El último viaje, capítulo IX

IX. Vida prestada

Mientras manejaba por la zona hotelera hacia el Aeropuerto Internacional de Cancún, descubría que los recuerdos acudían cada vez menos, disueltos en la brisa caribeña. No había tomado los controles de ningún avión desde el percance, y creyó que jamás lo volvería a hacer. Entrar a una cabina le provocaba una marejada de náuseas y mareos que le quitaban el hambre por horas. Pero ese día, soleado, hermoso, con las luces del sol reflejadas como luceros sobre la laguna Nichupté, decidió que podía tirar todos esos traumas a la basura. Era un excelente día para volver a comenzar.

Sin angustias ni dolores, mi hermano.

Así era. No podía quedarse recluido en su caparazón de miedos. De cualquier forma, desde que el ejército pudo sacarlo moribundo de aquella selva, de ese último viaje que jugaba con su cordura restante y le hacía despertar de brutales pesadillas con laberintos y ojos rasgados, decidió por voluntad propia que ya vivía una vida prestada.

«Y, si mueres mañana, ¿a quién le importa si te mueres?»

Intentaba acordarse de una canción de la lejana adolescencia, mientras  conducía su Mustang con la brisa del Caribe ondeándole el pelo largo. Vivimos en tiempo prestado, pero el préstamo puede terminar en cualquier momento. Hay que vivir como si mañana despertaras en una maldita selva con un monstruo listo para devorarte, o con una daga sobre tu garganta… esa era la clave de la canción, y con ella había redescubierto los deseos de volar, a la luna, Saturno y más allá. Al diablo con todo, vamos a vivir, aunque sea en tiempo prestado. Y qué mejor forma de hacerlo siendo libre, surcando los cielos.

Y entonces recordó también lo que le habían dicho en una selva remota:

«Las personas ingenuas como tú aseguran nuestra supervivencia».

—Los impuestos se invierten, a final de cuentas, Halcón —dijo indiferente a la brisa caribeña. Aceleró.

Cuando Allen llegó al aeropuerto y a la pista donde tomaría su avión, nadie lo saludó, nadie le mostró respetos por lo que había pasado hace algún tiempo. Nadie lo reconocía, y eso estaba bien. Seguía siendo el mismo Allen de siempre, el que nunca tenía nada nuevo que contar, y a la vez, no era nadie. Eso estaba bien.

Poco después, mientras convalecía, buscó en Google Earth la localización de su accidente con los datos que tenía del helicóptero. No pudo menos que sonreír: el área donde pasó más de tres días perdido, en efecto, era Ninguna Parte. Lo era, porque ese lugar estaba todavía en litigio por los gobiernos del estado de Yucatán, Campeche y el mismo Quintana Roo, y no pertenecía oficialmente ni constitucionalmente a ningún territorio, mientras no se resolviera la controversia limítrofe en la Suprema Corte de Justicia. Este juicio llevaba más de una década sin resolución. Las ironías de la vida podían tomar curvas muy extrañas. Su accidente no existía, ni las boletas ni el dinero, ni la Voz ni los mercenarios. Sin embargo, ahí estaba la daga de obsidiana con sus incrustaciones, reflejando los rayos de ese sol tropical. Se rascó inconscientemente la cicatriz donde el Soot’s le había rasgado en el brazo.

De cualquier forma, seguía vivo, y con un avión solo para él aguardando en la pista. Le entregaron la bitácora. Se acomodó la gorra de capitán, ajustó su saco con múltiples insignias de alas, estrellas doradas y plateadas que adornaban su pecho y cuyo peso sentía reconfortante. Subió las escalerillas, y antes de entrar, aspiró el aire limpio, bañándose del azul del cielo y un sol que auguraba un clima excelente para esa travesía. Sus pasajeros ya estaban listos, platicando y fumando puros cubanos y degustando licores carísimos.

—Buenos días caballeros, soy Allen Sáenz, el día de hoy seré su piloto y capitán, y espero que el vuelo sea de su agrado. Tengo entendido que iremos hacia la ciudad de Panamá, señor gobernador, sin escalas, a menos de que usted disponga otra cosa.

El gobernador de Quintana Roo, reciente ganador de las elecciones, un joven rechoncho de guayabera blanca y una enorme pulsera de oro, le sonrió y asintió con la cabeza, mientras tecleaba en su teléfono móvil. Los diputados que iban con él, también recién electos, hacían el viaje junto con el absoluto ganador del Partido Revolución Integral. Ni siquiera le dirigieron la mirada y continuaron su animada conversación y fumando habanos. Allen les dedicó una última sonrisa antes de saludar a su copiloto y a una azafata que asistiría a los importantes funcionarios.

Adentro de la cabina, suspiró, se sentó, se acomodó los audífonos y los lentes de sol, y mientras calentaba los motores, esperó las instrucciones de la torre de control. Miró con reconcentrada atención los instrumentos, completando en su mente la comprobación del vuelo 82.

Nunca sabemos cuál será nuestro último viaje, ¿verdad?

Al momento de recibir las indicaciones e iniciar el rodaje hacia la pista, el Halcón puso al punto la aeronave, las turbinas respondieron de maravilla y empujaron el aparato, que ahora hacía la carrera de despegue suave, perfecto, hasta elevarse rápidamente hacia la inmensidad azul. Oprimió PLAY en su iPod, dando paso a su canción de vuelo, la única que utilizaría en su viaje, dejando allá abajo los miedos y las pesadillas negras del último año.

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