El último viaje, capítulo VI

VI. Gran Soot’s

—¿Por qué dice que se llamaba? —preguntó Allen, mientras devoraba los plátanos silvestres que Ismael le ofrecía, olvidándose de masticar en ocasiones. Le supieron a gloria y su estómago los recibió de muy buena gana.

—Larga historia, joven Allen. Como usté dijo, más muerto que muerto yo también debería estar. Pero aquí me tiene. Esos… ¿no venían con usté, verdá?

—No.

—Yo oí esa cosa que vuela. Cayó, pero después perdí rastro, no lo encontraba. Milagro de la Virgen que sigas aquí, joven.

Allen estaba maravillado con el atuendo del joven de la jungla, evocando antiguos mayas, hoy espíritus que se presentaban en lo más profundo de la selva a ayudar o a maldecir.

—No entiendo qué haces en la selva. Parece como si llevaras toda una vida perdido aquí.

El indio rio.

—No, jefe, no. Yo no llevo bastante aquí. Desde que desapareció mi chanpueblo, y los pueblitos vecinos, nomás. Nunca nos ayudaron, no creyeron… vi al gober, se rio de mí, y me vine directo a la selva.

Una profunda melancolía se apoderó del semblante del maya Ismael, mientras Allen regeneraba su cuerpo con aquel banquete de plátanos. ¿Acaso ese hombre era real? Bueno, lo real era que seguía vivo, y ya le seguían la pista. Como bien dijo el indio, era un milagro de la Virgen el que continuara respirando.

—¿Y tu familia?

—Muerta. Le dije que mi pueblo ya no existe. Bueno, nunca se apuntó en un mapa que pudiera verse, así que el nombre no le sonará ni cerquitas. Mi pueblo se llamaba Kankah.

Era cierto. A pesar de saberse las rutas regionales, de conocer al menos los pueblecitos de su estado en las cartas de navegación, no le sonaba.

—Por eso le digo que me llamaba Ismael —continuó el maya—, porque mi pueblo y mi familia dejaron de existir hace mucho mucho. Fue el Gran Soot’s.

—¿Gran Soot’s?

—El gran vampiro, Allen, ¡el jijueputa chupa sangre! ¡Ese pelaná se lo llevó todo!

De repente, la mirada de Ismael adquirió un tono de odio amargo, profundo.

—Dirás murciélago ¿no? Entonces… ¡Fue con esa cosa, con la que me encontré anoche!

El rostro del maya lo miró extrañado. Una repentina ansiedad se apoderó de él.

—¿Anoche? ¿Lo vistes?

—Claro. Me atacó, pero creo que de milagro lo ahuyenté…

—¿Cómo era? ¿Cómo, cómo? —Ismael lo sujetó de los hombros con una fuerza impresionante.

—Pues no lo sé bien, estaba muy oscuro, y llegó de repente… era como de mi estatura, y sus alas eran enormes. Creo que me embarró de algo antes de atacar, y hacía un sonido asqueroso como una serpiente atacando…

El muchacho estudiaba de pies a cabeza al piloto. Lo empezó a olisquear, palpó en su oreja y hombro hasta arrancar una costra parecida a la que deja el pegamento blanco después de secar, como si se despegara una segunda piel.

—Sí… es él… tanto tiempo buscando, tanto tiempo… entonces, está cerca, ¡el jijueputa está cerca! —dijo embelesado, sin dejar de sopesar aquella costra.

—Es posible, pero voló cuando lo ataqué. Parecerá tonto, pero tengo el presentimiento de que me estaba observando desde que mi avión cayó. Te digo, de milagro la libré.

—Sí… esto, esta baba paraliza, si da en ojos, cerca de nariz o boca. No deja hacer nada para que Gran Soot’s pueda trabajar a gustito. Tuvo suerte, Allen, suerte encabronada. Soot’s no falla cuando escoge presa, bueno, conmigo sí falló también, pero… tenemos que matarlo. Matar al vampiro pelaná de mierda. Me la debe. Le juré a la Cruz Benigna que me lo iba a cargar. ¡Por la Chan Santa Cruz!

—Lo herí, Ismael, y creo que sí le dolió, porque no regresó en toda la noche.

—Solo porque lo veo en tus ojos, puedo creerte, y te ganaste mi respeto. Muchos hombres… muchas mujeres… intentamos matarlo, pero parece inmortal. Es un pinche asesino, y le gustan los niños, fue con lo primero que acabó en Kankah, luego Sabanal… le gusta la carne fresquita. Tenemos que movernos, señor Allen, no podemos quedarnos acá bajo tierra. Vamos a mi cabaña. Hay que ser cuidadosos. El Gran Soot’s no es único peligro allá afuera, ¿verdad?

Era cierto. Habían llegado hasta ahí los dueños del fraude y los billetitos. No dudarían en pegarle un tiro, no dudarían en buscarlo hasta por debajo de la selva. Sus órdenes debían ser implacables. Con tiento, salieron del escondite, y caminaron entre la jungla, perdiéndose entre los laberintos de maleza. Allen sentía que su brazo empezaba a arderle: al mirarlo descubrió sorprendido lo rojo que estaba, como un maldito tizón al rojo vivo. En instantes el ardor empezó a ser insoportable y el color rojo ya invadía con rapidez toda su extremidad.

—Chechén, jefe —dijo tranquilamente Ismael—. Aguante un momentito.

La palabra le recordaba algo que le habían contado en su infancia remota: el temible chechén de la selva, el árbol dañino que quema la piel al rozar su tronco y su sombra puede provocar irritación. Sintió pavor, pues recordaba en los relatos de su abuelo que el dolor era terrible si no se trataba. ¿Y ahí, dónde se curaría, en un maldito hospital de la selva manejado por monos?

—¿Cómo se me quita?, ¡Ismael, ayúdame por favor!

Un gran ceibo, enorme, de grandes ramas, suponía la señal de que llegaban a su destino, pues el maya se detuvo, mirando de arriba abajo el gigante de copas altísimas.

—¿Sabes subir por la liana? —preguntó Ismael, con esa sonrisa de confianza que le conociera por primera vez en la trinchera.

—Lo intentaría. ¿Tu cabaña está…?

—Hasta arriba, joven. No se ve desde aquí, ¿verdá?

No, claro que no se veía. La tarde dejaba las últimas luces, anunciando una noche igual de negra y tenebrosa que la anterior.

—¡Ya quita esa cara de espanto, Allen, ahoritita lo curamos! Yo subiré de primero. Es fácil, cuando llegue a mero arriba, te lanzo dos sogas más. ¡No se rompen, no te preocupes! —le aseguró al ver el rostro compungido del piloto.

Pero eso no le preocupaba. Lo más difícil era el hecho de trepar hasta la cima de aquel gigante que debía rondar los sesenta metros de altura. No le temía a las alturas, pero escalar con la simple liana no era la mejor forma de exponerse a una fractura ahí, en medio de la nada. Y la irritación del brazo ya le carcomía las entrañas, el rojo intenso ya amenazaba con alcanzar su mano derecha.

Ok, Allen, un brazo, y una pierna a la vez, vamos… ¡Vamos!

No hizo la cuenta, pero debió llevarse al menos veinte minutos en subir hasta donde el maya lo esperaba. Fue una hazaña, pero al verse por fin parado desde las alturas, dominando una parte del paisaje selvático, le hizo sentir un poco mejor. Se sorprendió bastante al ver que la cabaña de Ismael era una réplica de una casa del árbol de los sueños de cualquier niño que quisiera jugar a los exploradores. Hecha de simples troncos y ramas unidas como una palapa, estaba muy bien taimada en el ceibo.

—Venga, joven, te vamos a curar.

Para su asombro, el chico frotó su brazo irritado con una especie de savia blanquecina, y casi al instante lo sintió frío, como si lo hubiera sumergido en un cubo con hielos. El ardor iba desapareciendo paulatinamente.

—Si vieras tu cara… de verdá que viene de la suidá —le dijo entre risas— siempre tengo ramas de chacá para el chechén. Seguro no has descansado bien desde que llegó acá, Allen. Puedes ocupar el catrecito ese, no será de algodón pero las ramas que le puse no le piden nada.

Al recostarse, le acometió un cansancio súbito. No tardó mucho en internarse en las nieblas del sueño.

—Gracias, Ismael, Gracias…

 

Lo movían. Había dormido profundamente, por primera vez desde aquella zambullida en la selva. Todavía no amanecía en aquel paraje, situado a muchos kilómetros de la civilización.

—¿Qué, qué pasa?

Se incorporó y sus huesos crujieron. Ismael le ordenó callar al instante, mientras escuchaba un sonido extraño que provenía de fuera de la choza, como un viento huracanado recorriendo la selva. Allen lo reconoció como un batir de alas. Alas gigantescas. Ismael Chon susurró en la oscuridad:

—Gran Soot’s. Calla. Déjalo, que se vaya el pendejo… por ahora. Está buscando a los otros también… por su olor.

En seguida recordó que el enorme murciélago no era el único enemigo en la jungla, también estaban los del Bell, buscando todo el tesoro desparramado por la maleza y los árboles. El sonido que cortaba el aire se alejó hasta desaparecer.

—Ahora sí. Vamos a darle mate al pelaná Soot’s.

Ismael Chon le entregó a Allen lo que parecía un cuchillo de pedernal, antiguo y con inscripciones mayas en la empuñadura hecha de hueso humano. Al instante reconoció que aquella arma no le pertenecía a su amigo de la selva. El joven moreno sonrió.

—Luego te muestro donde la saqué. No está muy lejos.

Después de guardarse el cuchillo en la bolsa, la bajada del árbol resultó más fácil, y Allen se sorprendía cada vez más por la ayuda que le brindaba su vista en medio de la oscuridad de la selva. De nuevo olía a lo salvaje y antiguo que provenía de un punto en la oscuridad; dedujo que ese olor era del Gran Soot’s, y lo usaba como el tambor de guerra a la llamada a un combate final, la revancha.

— Trata de no meter ruido, y…

—Sí, no metan ruido, y no los mataremos, pendejos —una voz sin un timbre de emoción se escuchó tras unos arbustos—. Los podemos ver perfectamente cabrones, no intenten nada.

Eran los cazadores. Allen sintió que la bala asesina lo atravesaría de un momento a otro. Pero en vez de eso, lo que sí sintió fue un golpe en la cabeza que lo derribó boca arriba, seguido de un pie apretando su pecho y el cañón de un rifle oprimiendo su frente.

—Es el piloto —dijo uno de los cazadores.

—Muy buen camuflaje. Si no se hubieran bajado, creo que nunca los encontrábamos. Tenemos dos preguntas que hacerles.

Cuando volteó a su izquierda, Ismael se encontraba en la misma posición que él. Y a pesar de eso, el maya le volvió a sonreír. ¡Sonrió, en medio de aquel dilema de mil demonios!

—¡Veme cuando te hablo, pendejo!

Una sola patada en la nariz del piloto le rompió el tabique nasal. Sintió su sangre chorrear, el dolor agudo…

—Me vas a decir dónde putas está el dinero. ¿Sabes de qué hablo, verdad, cabrón? ¿Dólares, te suenan?

El disparo sonó amortiguado por su brazo. Lo sintió hacerse añicos: el hueso, los tendones, músculo y demás. Gritó con todas sus fuerzas y creyó que moriría de agonía. De nuevo, su agresor lo pisoteó con esas botas tipo militares, machacándole la boca. Allen se retorcía, el dolor se expandía como ondas por todo el brazo, llegaban al cerebro, las sentía chocar y regresar al punto del impacto, para volver a expandirse. La nariz la sentía como una palomita de maíz recién reventada, supurando sangre metálica que tragaba y saboreaba en cada grito de dolor.

—¡Cállate! ¡Eso fue empezar, pendejito! ¿Y ese indio de mierda?

—Creo que vivía aquí, Julio… —contestó la otra voz, que debía ser el cómplice. El piloto se retorcía entre la hierba pero Ismael no movía un músculo.

—No mames, no digas pendejadas. Nadie puede sobrevivir aquí más de tres días. Bueno, aquí uno casi lo logra… ¿Y tú, indio, qué pitos tocas acá? ¿Estabas en el avión?

Ismael habló en maya, mirándolos directo a los ojos, sonriendo.

—¡Mis huevos, cabrón! ¿Te quieres hacer el gracioso, eh? ahorita vas a entenderme…

El que se llamaba Julio, amartilló el arma y disparó al estómago de Ismael. Se oyó un ¡Ugh! Y después nada. Un hilillo de humo salió del vientre del chico maya. Estaba muerto. Allen no podía creerlo, el muchacho que vivía entre las peores hostilidades de la selva, aquel que lo había rescatado, moría con un disparo de injusticia, por unos votos de mierda.

Se escuchó un chasquido de garganta, y el crujido de una rama allá en las alturas. El dolor intenso de la nariz y el brazo no le permitía identificar dónde exactamente, pero sabía lo que era. El acompañante se volvió.

—¿Escuchaste, Julio? Es como un tigre, o algo… ¿Lo sientes, lo sientes?

Julio rio y se mofó de su compañero. Aunque sus facciones cambiaron y el tono de voz bajó casi imperceptiblemente.

—¿Tienes miedo, mongol, con tremendo rifle en las manos? ¿Quieres a tu mamá?

Esta vez el crujido de ramas se repitió, mucho más cerca. El cómplice tembló.

—¡Lo veo! ¡Lo veo, Julio, arriba! ¡Es un animal o algo! ¿Qué es eso?

Dos chisguetes de baba cayeron sobre los cazadores.

—¡Aaah! ¡Mis ojos! ¡Mis o…! —gritó el hombre, desesperado.

Un viento galvánico, el borrón negro, y el alarido se elevaron por los árboles; era el hombre que amagaba a Ismael. El inmenso ser con alas se descolgó del árbol como un látigo, abrazando al sujeto y llevándoselo arriba. A Allen le pareció una enorme araña que agarraba a su presa. Escuchó un ¡WOW! de Julio, y dos disparos al vacío. El piloto del Gulfstream sintió que sus nervios chirriaban cuando un ruido de succión, asqueroso, hizo eco en las copas de los árboles. El grito se fue apagando hasta convertirse en chillidos y súplicas ininteligibles, mientras aquella bestia gruñía, —así lo sintió Allen— de placer.

—¿Qué? ¿Qué coño pasa? ¡Jaime! ¡JAIME, CABRÓN!

El tipo que decía llamarse Julio temblaba de pánico, apuntando frenético su arma hacia los árboles de dedos engarfiados que acariciaban su espalda. Aquella baba parecida al semen le había rozado la mejilla derecha.

El cuerpo de Jaime cayó como un costal a unos centímetros de ellos. Allen creyó enloquecer al ver aquel rostro de agonía: su piel como una ciruela pasa, sus ojos vaciados. Le habían chupado todo, no solo la sangre. Julio disparó al aire de nuevo y corrió, enfundándose sus lentes de visión nocturna.

—¡Hijo de puta! ¿Qué es, qué…?

Allen continuó ahí tirado junto a Ismael y el cadáver casi momificado del buscador de dólares. Oyó que el batir de alas se alejaba, justo hacia donde se movía Julio. Su cuerpo retomó el dolor intenso en su brazo mientras se incorporaba; la sangre seguía manando abundante por el orificio de la bala. Ismael Chon no se movía. Pensó en que luego le daría una cristiana sepultura, si salía con vida de ahí. Con una mano pudo anudarse un trozo de camisa a manera de precario torniquete. Descubrió que podía caminar y dejar la herida de su nariz para después, aunque paladeaba el sabor de la sangre a cada momento.

Entonces, en esa ruleta de pensamientos que gira mientras la vida de un desgraciado se pone en riesgo, barajando vida y muerte mientras gira y gira a una velocidad neuronal, la bola suele caer en una casilla que no muestra números ni colores: a veces se encuentran frases útiles. En la casilla donde cayó la bola de Allen, esta vez decía «cabina».

La suerte suele aumentar mientras la muerte aletea cerca, pensó.

¡La cabina! ¡En la cabina!

Corrió con el brazo y la nariz latiéndole como percusiones por todo el cuerpo. Al menos el asesino distraería un poco al murciélago. Solo esperaba tener el tiempo suficiente.

 

La cabina del Gulfstream yacía mucho más sepultada entre la maleza y el ramaje, y no estaba equivocado respecto a la jungla: se lo estaba comiendo. Mientras penetraba en el avión, el olor le pateó la nariz desflorada: olor a podredumbre, gusanos, a piel y órganos descompuestos de su amigo. Los insectos se daban un festín impresionante con el cuerpo de Manuel; de la boca abierta conteniendo su último grito de dolor salían innumerables cucarachas, hormigas, y demás alimañas que prefería no adivinar. Quiso volver el estómago, pero tenía que sacar lo último que le quedaba: la pistola. Y aún tenía que rogarle al cielo que funcionara, no quería sentir lo mismo que Jaime, con ese ruido espantoso de succión por todo su cuerpo. Si no le quedaba alternativa, la apoyaría en su sien y dispararía, y ahí acabaría todo.

No pudo evitar sentir su nuca erizarse al hurgar en el bolsillo de su compañero. Sintió el hormigueo en la mano de los insectos que lo cubrían como una segunda piel. Algunos lo picaban con fiereza. Algo viscoso reventó bajo la tela de la camisa.  Sonó como si una bomba de chicle tronara entre los dientes, y entonces un líquido hediondo escurrió por las piernas del muerto. Una inmensa escolopendra se posó en las rodillas del cadáver, dispuesto a defender su comida, extendiendo infinidad de patas. Después de unos angustiosos instantes, al fin sintió la culata y desenfundó la pistola. Se apartó lo más rápido que pudo de aquel festín, y se sacudió la mano escocida y llena de hormigas.

La pistola estaba húmeda, y se apuró a secarla con la manga de su precaria camiseta. Identificó la recámara, y con algunos esfuerzos, sacó el cargador.

Y descubrió algo que le dejó frío.

El arma no estaba cargada.

 

Continúa el 14 de abril.

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