La Babilonia, 1580, de Susana Martín Gijón

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Bienvenidos a Sevilla. Bienvenidos a La Babilonia.

Bien dicen que lo más difícil al abocarse de lleno a un proyecto de novela histórica es la documentación e investigación. Desde las dudas más cotidianas (¿cómo se iba al baño?, ¿qué se vendía y comía en el mercado?, ¿qué vestía un piloto mayor?) hasta las que pueden hacer de una historia algo corpóreo, tridimensional y vivo: ¿cómo se movía un grumete por un barco de fines del siglo XVI?, ¿cómo puedo trasladar al lector el bullicio de los muelles, que aspire el olor de sus gentes, que sienta el tremor de los maderos calafateados en sus pies, y que sienta en los vellos de la nuca el tenue resoplido de una institución que operaba en su apogeo, como lo fue el Santo Oficio?

Hacer una novela histórica es algo que conlleva una complejidad que el escritor debe acarrear como una pesada piedra por todas sus páginas. Escribirla es apasionante, es divertido, claro: uno se transporta a esas épocas, las vive con intensidad —como fue este caso— y al regresar al teclado solemos ver todo anacrónicamente absurdo, y queremos seguir con nuestra historia a la luz de las velas. Pero soy de la idea que la piedra sigue a nuestras espaldas, y tenemos que seguir aguantándola, ya que si la dejamos caer, la ficción caerá también con todo el tinglado, sin importar si es la página 4 o la 440. Susana Martín Gijón me lo dijo claramente al referirse a su novela: «Menos meterme en una máquina del tiempo, hice de todo». Debo decir que se nota, y mientras pasamos las páginas también notamos la implicación total con su geografía materna, la que es su ciudad natal. Desde el principio, estamos caminando con Damiana, con Eugenio de Ron, con Gaspar y Diego en la capital del mundo, en una época donde, al irse la luz del día, se despiertan los monstruos que esperan en cada esquina a quienes se atrevan a dejar la seguridad del hogar.

En un mundo así de sórdido, la documentación no solo es básica, hace que en cada página nos mantengamos a la expectativa con esa danza de luces y sombras, una danza que a veces se hace imprevisible gracias a la pluma de Martín Gijón; su novela histórica convive a placer con el género negro, donde no se corta al hablar de horribles crímenes, de la violencia imperante hacia las mujeres, sin importar que fuesen meretrices o monjas de claustro. De hecho, la autora pone de manifiesto esta nefasta «igualdad» en la violencia de la época al tratar a estas dos mujeres en espectros sociales opuestos: Damiana y Carlina, dos almas diferentes en esencia, pero unidas por la miseria, el hambre y las calles intrincadas. Esto hace que la novela nos atrape, y nos cuente algo más que realidades históricas. Las sorpresas con ellas son numerosas, al igual que todo lo que les rodea. Aunque es verdad que el carácter de Damiana me llega a saturar un poco por la violencia que expresa, al final me parece harto comprensible: criada en la violencia, en una casa de prostitución, mercando con su cuerpo a diario, su lenguaje tiene que ser el de la ofensa; la altivez es una máscara de la que no se despoja, porque de ella depende en gran medida su supervivencia. Para eso tenemos a los personajes que equilibran la balanza: Eugenio de Ron y Gaspar, dos caballeros que constituyen una excepción en la sordidez que plantea la época.

Hay un elemento añadido que hace que la novela de Susana nos plantee algo diferente. Lo histórico y lo negro —y un romance que tiene todo el sentido—, conviven con la leyenda, con el mito primigenio. La historia de los griots es algo que también acompaña y adereza en su conjunto esta novela. Además de la complejidad añadida que implementan estas partes, terminan siendo una con la novela de forma sorprendente. En ciertas partes me recordó un poco al mejor Pérez-Reverte en la saga de El capitán Alatriste.

La reivindicación a través de la literatura ejecutada por mujeres valientes y que arriesgan (hay grandes aportaciones históricas que no son ficción en esta obra) siempre será algo que aplauda, tomando en cuenta las innumerables opciones que tenemos hoy en día al poner un pie en la librería, o en los suplementos culturales.

Gracias, Susana, por compartirnos ese pedacito de geografía que vive, late en una novela en la que se ve que lo diste todo.

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