El silencio en el fin del mundo

—… ¡Entonces el tuyo es realmente un viaje en la memoria! ¡Has ido tan lejos para librarte de tu carga de nostalgia!

Italo Calvino

 

Presencié la redondez de la Tierra. La he palpado, como a la teta que me ofreció mi madre al parirme. Es curioso que piense en esto cuando mis horas están contadas. Por alguna razón, cierro los ojos y veo su turgencia con nitidez. Me vuelve la aterradora fruición con que la mamé, y sobre todo, el miedo de haber respirado el aire primero, viciado, hediondo, de mi querida Sanlúcar.

No sé por dónde empezar, cierro de nuevo los ojos y los recuerdos se agolpan sin orden, hasta que logro pescar uno solo. Lo primero que veo es la desdentada Victoria regresando esa tarde a Sanlúcar de Barrameda, escoltada por el oro líquido que el sol depositaba sobre el delta del Guadalquivir. La gente salía extrañada de sus casas, arrugando la nariz y moviendo la cabeza como las serpientes. Azafrán, canela, pimienta, clavo, sándalo, jengibre, nuez moscada cubrían el olor de la mierda, de la sangre, del semen y la podredumbre de la bajamar. Cuando fondeamos el sol se desangraba y moría tras nosotros. Nos abrazamos y agradecimos a los cielos que Sanlúcar todavía permaneciera en el mismo lugar y que no se hubiese movido de las cartas. Mientras mis lágrimas resbalaban, reconocí la inmundicia de mi pueblo debajo del hálito de siete especias y comprobé lo que ya sabía: no solo somos pequeños, realmente no significamos nada. Dios nos tiene en su puño como yo tengo estas siete semillas que traje de Malaca, en la palma de mi mano.

Sin embargo, hay otra cosa que recuerdo claramente: cuando la nao se detuvo, Elcano se me acercó. No sonreía.

—Sé que empuñas la pluma. Quiero que escribas algo para mí.

—No sé de qué me habla.

—¿A estas alturas vas a querer verme la cara?

No quiero ser más desordenado, y me obligo a dar marcha atrás a la memoria. Sé de letras, pero soy un desastre, y no poseo el virtuosismo de Díaz del Castillo. Al lado de Cortés, comprobó que el universo no se movía solo para Europa y existían otros emperadores y dioses que exigían corazones fuera del pecho. Logró describir ciudades que flotaban sobre el agua, y edificios que se pintaban con sangre fresca. Salieron a la luz urbes configuradas solo en los laberintos de la incomprensión, en la fantasía de los juglares. Tanto que se cuidaron de mi capitán por ser portugués, cuando un extremeño que solo respondía ante el rey reclamaba medio mundo por sus cojones. Bernal Díaz logró que todo eso tuviese sentido en sus crónicas, a diferencia de mi pobre intento.

Perdonadme vuestras mercedes por las pausas y exabruptos, pero la memoria sigue dando bandazos y mi brazo resbala sobre las emes en contra de mi voluntad. La eme de muerte además es algo a lo que tengo que acostumbrarme, y el tiempo pierde consistencia mientras mi hora se acerca. De cualquier forma, no tengo la fe suficiente en que estos pergaminos hechos de remiendos sean encontrados, a diferencia de Díaz del Castillo. Entremos pues, al corazón de nuestro relato, mucho antes de esa gloriosa vuelta de césares andrajosos y desnutridos saludando a un imperio que ya se había olvidado de nosotros. Estamos en las aguas del estrecho de Todos los Santos, el De las once mil vírgenes. Con todo y esos nombres suplicando divinidad, nunca me he sentido tan solo, tan abandonado, ni siquiera ahora, moribundo y aislado. La desazón de seguir vivo era peor y Pigafetta no sabía cómo escribirlo en sus notas.

En el fin del mundo no hay aire viciado; las aguas, aunque del color de la noche, son limpias y sobran vahos asépticos que golpean los hielos. Y el silencio. ¿Sabéis lo que es el silencio del mundo? No teníamos idea. El escorbuto no era mi mayor temor, era el silencio que encontramos allí. Las naos orzaban, había viento en popa y lo sentía sobre mi rostro, pero no había sonidos, y nuestras charletas y canciones de mar quedaban atrapadas en una espesa burbuja. Tuvimos que susurrarnos al oído mientras singlábamos allí; incluso el capitán, orgulloso y empecinado, mostró en sus pétreas facciones y barba de profeta un venerado respeto hacia aquel singular fenómeno. El aire limpio lustraba los hielos que nos escoltaban hacia un inmenso plano azul. Para ese entonces, nuestros rostros eran máscaras despellejadas y de colores que iban del amarillo al granate; las encías se inflamaban y cuarteaban como adobe seco; los dientes que caían hacían pronunciar las erres como eles; al principio nos hacía gracia, pero después callábamos ante las mortajas que caían por la borda, trituradas por colmillos de las bestias pisciformes.

Permanecía el misterio del silencio, que nos apresaba en un océano cuyas dimensiones no conocíamos. Comprended vuestras mercedes, éramos los primeros en barquitos tocados por el Espíritu Santo, los primeros en encontrarnos con una tierra que se llama del Fuego, porque quemaba nuestros rostros y taladraba los oídos con ese maldito silencio. Dios tuvo misericordia de sus hijos y no permitió que se instalara allí el Edén, no en ese silencio y en esa blancura que cegaba.

Entonces un día dejamos de oler(nos) y poco faltó para enloquecer.

Sanlúcar olía a podredumbre, a feces, a muerte repentina, y me acostumbré a ello desde mi nacimiento. Mientras avanzábamos por los patagones y las umbrías aguas que recortaban las tierras del Fuego, los olores terminaron por desaparecer. Incluso no encontraba el olor en mi cuerpo sucio y rancio, ni en el de los demás. Pigafetta me lo dijo:

—No olemos a nada. Esta parte del mundo no huele a nada. Y los ruidos también están desapareciendo. Entre la niebla a veces creo oír susurros que no son los nuestros. Pero solo veo blancura.

Tomé por loco a Pigafetta, pero una mañana, sí que escuché los susurros. Supe que no eran ecos nuestros no porque lo había dicho el italiano; nadie que se dijese cristiano podría hacer aquel sonido que me erizaba todos los vellos del cuerpo. Los susurros se convirtieron en palabras:

«No sois nada. Circunnavegadme lo que queráis, no sois nada».

«Primus circumdedisti me, sí, pero no creáis que eso significa algo».

El italiano no escribió nada sobre aquellos inquietantes murmullos, pero su rostro trasmutaba en una desesperanza que conmovía al capitán. La pluma de ganso temblaba en sus falanges. ¿Y qué hay del día que perdió el italiano Sobresaliente en sus meticulosos registros? Yo se los diré: se lo llevó el silencio, se lo tragó mientras Pichafetta se perdía en la conversación con los malditos susurros. ¿Habrá escuchado lo mismo que yo? Jamás lo supe, pero lo intuyo: Cipango, Catay, Malaca, El Dorado, Tenochtitlan, son solo metáforas de un deseo escondido tras un silencio que puede enloquecernos. Debo recalcar esto, si al final triunfamos fue gracias a una frase: «vale la pena intentarlo». Solo habrá un primero y el segundo jamás se recordará. Si lo intentábamos y triunfábamos, mil generaciones después nos recordarían en un santoral, en un rosario interminable.

El silencio por fin terminó, y el paso hacia el Gran Kan y la especiería se nos reveló. Debo confesar que no nos dimos cuenta en el momento: estábamos mermados con la aventura patagónica, cansados de traiciones y amotinamientos, de las escalofriantes ejecuciones ordenadas por el almirante; pero cuando comprobamos que aquello era el mar del Sur, el mismo que había descubierto Núñez de Balboa, el pecho se nos inflamó de orgullo y corrió la voz como aguas de mayo hasta saludar al océano con bombardazos que nos destaparon los oídos. Al intentarlo fuimos los primeros en cruzar aquel paso y nuestra expedición sería recibida con las glorias de mil generaciones después de nosotros.

Aún quedaba llegar a Malaca, Catay, a Cipango, al Kan. Solo escuché de labios del almirante, en su peculiar acento: «vale la pena intentarlo». Y no quedó más remedio que intentarlo. No hay mucho que contar de los cien días siguientes, solo el azul abarcando todo. Hubo un día en que yo también creí que mi piel se había tornado azul, que mis orines eran azules. Pero el mar Pacífico terminó y se abrió la tierra, una isla toda ensenada donde desembocaban tres ríos de aguas cristalinas. Nuestros días de comer ratas y cucarachas, de preparar pucheros de sogas y cueros en el caldo pútrido de las sentinas, todo eso al final terminó, y llegó el ruido: la espada contra la lanza, las bombardas contra el aire, chocando contra un enemigo que jamás pudimos ver del todo. Lo que sí pude ver claramente fue la pierna, el brazo, y al final la cabeza del almirante, salidos de una turba de pieles tostadas que lanceaba y despojaba de su propio cuerpo al portugués, como una marabunta de hormigas rabiosas despedazando una mariposa. Sé bien que no hay gloria en esto que me escupe la memoria, además Pigafetta tiene todo contado y sería una repetición absurda relatar en detalle si pasó esto o aquello. Créanme, el italiano hizo un trabajo impecable, casi como Bernal Díaz. En vez de contabilizar días y saber que se nos ha perdido uno, prefiero preguntarme si Marco Polo habrá atravesado el silencio del mundo que nosotros encontramos: ¿qué habrá pensado el veneciano al ver que las ciudades que inventó resultaban ciertas, a diferencia del traidor Cortés, del granítico Magallanes, que se toparon con ciudades que nunca pudieron inventar?

Al final, alcanzamos las especias. Ahora me detendré una última vez en el señor Elcano, que sabía tanto de letras como cualquiera de los indios con los que nos encontrábamos. Siempre lo miré con un poco de cariño por su campechana ignorancia de papeles y extraordinario manejo de las naves. Recuerdo su sonrisa afable cada que se avecinaba una borrasca o le invitaban a un tinto y una partida de dados.

—Sé que empuñas la pluma. Tengo algo que quiero que escribas.

—No sé de qué me habla.

—¿A estas alturas vas a querer verme la cara?

Al final, Juan Sebastián descubrió mis dotes de escribanía, y yo redacté la única carta que acaso mandó escribir —nunca confió en el italiano para esto, razones tendrá— y dedicada ni más ni menos que a su majestad el rey. Así me dictó:

«Suplico e pido por merced a tu Alta Majestad por los muchos trabajos e sudores e hambre e sed e frío e calor que esta gente ha pasado en tu servicio, les hagas merced de la quarta parte e veintena de sus caxas e quintalada…»

—Pero señor, dirigirse así a su majestad…

—Ponlo así.

Siempre fui un hombre temeroso (de la horca y la pira el que más), lo fui desde el momento en que aspiré la primera bocanada de aire viciado. Pero cuando escuché los murmullos en las tierras del Fuego, el miedo desapareció. Cuando dejé de oler, de olerme, de percibir la ausencia de colores y perder la voz en los rumores de las aguas congeladas, comprendí que somos insignificantes. No me importó comer mis propios fluidos en el puchero de maromas y ratas porque había sentido la nada abrazarme, había sido una con ella. Y por eso tuteamos al rey, él no se movió de su trono y nosotros viajamos en el tiempo y el espacio para encontrarnos en el mismo punto. Por eso la gente no nos recordaba cuando desembarcamos: veníamos de otro tiempo, donde el olvido casi nos confunde con la arena de la playa.

Salimos de la corte en Valladolid y Elcano, para sorpresa mía, me regaló la medalla que le dio el emperador. Como cuando me pidió escribir, no sonreía.

—Por la carta. Nadie lo hubiese hecho. Y no creo que nadie lo haga jamás.

Al entregarme el emblema del globo terráqueo, me preguntó en un susurro —muy similar a los que usábamos en tierra del Fuego— de quién éramos vasallos. De las aguas, del mar, le dije en el mismo tono y sin titubear. Sonrió. Era la misma sonrisa que le vi incontables veces en el viaje. Tras un momento caminando por las calles de Valladolid, remató:

—Lo has dicho, le pertenecemos al mar.

De eso ya pasó mucho tiempo. Tengo la medalla en la mesita, las siete semillas que traje de Malaca en mi mano derecha, y en la mano izquierda la pluma, que a duras penas termina su trabajo sobre el pergamino. No tengo la mínima esperanza de que germine nada en estas tierras yermas, pero quiero irme de este mundo con el recuerdo de aquel aroma que impregnó de oro mi pueblo. Tampoco sé si llegará a alguien este trozo de memoria. No sé si llegue a importar en el futuro, pero vale la pena intentarlo. Eso fue lo que dijo Magallanes cuando vio el Pacífico, y Elcano seguro lo pensó cuando tuvo ante sí el Índico y el Cabo de las Tormentas. Y cuando decidió tutear a su majestad con el riesgo de perder la cabeza.

Vale la pena intentarlo.

 


 

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