El último viaje, capítulo VII

VII. Al alba

Un ¡No! escapó de su boca ensangrentada. No había una sola bala en la ruleta del compartimiento de carga: Manuel no tenía la mínima intención de matarlo, siquiera herirlo. Lo que tenía en las manos era un arma de juguete que se usa para amedrentar al ratón, para que el trabajo y la mercancía sean entregados. Sintió un terrible mareo, y tuvo conciencia del olor de su amigo descomponiéndose y el de su propia sangre que no dejaba de fluir. Un disparo lejano hizo eco en el esqueleto metálico de la aeronave. El alarido se repitió, y se extinguió como la primera vez. A pesar de la lejanía, pudo imaginarse el sonido de succión acabando con todo. El Gran Soot’s se había cargado al cazador y el tiempo se le agotaba.

—¿Qué hiciste con mis hombres? ¿Y mi dinero?

La voz salió de la selva, y al instante supo quién era: la Voz, aquel que daba las indicaciones desde el Infierno, desde el otro lado de la radio. Salió detrás de un cedro, y le apuntó con un rifle de alto poder, con la misma mira telescópica que el de los otros mercenarios. Tenía los ojos cubiertos también por prismáticos de visión nocturna.

—¡Billetes y votos! —le contestó Allen desde el borde de la cabina, con una risa cacareada. Sentía que el mareo iba a derribarlo de un momento a otro. Sus miembros temblaban sin control.

—Mataste a todos, Allen Sáenz. Podrías suplirlos entonces, si quieres. Y si me dices dónde están…

—¿Quiere comprar mi honradez? Yo no estaba dentro de sus planes de fraudecitos y compra de esa basura. Tal vez convencieron a Manuel, pero yo no…

—Allen, Allen. Pero si ya estás más sumergido que yo mismo en la mierda, más aún que los otros infelices que no pudieron recuperar mi dinero. Aunque salgas vivo de aquí, y créeme, hablo en teoría, nunca vivirías tranquilo por el resto de tu vida. Yo no mando realmente, ¿sabes? No soy el único a quien le interesa el dinero perdido en esta selva apestosa. Trabajo para alguien mucho más arriba.

—Ese dinero ya no existe —se atrevió a mentir Allen. Por un momento la boca de la Voz se torció en una mueca, pero volvió a sonreír. No podía ver sus ojos tras las gafas de visión, pero intuyó que podría sugestionar a aquel hombre, era su única carta y tenía que jugarla ya.

—Miente. Me va a decir dónde está el dinero, y las boletas. No quiere otro disparo ¿verdad?

—Si me dispara, jamás sabrá donde está el estúpido dinero —atajó Allen, acercándose la pistola a la sien—. Solo quiero saber una cosa. ¿Por qué a mí? ¿Por qué no se buscaron a alguien como ustedes, hijos de la chingada?

La Voz rio antes de contestar. Los anteojos brillaron por un momento a la luz de las estrellas.

—Allen, te creía más agudo. Las personas ingenuas como tú aseguran nuestra existencia. Creen que votan por el candidato correcto, creen que todo es legal, creen que sus impuestos son aprovechados. Puedo decirte esto, Allen, porque estamos aquí en la selva, en la verdadera, y es exactamente igual que en nuestra ciudad. Hay animales escondidos tras las esquinas, agazapados bajo una piedra, esperando a que uno los pise y le regalen una desagradable sorpresa. Tu amigo Manuel lo comprendió. Eso ya no importa. Lo que me interesa es que me digas dónde están mis cajas.

La Voz disparó al fuselaje, a unos metros del piloto. Allen ni se inmutó. Esperaba con la pistola descargada y apoyada en su sien a que todo acabara. Sintió el cuchillo de pedernal en su bolsillo.

Aun así, solo quedaba una salida.

Esta vez, sin anunciarse, el Gran Soot’s, el devorador de pueblos, el animal que tanto buscaba Ismael Chon, saltó en medio de los dos hombres y por fin pisó la tierra. Retrajo con rapidez las alas cual paraguas que se cierra. Debía medir más de un metro setenta de estatura, y Allen se dio cuenta con mudo terror, que el animal lo miraba fijamente, un caballero que venía desde las profundidades del mundo, envuelto en su capa negra y elegante. Los ojos amarillentos y rasgados destellando inteligencia irreal, sus orejas que parecían cuernos de demonio y la nariz muy parecida a la de un zorro se plantaban ante él. Pudo ver una quemadura en el hocico, del que sobresalían colmillos tan finos como agujas. La Voz tampoco podía moverse, y mantenía la boca abierta.

—¿Qué…?

El chisguete de baba alcanzó a la Voz a una gran velocidad, como un latigazo. Y no falló. Allen contempló la terrible precisión de aquel ser, y acto seguido aquel hombre calvo y corpulento intentaba escupir aquello que parecía esperma, pero no podía, dando arcadas inútiles. La había incrustado en su garganta y lengua. De inmediato gimió y cayó de rodillas en la hierba, y el Gran Soot’s se volvió a Allen de nuevo. Esta vez desplegó sus alas al máximo, y el piloto le aventó la pistola inservible. Le dio en lo que parecía su barriga, pero el animal apenas y se inmutó. Aquellas membranas semejantes a lonas de plástico que al trasluz de las estrellas mostraban miles de venas hinchadas, se extendieron más de dos metros cada una, rematadas de garras como garfios en sus extremos. Las agitaba mientras repetía aquellos sonidos guturales, parecidos a una zarigüeya lista para atacar, enseñando el hocico colmilludo. Allen se dio cuenta que el murciélago del infierno lo estaba retando. En el hocico le quedaban gotas de sangre coagulada de sus anteriores víctimas. A Allen le temblaban las piernas, no podía pensar en nada, pasmado ante aquel horror que poco tenía que ver con sus pesadillas anteriores.

Un trueno de bala, y en una de las alas del Soot’s apareció un orificio, como si a un trozo de látex lo hubiesen perforado. La bestia gimió sorprendida, y se volvió a la Voz, escupiéndole más de su saliva por todo el cuerpo. Sonó otro disparo, y de nuevo en la otra ala apareció una perforación. La criatura, esta vez irritada, se lanzó con todo, envolviendo a la Voz.

¡No! ¡No otra vez ese sonido NO!

Y sí, el infeliz gimió, como si le hubiesen tapado la boca. Entonces, Allen vio cómo se alimentaba aquella criatura. El Gran Soot’s abrió el hocico a su máxima expresión, y cual boa constrictor, se tragó la cabeza de la Voz, con todo y lentes de visión nocturna. El hocico que parecía de goma por cómo se adaptaba a la forma del cráneo de su víctima, llegó hasta el cuello del hombre, y empezó la operación en la carótida. Los gritos de muerte de la Voz, opacos dentro del cuerpo de la bestia y el sonido succionador abarcando la noche, solo eran compensados por los gruñidos de auténtico placer de aquel animal, como un ronroneo.

—¡Dios, Dios mío! —gritó, horrorizado. El dolor del brazo y la nariz habían desaparecido, y sus piernas se negaban a correr por su vida, hasta que vio como el cuerpo de la voz se iba secando, seguramente toda la sangre y fluidos del cuerpo… y la panza del Soot’s crecía conforme el cuerpo se vaciaba y el cráneo del tipo se hacía pedazos. Es un asesino, y le gustan los niños, le había dicho Ismael Chon, y no quería saber, pero ya intuía por qué los prefería. Entonces corrió, corrió mientras la bestia terminaba su comida y gruñía satisfecha.

 

Tuvo el tiempo exacto para no dar un paso más. Estaba de nuevo en el borde del acantilado que daba directo al ojo de agua. El murciélago venía justo detrás de él: por el tremendo banquete que se había dado esa noche, no podía despegarse mucho del suelo sin rebotar e intentar volar de nuevo. Era graciosamente aterrador. El Soot’s también se paró en seco al ver a Allen en el borde del pequeño barranco. Dio dos roncos chasquidos que significaban que el reto tenía que completarse y no había escape.

¿Soy el único que lo ha herido así? ¿Por eso me deja de postre?

Los ojos del murciélago brillaron, reflejando la luminiscente noche, y por un momento parecieron destilar chispas de odio. Te quiero a ti, indicaba aquella mirada. Sacó lo único que le quedaba, el cuchillo de pedernal antiguo. La daga refulgió con las primeras luces del alba, anunciando un nuevo día.

—¡Pues aquí me tienes! ¡Ven y pruébame, hijo de tu puta madre, no te va a gustar!

Al impulso de la bestia para atacarlo, Ismael Chon emergió de la oscuridad. Sin poder creerlo del todo, Allen contempló el último esfuerzo de su amigo, al amagar por la cabeza al animal. Entre palabras mayas y en español, pudo entender algo.

—¡Así… te quería… agarrar…! ¡PELANÁ!

El grito de triunfo con insultos en maya se unió al chillido del Soot’s, quien se debatía frenético para zafarse del candado que le aplicaban. Las manos de Ismael rasgaron un ala limpiamente, como si a una lona le cortaran con un cuchillo a todo lo largo. Pero Ismael no duró mucho. Una de sus garras, parecidas a las de un águila, enganchó del cuello al indio, y también cortó la piel, como si abriera una bragueta por toda su espalda. Tenía una fuerza tremenda.

Gracias a las pinceladas del amanecer próximo, vio claramente como otra de sus garras abanicó y cortó la yugular de Ismael, y también vio atónito el chorro de sangre que salió disparado de la tráquea blanquecina. Su último grito de guerra también salió como un silbido, y por fin rodó entre la maleza, dando espasmos mortales.

Ismael estaba muerto en definitiva, pero el Gran Soot’s no había salido ileso. El ala rota colgaba, dándole un aspecto de alebrije mal hecho, como de cortinas rasgadas y grotescas. Miraba a Allen con furia asesina, seguro no esperaba aquellos obstáculos, y debía saber que ya se jugaba la vida al igual que él, su ventaja se había perdido. El piloto aún tenía la daga en la mano, blandiéndola como un crucifijo. El murciélago no aguardó un segundo más; con toda la fuerza, con el último impulso de vuelo que le quedaba, se lanzó hacia Allen.

 

Mientras saltaba al vacío, en ese momento, solo por ese instante, no tuvo miedo. Al contrario, volaba sin alas, volaba hacia la luna, como su madre lo había predicho. Volaba y se revolvía en el cielo junto con la criatura. Mientras el impulso de ir hacia el cielo terminaba y comenzaba a sentir la fuerza de la gravedad atrayéndolo abajo, el cuchillo atravesó el cráneo del Soot’s, lo empujó con todo el ímpetu que era posible en este estado de animación suspendida de unos segundos, sintió el rencor y el sufrimiento de todas sus víctimas al hundirlo en la cabeza, sintió el aliento fétido a mil demonios de aquellas vidas que se digerían en su interior. La criatura lanzó un chillido de muerte mientras se precipitaban descompuestos hacia el ojo de agua. Una de sus garras se prendió a su brazo herido, reviviendo el dolor ocasionado por la bala del sicario.

El impacto contra el agua lo dejó sordo por un momento, mientras la traicionera corriente subterránea del cenote los absorbía hacia las profundidades. Para su mala fortuna, la garra del murciélago se había enganchado en la herida de bala, y no podía zafarse del garfio. La bestia aún no moría, y luchaba en últimos estertores de furia. Quería llevárselo al inframundo, y nunca mejor dicho: los cenotes son las mejores entradas para llegar allá. Mientras pensaba eso, los huesos chirriaron, pensó que el brazo se le iba a cercenar…

¡La daga, usa la daga, estúpido!

De un tajo, cercenó la garra desde la muñeca y quedó libre, pero la corriente amenazaba con atraparlo. Distinguió cómo el animal, cual guiñapo, era absorbido hacia el mundo subterráneo. Con el brazo sano, hacía lo imposible por alcanzar la superficie. El aire se le acababa, la desesperación lo hizo presa, y por un momento, creyó que ahí se quedaría, a acompañar a la maldita alimaña.

¿Tanto para esto? ¿Para dejarlo todo aquí?

Con todo el dolor de su ser, se obligó a mover el brazo deshecho, y las agujas de dolor lo impulsaron hacia la superficie. La claridad del día se coló por el pozo de agua.

Respiró el aire fresco de la mañana, y sus pulmones lo agradecieron expandiéndose dentro de él una y otra vez hasta saciarse. Con sus últimas fuerzas, alcanzó la orilla, y se abrazó a una roca. Jadeando, se arrastró hasta la maleza alrededor del ojo de agua. La herida del brazo era grave, y lo supo al ver cómo la estela roja de su sangre ensuciaba el agua clara. Se quitó la camisa desgarrada, y se hizo un nudo. La camisa enrojeció casi al instante. Se tumbó sobre la maleza.

—¡Oh, Dios, oh Dios! Ayúdame…

Estaba vivo, pero sabía que no podía ser por mucho tiempo sin recibir atención médica. Otra vez estaba como al principio, solo, y sin nadie que pudiera ayudarlo. Ismael y los sicarios estaban tan muertos como el avión, como la pistola…

Abrió los ojos. La ruleta de los pensamientos volvía a girar y se detenía en otra casilla.

—¡Eso! ¡Eso! ¡Eso!

Le gritó a la selva, y puso toda su fe en esa casilla.

El Bell, el maldito helicóptero aún debía estar en algún lugar cerca de ahí.

¡Recuerda…! recuerda, Allen, ¿hacia dónde iba el helicóptero la primera vez que lo viste? ¿Dónde, coño?

Caminaba como si se hubiera puesto una borrachera terrible. Se convenció de que la selva por fin lo había aceptado, tal vez por desembarazarse de aquel monstruo, tal vez por terminar con aquella farsa en la que estaban implicadas las cajas de boletas marcadas y el dinero. Por terminar con hombres malos como aquellos, que no dudarían en hacer un hotel cinco estrellas ahí mismo, sobre aquel ojo de agua.

Después de unos minutos, la selva se abrió dando paso a un cerro aplanado, cubierto de maleza sí, pero sin un solo árbol. El Bell descansaba sobre aquel descampado.

¡Gracias, gracias, Dios…!

Cayó de bruces, y casi pierde la noción ahí, al pie del cerro, pero se obligó una vez más a terminar su último viaje, aquel que jamás olvidaría. Tambaleándose y trastabillando con el terreno irregular, logró abrir la portezuela.

¿Dónde estás cariño?, ven con papá…

El tablero le resultaba familiar. Había pilotado uno parecido hacía mucho tiempo, cuando empezaba a hacer sus entrenamientos, aprendiendo a volar, como decía Roger Waters. No necesitaba una llave de encendido, tenía que encontrar el botón de POWER/ON, necesitaba…

Comenzaba a desvanecerse de nuevo. La ruleta giraba borrosa en su mente y la sangre continuaba goteando por su brazo, a pesar de que en la nariz rota le había coagulado. Encontró el ansiado botón, lo oprimió, y como un árbol de navidad, el tablero le arrojó los datos que necesitaba. Latitud y longitud, grados minutos y segundos. Apenas fue consciente al hablar a la frecuencia de auxilio.

 

De nuevo volaba. Sentía esa libertad de ser elevado sin esfuerzo alguno, de extender las alas y volar al infinito, saboreando la brisa de la altitud, las nubes en las que planeaba y disipaba a su paso a velocidades impensadas. Su cuerpo ya no era ningún impedimento, ni lo sería jamás. Volaría a Júpiter, hasta Saturno y tocaría los rizos de luz de sus incontables anillos.

 

Batir de hélices.

Voces que hablan entre sí, excitadas.

¿Estaba muerto ya?

¿Se había desangrado y por eso ya no sentía su cuerpo?

Seguía volando, y con eso era suficiente para sentirse genial. Al fin y al cabo, era su último viaje, y qué mejor forma de terminarlo. Las voces se dirigen a él. Le hablan por su nombre. Se escucha a sí mismo gimiendo, apenas consciente de hacerlo. Descubre entre aquellos borrones que le han puesto una máscara transparente y un aire fresco se cuela ahora directo a sus pulmones. Hablan de hospitales y Urgencias…

—Adonde sea… menos al Seguro Social… por favor… —gimió Allen.

Y las luces se apagaron por completo.

 

 

Finaliza el 21 de abril de 2017.

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