El mundo necesita campeones

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Hay palabras que están muertas, pero quién sabe si es culpa de ellas o de nosotros.

Chungungo, ¿qué vas a hacer con esas palabras?

Acabo de degustar esta gran novela de Diego Zúñiga, que, con un narrador bastante convincente, un testigo que ofrece un testimonio anclado en lo anónimo, nos lleva de la mano hacia las profundidades del mar, profundidades de aguas turbias y oscuras, tranquilas y también impredecibles; ahí conviven los fracasos, pinchazos en los oídos, y el temor de la pérdida de los amigos, y la nostalgia de la familia truncada. Hasta el mero final este narrador-testimonial nos relata de manera eficaz y trepidante, en todo un tour de force, el ascenso de un héroe, un triunfo apabullante que solo sirvió para dar un final a un personaje muy atractivo: el Chungungo Martínez. No tiene nombre. Tal como apareció en esta vida, desapareció. Nadie sabe cómo se llama, pero el mote, atinadísimo, ha quedado para la eternidad en el imaginario popular que nos plantea Diego, un universo muy particular y tan plástico que me puse a googlear como un niño esperanzado «Chungungo Martínez» para comprobarlo. Pero claro, la historia de Diego es suya, si acaso inspirada en Raúl Choque, campeón mundial de caza submarina en Iquique, 1971. Conozco ejemplos parecidos en mi Caribe mexicano: Carlos García, Válvula, descubridor de la cueva de los Tiburones dormidos en Isla Mujeres.

Insisto, la diferencia entre una buena historia y la forma de saberla contar contra las que no cuajan radica en el narrador escogido: un narrador que desaparece por la página 20 como ente presencial, y que a continuación, hábilmente, dice:

La última imagen, nuestra última imagen: Martínez pidió permiso para ir al baño, poco antes de que terminara la clase de matemáticas, y nunca regresó.

A partir de aquí, se nota la destreza y el oficio del autor.

Imaginamos que salió del colegio, que se fue a su casa a recoger las pocas pertenencias que tenía, y luego partió a hacer dedo para no volver.

Imaginamos que guardó en un bolso […].

Porque la historia, creemos, fue así: […].

Varias veces discutimos sobre cómo habrá sido aquella semana […].

Aquí está la clave de gran parte del funcionamiento de una buena novela. Punto. No lo único, pero los invito a comprobar en la experiencia de lectura todo lo que Diego Zúñiga nos ofrece con su narrativa.

Enhorabuena, Diego, tu particular universo y tu forma de narrar me han atrapado, y pienso seguirte la pista. Las historias de Chile pueden ser perfectamente las historias de México, Colombia o Perú. La tuya la hago mía sin problema, no solo por esa sinuosa Latinoamérica que nos une, sino por lo que nos cala en formas personalísimas con estas historias, en mi caso, como lector y ya fiel seguidor del Chungungo y sus hazañas.

Y coincido: el mar es una cosa seria. Vaya si lo sabré.

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