Los peces muertos son los únicos que siguen la corriente

«Los peces muertos son los únicos que siguen la corriente» leí en la pizarra negra, y me detuve impulsado por la curiosidad. La pizarra estaba colocada junto a los menús de pescaítos fritos de un chiringuito entre la inmensidad de las dunas. A un costado de la frase habían dibujado unos peces de colores con trazos infantiles. La playa de Camposoto era un paraje solitario a excepción de los surfistas madrugadores que desgarraban olas a lo lejos, por el castillo de Sancti Petri.

Tomé un trozo de tiza verde que quizá el mismo autor había dejado como un regalo, y con cosquilleos en el estómago precediendo la travesura infantil, puse debajo:

«¿Y si decidiera seguirte la corriente?»

Me volví para asegurarme de que nadie me había visto, y proseguí con el footing sobre la arena húmeda y apisonada de la bajamar. Tengo malísima memoria a corto plazo, pero por alguna razón, ese diálogo silencioso e impreso en un vulgar tablero persistió en mi mente hasta la hora de dormir. ¿Cómo se lo tomaría el autor de la frase? ¿Se reiría y lo borraría? ¿Seguiría el juego, o mejor dicho, la corriente?

Al día siguiente, salí de la cama, me vestí con el mismo chándal y salí un poco más temprano de lo habitual, cercado por la impaciencia. Cuando alcancé la playa el sol apenas saludaba con sus lanzas sobre las aguas azules.

En la pizarra había una respuesta, que más bien parecía un desafío:

«Me gustaría verte intentándolo».

No se lo había tomado mal, pero tampoco quería decir que le agradaba ver pintarrajeado su tablero, arruinando su filosofía de bar. Me choca no entender algunas veces a la gente de aquí. Hablan fuerte y parece que te están echando la bronca cuando en verdad charlan en el tono más amistoso del mundo. Esa respuesta quizá era cachondeo, o una invitación. Vale.

«Dime la hora y el lugar» escribí.

La imaginación jugaba conmigo. ¿Y si el autor del mensaje era una chica andaluza buenísima, de grandes curvas y holgado sentido del humor? Bueno, también podría ser un tío gordo, calvo y lleno de pelo como un oso, buscando ligar. Todo era posible.

Al día siguiente «Esta tarde, a las siete, aquí» apareció bajo mi petición. Pues sí, todo iba en serio. Vale.

No tenía idea de lo que iba a encontrar, por lo que me vestí lo más sobrio que pude. Una brizna de perfume, una playera normalita, bermudas y alpargatas de cuero. A la hora acordada, me presenté en el chiringuito. El restaurante estaba vacío, a pesar de que la merienda se cumple aquí con la seriedad litúrgica de un monasterio llamando a Vísperas. El calor incendiaba la arena y olía a boquerones fritos y a tabaco. La pizarra ya estaba limpia y no había nadie por ahí. Tuve un mal presentimiento. Tras unas vacilaciones, me atreví a preguntar en la barra sobre los mensajes de tiza. Sudaba copiosamente. El empleado me lanzó una mirada de pocos amigos.

—Conque tú eras el que escribía gilipolleces. Mi pizarra no es para que escriban lo que les salga del mismo, tío. ¡Un poco de respeto, cojones!

Esto sí me lo dijo en un tono de «echar la bronca». Menuda estupidez. Salí pitando de ahí. Sentía que mis mejillas ardían mientras daba grandes zancadas hacia la playa.

—Eres un pez muerto, pringao —dijo una voz a mi espalda. El sol reflejaba toda su potencia en el mar y me hería los ojos. Me volví y miré una delgada muchacha en bañador, con abundantes pecas en las mejillas. No tendría más de diecisiete años.

—¿Se te hace gracioso? —fue lo único que atiné a decir.

—Me hace gracia todo. No me queda mucho tiempo para reírme de pringaillos como tú. ¡Lo has bordado tío, lo de los mensajes ha sido una pasada!

—Chinga a tu madre —mascullé apurando el paso. Las venas de las sienes me latían. Resultó que una mocosita me había tomado el pelo.

—Eh, ¿no querías verme? Aquí estoy.

La chica me alcanzó y se puso delante de mí. Su cabello lacio le llegaba a la cintura y brillaba con el sol de la tarde como una cascada negra. Me detuve y la vi mejor. Era mona y no estaba mal de cuerpo, pero en su belleza algo parecía estar encerrado en una jaula. Era una belleza limitada por oscuras circunstancias. Su piel pálida, casi blanca, contrastaba con las dunas de arena. En sus facciones se adivinaban líneas de cansancio acumulado.

—Tuve que esperar a que la cagaras. Era la única forma de saber que tú habías escrito eso —dijo con voz cantarina.

—Ya, da igual, con permiso.

Hice el amague de seguir por la playa, pero la chavala me impedía el paso.

—Venga ya. ¿Te enojas por eso? No sabes lo que haces.

Esta tía es una loca, pensé. De esas crías que no tienen nada que hacer en vacaciones, y como cervatillos locos buscan problemas para retozar y pasar el día. Tenía que alejarme de inmediato de aquel peligro inminente.

—Vamos por la Ruta del Boquerón, anda.

Esta vez no sonreía, y su mirada terminó por convencerme. Me encogí de hombros. Nos dirigimos hacia el sendero rodeado de vegetación que serpenteaba hasta perderse en el horizonte.

—¿Te diviertes haciendo la tonta?

—Pero si tú respondiste mi frase.

—Y tú continuaste.

La chica rio y donde vi cansancio ahora florecían estallidos de juventud. Caminamos por el sendero cuyos maderos tapizaban el suelo a intervalos. Cuando entramos a una parte arenosa del camino, me tomó del brazo con toda la confianza.

—Qué guay que alguien se moleste contigo por nada. Extrañaba eso.

—Tú estás loca.

Ella rio con ganas.

—Me llamo Raquel. No eres español, ¿verdad? ¿Eres de México?

Sobre el coraje que sentía, me empezó a llamar la atención la impertinencia de la muchacha. Como dije, en esta parte de Andalucía son unos raros.

—Sí. Llevo un tiempo viviendo por aquí.

—¡Qué guay! ¿Siempre andas cabreado?

—No es que esté molesto…

—¡Ya sé!, extrañas tu país.

—Creo que en otras circunstancias no habría puesto nada en esa pizarra. No tengo idea de por qué lo hice, pero ya me arrepentí. Y tampoco sé por qué voy caminando contigo.

—Yo tampoco. Creo que solo una vez he venido por este lado.

Continuamos por el arenoso sendero sin decir palabra. A lo lejos, en el caño de Sancti Petri desfilaban en silencio unos cuantos veleros, rompiendo con sus quillas la mansedumbre de sus aguas.

—De eso iba todo, ¿no? de seguir la corriente. Y tú no me has seguido la corriente. No me has sonreído una sola vez porque estás vivo. Yo estoy harta de solo seguir la corriente y que me la sigan. Nadie es sincero cuando saben que te vas a morir.

Sentí una punzada en el pecho.

—«Solo los peces muertos siguen la corriente». ¿Por qué?

Por toda respuesta, Raquel se puso las manos en las sienes, y tiró bruscamente de su cabellera. Me descolocó terriblemente. Su cráneo, liso, era tan blanco como el resto de su cuerpo. En un momento comprendí aquello fugaz que limitaba su belleza, y sentí mis vértebras congelarse. Nos miramos por un instante, como completos desconocidos desnudándose uno frente al otro.

Intenté balbucear algo, pero ella sonrió y atajó:

—No lo arruines, mexicano. No lo arruines más de lo que ya está.

Se acomodó nuevamente el cabello sobre su cabeza, y seguimos andando en silencio como si nada hubiese pasado. Llegamos hasta las construcciones que una vez pertenecieron a la batería de Urrutia, sepultadas en la maleza y el olvido. Trepados en las cornisas de la fortaleza podíamos ver el castillo de Sancti Petri asomando su morro blanco sobre las aguas bajas, mientras la brisa suspiraba entre las marismas y la sal se impregnaba en nuestros rostros.

Desde ahí también se adivinaban aletas plateadas de los peces rompiendo la superficie; todos seguían la corriente hacia la desembocadura del caño, hacia la inmensidad del mar.

 


Cuento ganador del Premio de Narrativa Breve del Certamen Jóvenes Creadores 2017 (Ávila, España).

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