, no le hace nada malo a nadie Allen, solo a tu miserable vida.

El helicóptero se movió, dirigiéndose al lugar del accidente. No tardarían las patrullas terrestres, mercenarios que no les importaría llenarse de moscos hasta el culo, con tal de recuperar el dinero. Esperaba que no descubrieran que había quemado una parte de las boletas para protegerse de los escuadrones de insectos.

Trataba de no pensarlo, pero ¿y si llamaba al helicóptero? Cuando les dijera la ubicación de lo que buscaban, cuando lo tuvieran, seguro que no habría más para él. Allen no era un tipo estúpido. Veía películas, conocía las corruptelas del gobierno y sus nexos con todo tipo de criminales, y a simple vista esos tipos del Bell nunca dudarían en hacerlo, cubrir su mierda aunque fuera con cadáveres. Y sí, quedaba el problema de la maldita cosa de anoche, si regresaba, no esperaba tener tanta suerte para alejarla.

Escuchó claramente el zumbido de una bala que se estrelló a un par de metros de su cabeza. ¡Ya lo habían divisado! Así de rápido, y lo iban a matar sin piedad, no estaba equivocado. Lo único que atinó hacer fue correr, correr tan rápido como podía. Ahora la selva le abría caminos y la maleza no lo interrumpió en su loca huida. Otro disparo zumbó en su oído izquierdo, sintió el viento desplazado por la bala. Si lograba perderse entre los árboles…

El tercer disparo lo oyó arriba de su cabeza, porque su cuerpo se hundió en una fosa, en un tipo de trinchera enorme, muy bien cubierta. La oscuridad lo envolvió por completo. Acto seguido, una mano le tapó la boca, y alguien habló detrás aporreando las vocales, murmurando en una lengua que desconocía. La mano, adherida a su boca, le impedía suplicar a quien fuese, que no lo matara.

—¡Calla! ¡Calla!, o nos cachan —sisearon.

La voz, hablando muy mal español, lo reconfortó al instante. ¡No era de ellos, los del helicóptero, no era de ellos! Quería voltear para ver a su captor, pero no podía. Tuvo que ceder, porque segundos después, dos pares de botas tipo militar pasaban a un costado, corriendo entre la rejilla de madera y hierba que constituían la trampilla de aquella trinchera. Si caían esos hombres ahí…

Pero las botas se alejaron, y con ellas el ruido de la maleza. La mano cedió la presión sobre Allen, y por fin pudo ver a su anfitrión de trinchera. Era un muchacho, aunque Allen no podía calcular su edad con exactitud. Su piel morena y sus rasgos mayas dominantes fue lo que más impresionó al piloto, además de su extraño atuendo, un taparrabos hecho de hojas enormes, de un tipo de árbol que no conocía, pero que se ceñía a la cintura con lianas hechas a manera de cinturón. El chico se había confeccionado un tipo de chaleco rudimentario de lianas en forma de cruz, como si fuera un revolucionario prehispánico. De él colgaban cualquier cantidad de puntas de flecha y collares de piedras extrañas. Parecía un personaje salido de la imaginación de William Golding.

—¿Quie… quién es usted? —atinó a preguntar— ¿Si me entiende?

El que parecía un indio maya sacado de un libro de Historia de la Guerra de Castas y recreado para la selva actual, le sonrió bajo la sombra que les ofrecía la trinchera. Su dentadura, amarilla, asomaba genuina y amigable.

—Aunque me vea así, jefe, puedo entender, aunque aquí no hay mucha compañía, ¿sabe? —le respondió, en un marcado acento de alguna parte de Yucatán que se le hizo familiar.

Allen lo miró con profundo interés, y empezó a darse cuenta que en la irrealidad que le presentaba con un joven indio atrapado en el tiempo de hace siglos, la selva cada vez más se llevaba mejor con él. Lo saludó.

—Me llamo Allen. No sabe lo mucho que le agradezco. Ya debería haber muerto hace mucho, creo desde que caí de ese maldito avión.

El indio dudó un instante, pero le dedicó otra sonrisa mientras le revelaba su identidad al desconcertado piloto del Gulfstream.

—Nada de agradecer, jefe. Me llamaba Ismael Chon, si de algo le sirve a usté.

 

 

Continúa el 7 de abril.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s