El último viaje, capítulo VIII

VIII. Entender la Muerte

  —Hola, señor Allen.

El telón se abrió, y el piloto al fin vio la luz cegadora emerger de aquellos pasillos sombríos e interminables. ¿Cuánto tiempo había pasado? Los túneles no conducían a ninguna parte, y ojos rasgados y amarillos aparecían en cada esquina, observando y parpadeando, solo observando, mientras corría sin parar, poniendo distancia entre ellos. Pero aquello era el laberinto del Minotauro, y no había escape posible. Mientras terminaba de alcanzar la superficie de su consciencia, descubrió que se sentía débil y frágil. Un bip acompasado le indicaba que su corazón también latía en un ritmo cansado y viejo.

Después del deslumbramiento inicial por la luz blanca, lo primero que vio fue un catéter adherido a su antebrazo y conectado a una bolsa de líquido transparente que goteaba a intervalos. No sentía el brazo izquierdo y eso lo asustó. Se lo miró, vendado hasta la muñeca. Suspiró aliviado.

—No perderás el brazo, por fortuna, hijo —dijo de nuevo aquella voz monocorde, pero potente y piadosa como la de un monje sobre el púlpito.

Enfocó su visión al otro extremo de la habitación. Dos hombres, uno viejo, canoso y de arrugas en la frente y los pómulos, y uno mucho más joven y voluminoso, lo observaban al pie de su cama. Por un momento creyó que sus ojos eran los ojos amarillos que lo perseguían en aquellos pasadizos de su inconsciencia. Ambos vestían elegantes guayaberas de algodón y pantalones de pana. Su respiración y sus pulsaciones aumentaron con violencia, y eso se tradujo en los bips del aparato. Reconoció casi de inmediato al viejo. Era el gobernador del estado.

—Señor Sáenz, no debería alterarse. Su estado aún es delicado —dijo el hombre canoso. Su sonrisa, limpia, de dientes blancos, brilló con las luces blancas de aquella habitación. Su voz no mostraba la mínima inflexión. Era muy correcta, hasta académica.

—¿Dónde estoy?

—Es un hospital militar, cerca de Chetumal.

—¿Qué me van a hacer?

El gobernador rio, mientras el joven robusto jugaba insistente con una pulsera de oro en torno a su muñeca. Entonces, con un movimiento brusco, tomó del brazo al gordo y lo puso delante de él. Este le dio un rápido vistazo al viejo, y resignado, se encogió de hombros. Entonces, por primera vez, el gordo habló:

—Señor Allen, encontramos su avión y el cargamento gracias a su oportuno aviso. Lo encontramos malherido por el choque y los días que pasó usted allí, lo cual es digno de admirar.

La voz del gordo era repelente y tipluda, diferente a la voz monacal del gobernador. De esas voces que no se pueden creer, encerradas en un cuerpo tan voluminoso como aquel. Su cerebro empezó a recopilar los datos… la selva, el cargamento…

—Queremos que sepa que estamos profundamente agradecidos con el tremendo favor que nos ha hecho, en aras de la política y la democracia, salvaguardando un material electoral que iba a ser usado impunemente por la oposición. Es usted admirable, un sobreviviente, y por eso queremos condecorarlo con la medalla Gonzalo Guerrero al Valor Ciudadano. Será en un acto público, pronto, una vez realizadas las elecciones, y se la entregaré personalmente.

Allen no entendía nada de aquel discurso.

—¿Medalla?

—Sí, señor Sáenz, como dice mi sobrino, el próximo gobernador del estado de Quintana Roo, nuestro Partido no solo reconoce el valor, lo premia y tratamos a los nuestros como una gran familia. Quien quiere lo logra, no hay imposibles en este país para los sueños. Pida usted lo que guste, no escatimaremos en nada.

—¿A cambio de…?

El viejo lanzó una risotada carente de humor. El gordo, que Allen ya reconocía (lo había visto en numerosos periódicos, encuestas y revistas de sociedad) seguía jugando con la pulsera. Hacía gestos repulsivos y sudaba copiosamente.

—Señor Allen. Pero si usted ya hizo todo por nosotros. Por el Partido, por su estado. Salvó una elección, y por eso es usted un servidor a su patria, un defensor de la democracia en su más pura esencia. Le pondría el título de héroe, pero eso sería muy manido, ¿no? Sé que a usted no le gustan los reflectores.

Allen estaba pasmado. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué se escondía tras la pulcra sonrisa y aquella guayabera marcando las lonjas? ¿Era aquello real? Todo lo que había pensado, de cuando lograra salir de allí. La Voz. Los mercenarios. El helicóptero. El Gran Soot’s e Ismael.

—¿Por qué tendría que hacerlo? Solo soy un piloto. Yo no tengo nada que ver con esto, señor. Solo quiero seguir mi vida. No quiero ser parte de esto.

Por toda respuesta, el gobernador arrastró una silla hasta uno de los costados de su cama. Quedó a su lado. El joven parecía tan pasmado como el mismo piloto.

—Detrás de mí, Bebo, detrás de mí siempre, chingada madre —El viejo fulminó con la mirada al gordo de la pulsera. Bebo obedeció al instante, y ahora Allen tenía a los dos tan cerca que podía escuchar sus respiraciones, una serena y otra movida al compás de los numerosos michelines.

—¿No deseas figurar, entonces? No hay problema, hijo. Nadie sabe nada todavía. No hay nada en la prensa, no hay nada más que un avión perdido y un piloto dado por muerto. ¿Quieres que se confirme esta noticia? Te estoy haciendo un puto favor, y me rechazas. Me contradices cuando muchos querían tu cabeza, no querían que volvieses a despertar, Allen. Yo me puse de tu lado, y como yo soy el que decide, estás aquí.

El gobernador le clavaba una mirada de fuego, la mirada de un murciélago que lo sabe todo, que decide los destinos; era un hombre acostumbrado a barajarlos con sus manos. En sus manos estaba su carta, y la estaba barajando en el mazo de posibilidades. Allen le sostuvo la mirada, recordando a Ismael Chon y su raza indómita. Recordó a la selva y su ayuda. Tensó todos sus músculos, y un pinchazo ardió allá donde la bala y la garra del monstruo habían penetrado. Un político marchito y acabado no lo iba a amedrentar.

—Usted ha visto la muerte a los ojos, gobernador, estoy seguro. Pero todavía no la entiende. Se lo dije a sus matones, yo no soy parte de esto. Si usted entiende que matándome se acaba el problema, hágalo, y a chingar a su madre todo.

El gobernador mantuvo la mirada de murciélago viejo, también tensando las arrugas que delineaban su rostro adusto. Entonces, de su bolsillo, sacó una daga con incrustaciones de esmeralda. Era la daga de Ismael Chon. El viejo se la acercó a la garganta. Sintió el filo presionando la carótida. Allen sabía que no podía moverse y su carta iba a salir a la luz. Le sostuvo la mirada, impasible. El bip de la máquina sonaba a intervalos lentos, pausados.

—¿Has visto, Bebo? ¿Has visto? ¡Grábate esto, carajo! Este cabrón tiene un par, que digo par, dos pares de huevos bien puestos. Eso es lo que quiero, ¡eso!

Tras unos instantes, el gobernador alejó el filo de obsidiana de su yugular, y lo depositó en la mesita junto a la cama. La expresión hosca desapareció y la reemplazó un verdadero interés.

—Muy bien, señor Allen. Le daremos lo que pide.

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Finaliza el 21 de abril de 2017.

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