Verás volar las piedras

Para Hernán Lara Zavala

Las piedras volaban. Una me dio de lleno en el tobillo; otra del tamaño de una barra de jabón casi me parte la cabeza. El cielo se arremolinaba oscuro sobre mí, cubierto de inmensas nubes color ceniza, y con una fina cortina de lluvia iluminada por la intermitencia de los relámpagos. Tropecé y caí sobre el fango. Los dos ojos amarillos, del tamaño de platos, se dirigían a mí desde la oscuridad de la tormenta. Parpadeaban vivos, salvajes. Se cerraban al unísono en intervalos. Estaba aterrorizado, no podía moverme. Mi padre me lo advirtió, no debía internarme solo en el monte. Sentí que mi corazón se detenía cuando me percaté que, entre la maleza, bajo los domos de los árboles, muchos más ojos se aglomeraban frente a mí. Ojos saltarines y rasgados. ¡Eran muchos! Estaba solo, cubierto de barro y con los pelos de punta. Con el tobillo herido por el proyectil, me arrastré como una sanguijuela, tratando ridículamente de poner tierra de por medio al peligro. Otra piedra, mucho más grande, se estrelló en un charco a unos centímetros de mí. Muchacho baboso, soltó una voz rasposa a mis espaldas. Entonces vi una sombra emerger de los enormes árboles detrás de mí. Era mi abuelo. Avanzó y se acercó a aquellas criaturas, como si fuese cualquier cosa.

        Jamás vi nada igual en mis libros de cuentos. Entre las gotas de lluvia que se colaban insistentes nublando mi visión, descubrí al dueño de los ojos amarillos. Era un animal apoyado en dos ancas, una especie de conejo sin cola. Un rayo desveló muchos más de aquellos seres, mojados y peludos, del tamaño de un gato. Cargaban piedras sobre sus cabezas, dispuestos a lapidarme. El chapoteo que producían entre los charcos era como de succión.

       Haciendo unas señas con las manos, mi abuelo sacó de su morral, el mismo del que nunca se despegaba, un pedazo de masa de maíz, una jícara, y con el agua de lluvia hizo una mezcla con sus manos callosas y agrietadas. Les ofreció el cuenco, que depositó cuidadosamente en la hierba. Las cosas se acercaron, y con sus enormes narices, como de coatí, parecieron olisquear su contenido. Entonces dejaron sus piedras de lado y empezaron a comer aquello que parecía engrudo, usando unas garritas negras como manos. Hacían ruidos extrañísimos, silbidos serpenteantes, agudos. Eran de diferentes tamaños y colores, algunos negros, otros pardos y con manchas o rayas en sus pequeños lomos. Sus naricillas largas se juntaban con sus hocicos, y parecían sonreír. Sus orejas de ratón se movían frenéticas, como radares.

La sombra que mutaba en el abuelo retrocedió con cuidado. Me tomó de la mano. Con trabajos pude incorporarme, pero a pesar de mi cojera pudimos avanzar. No mires atrás, me ordenó. Salimos del monte hasta el camino de tierra que comunicaba al pueblo. Su olor a viejo me envolvió y sentí ganas de vomitar. No nos dijimos nada más. No sabía si era más la vergüenza de haberme perdido en la selva o la impresión de estar a punto de morir. Llegamos al pueblo, y las luces de las casas, emborronadas de lluvia, nos recibieron. Ya podía caminar sin apoyo. Empapados hasta los huesos, llegamos a la casa, y tras el severo regaño de mis padres (e incluso de mi hermanita) por mis andanzas, me fui a bañar. El abuelo no soltó una palabra de lo ocurrido, pero mantenía una sonrisa extraña y discreta, que nunca le había visto.

                    Desde que tengo memoria, veo a los ancianos como baúles sellados al tiempo, chapados con cerraduras que nadie puede abrir. Permanecen quietos, arrumbados, llenándose de grietas y arrugas, dando batalla a los años con dura obstinación. Esos baúles esconden cosas raras, inalcanzables. El abuelo no era de esos personajes cálidos que conocía en los cuentos, viejos grillos rebosantes de sabiduría; era un árbol marchito, de rostro contraído y severo, siempre cargando su morral descosido. Rara vez platicaba. Se sentaba en el porche como un pétreo centinela, escupiendo al barro, viendo pasar el lento transcurrir del pueblo. Azuzaba con piropos de mal gusto a las lavanderas que cargaban sus cestos hasta la aguada, y mandaba callar a los chiquillos llorones prendidos a sus enormes faldones raídos. El abuelo no sabía sumar más de dos dígitos, y a duras penas leía los letreros de las casas. Jamás le oí decir un «por favor» o «gracias». Vagaba como un fantasma, flotando en la vida de mis padres y mi agitada niñez, siempre con su morral, que no dejaba tocar a nadie. Le rehuía. Un olor agrio lo rodeaba y parecía rasguñarme cada que me topaba con él en la cocina o en el vestíbulo.

           Calentito en mi hamaca al fin, pensaba detenidamente en lo que había pasado. ¿Qué fue todo eso? ¿Qué era lo que me perseguía entre la selva? ¿Qué hizo el abuelo? ¿Fue un sueño?

            —Los Aluxoob son espíritus complicados.

         La voz sonó de nuevo rasposa, como un susurro que el tiempo había encapsulado en su garganta con los años. Casi me caigo de la hamaca. Estaba tan inmerso en mis cavilaciones que no me di cuenta que el abuelo se había sentado muy cerca de mí.

         —Son espíritus poderosos. Defienden territorios que les pertenecen, y tú seguro traspasaste uno. Tuviste suerte de que no te partieran la cabeza. Yo me encontré con uno cuando estuve en presidio, cerca de aquí.

          Me quedé petrificado. El abuelo, ¿en la cárcel? Jamás lo hubiera imaginado. Y más extraño aún, estaba hablando conmigo, como los abuelos de los cuentos. Me abría su propio baúl.

        —Ni tu abuela supo esto. Así como guardé silencio sobre lo que te pasó hoy, no le contarás esto a nadie mientras yo viva. Júralo.

          Qué es, balbuceé. El abuelo se inclinó, así como estaba, sentado. Parecía una estatua de piedra. Las luces y las sombras se ahogaban en sus arrugas, profundas como nuestros arados de maíz.

        ¿El abuelo había matado, robado? Mi curiosidad aumentó al límite. ¡Tenía un abuelo expresidiario!

        —Júralo, muchacho.

           Lo juré.

          —Hace muchos años, me agarraron por hablar mal del presidente Díaz, y sin decir nada me llevaron a Santa Cruz de Bravo, una cárcel en medio de la selva, junto con muchos más hombres que también habían hablado mal de él. Sin ser ladrones, mucho menos asesinos, éramos tratados como tales. Fuimos a dar a ese presidio que funcionaba como colonia, rodeado de mucha más selva de la que ves aquí. Todo lo controlaba un general de barbas blancas y largas, con el uniforme lleno de medallas y una fusta que se clavaba en las carnes de quien lo viera mal o no cumpliera con sus tareas. Una vez lo vi usarla contra su propio hijo, casi lo mata.

        Con la pausa que hizo, aproveché para preguntarle cuánto tiempo había pasado allí.

      —Dos años. Había auténticos cadáveres vivientes, pudriéndose al sol. Las condiciones nefastas fundían en menos de dos semanas a cualquier pelado que llegara del centro del país.

    Tan interesado estaba en el relato, que no recordaba qué le había llevado a contármelo. Era increíble que el abuelo estuviera entero tras pasar dos años encerrado en ese lugar, no me lo podía imaginar.

    —Vi a un Aluxoob cuando estaba a punto de morir. Me había rendido, por las condiciones, la injusticia y los golpes de los guardias. Había algo como un pozo seco, un hoyo de muchos metros de profundidad donde tiraban a los presos que no cumplían o desobedecían. No recuerdo qué hice, pero el general me dio una repasada con la fusta y ordenó que me tiraran al pozo. Era un espacio nauseabundo y reducido. Desde el fondo podía ver la luz colándose como un agujero en la pared. Perdí la noción de los días. Cada cierto tiempo me tiraban desperdicios y que no tenía otra opción más que comerlos.

     »Llovía como hoy. Lo sabía porque las gotas llegaban hasta mí, con las luces de los relámpagos. Cuando lo vi, creí que alucinaba, que el hambre y el frío ya me hacían desvariar. Era un ser peludo con ojos enormes. Me miraba fijamente. Llevaba en las garras una mazorca de maíz, madura, hermosa. Me la ofreció, y yo, creyendo estar dentro de un sueño, la tomé sin más y comí. ¡Lo más delicioso de mi vida! Roí hasta el hueso. Entonces me di cuenta que no era un sueño. Seguía ahí, y puedo jurar que sonreía. Me acordé de la leyenda que me habían contado mis papás, y de rodillas, lloré, agradecido a aquel espíritu piadoso. Si me traía más, haría lo que pudiera para ayudarles siempre. Al día siguiente regresó el Aluxoob con otra mazorca, más hermosa que la anterior y que también devoré. Con eso recuperé la cordura y mis fuerzas, y resistí la condena hasta que me sacaron del hoyo. El general no podía creer que estuviera entero, y regañó duramente a sus capataces. Le parecía que alguien me había alimentado a escondidas. Me amenazó, pero no pudieron comprobar nada. Por fin salí cuando la Revolución entró por Vigía Chico y la colonia dejó de funcionar. La dictadura ya había caído cuando nos liberaron y dijeron que podíamos irnos a nuestras casas. Desde entonces, con mi morral, cada que puedo, hago un poco de pozol y lo dejo en algún maizal. Sé que ellos andan por ahí, vigilando y ayudando según se requiera, pero es raro que se dejen ver.

    ¿Entonces fue pozol lo que les diste hace rato?, pregunté, absorto.

    —Sí. Es lo que más les gusta. Por eso perdieron el interés en ti de inmediato.

   Estaba apenado, había traspasado su territorio y había enfurecido a esos espíritus. Me sentía comprometido después de saber lo que habían hecho por mi abuelo. ¿Puedo volver a verlos, abuelo?, pregunté con timidez. El abuelo rio en la oscuridad.

   —Es la primera vez que los veo desde que salí de presidio. Supongo que con el tiempo dejé de creer. Conforme dejas de creer, también ellos lo hacen, y solo ves piedras volar sobre tu cabeza.

   Mi abuelo se retiró a su habitación sin decir más. Creo que no dormí esa noche.

   De ese encuentro con los Aluxoob ya pasó mucho tiempo, y no he vuelto a ver a ningún otro, solo una que otra piedra surcando el cielo nocturno, guijarros amorfos lanzados desde lo más profundo del monte, desde ningún lugar, estrellándose en los cobertizos y en los gallineros. Mi abuelo murió hace unos años y hasta hoy me animé a contar todo esto, como un recuerdo para mi hijo. Muchos hombres y mujeres mayas están migrando a las grandes ciudades a probar suerte, y rara vez regresan. Quedamos ya pocos en el pueblo. Yo no me iré a ninguna ciudad. ¿Qué más quiero, si tengo mis árboles enmarañados, mis lluvias que se despliegan como velos y dejan ese olor a tierra tan especial? ¿Qué mal no puede curar la miel pura que brota de mis panales? ¿Y qué desconocen mis ancianos, que aún me hablan en el dialecto ancestral? En Kankah cosecho lo que como. Aquí conocí a mi esposa y en este lugar nació mi hijo. No tengo duda de que algún día le regresaré lo mío a esta tierra, negra y olorosa.

    Hoy llovió, y el olor de la tierra mojada me motivó a creer otra vez. Hice pozol y llevé a mi hijo al monte por primera vez, en el sitio donde una vez me perdí. Deposité con cuidado el cuenco con la mezcla de masa de maíz en la maleza. Esperamos, empapándonos hasta los huesos, agazapados entre los árboles. No sucedió nada, y nuestras caras de desencanto lo dijeron todo cuando regresamos a casa, ya noche.

    Pero quiero creer que sí pasó algo. Por ahora no daré falsas esperanzas a mi hijo, pero mientras estuvimos allí, me pareció ver a lo lejos un par de ojos amarillos; ojos que se perdieron al instante entre el velo de la lluvia y la espesura de los ceibos y zapotes. Si llueve mañana, haré más pozol e iremos a probar suerte. Quiero creer, que él crea, y sus hijos también. Necesito que crean, antes de que el tiempo pase y terminen yéndose a la ciudad y se olviden de Kankah.


Un comentario en “Verás volar las piedras

  1. macarenahuicochea dice:

    Que maravillosa historia, mi agradecimiento y respeto por agitar mi propia fe en tantos seres invisibles y espíritus de la naturaleza cuyas historias he tratado de contar en mis propios relatos.

    Amo los mitos y leyendas y honro la sabiduría ancestral que pocos saben expresar con esta belleza y reverencia.

    Le gusta a 1 persona

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