El juego de Juan Soto Ivars

Veamos.
Antes de todo, descubrí desde las primeras páginas de Ajedrez para un detective novato (Algaida, 2013), que no podría continuar leyendo esta historia (y créanme que lo intenté) sobrio. Tuve que gastarme una botella de Jack Daniel’s de mi reserva y quiero agradecer al autor eso en primer lugar: logró venderme literatura y un pretexto, y eso no todos lo consiguen, bien Ivars.

Veamos,
dejemos de lado que ganó el Ateneo de Sevilla y todo eso. Ya hay suficientes reseñas donde ponen al autor como un Cristo, y otras tantas oficiales que lo colocan como una promesa (o realidad) al muchacho. Tenía ya hartas ganas de leer algo de su pluma desde que lo conocí con un artículo en una lista prometedora de escritores hace varios años. Sigo sus constantes amoríos con las redes sociales, y como columnista suele dar en la diana en los temas más polémicos de España, así que tenemos a un escritor en plena formación, que le gusta polemizar con inteligencia desmedida y hacerle de enfant terrible cada que puede (cosa que me divierte al leerlo, la verdad, ya que retuerce y contrapone y a veces se alía al atice de la doble moralina de los cibernautas cabreados).

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La novela, ganadora del Ateneo Joven de Sevilla, 2013.

Ahora bien,
es un libro raro. Raro, con absurdeces que tienen la misión de sátira (y como repiten hasta el cansancio las sinopsis). No soy ducho en estos temas, pero siento que su rollo SotoIvarsesco funciona. Juan hace que lo absurdo embone y funcione en su propio universo retorcido. Y lo hace con una historia de detectives, de personajes sórdidos en ambientes aún más sórdidos. Una novela en la que lo flipas, vamos, como dicen por aquí. Una organización de ninjas mutantes con nombre de banco extinto, enseñanzas maestro-estudiante con dobles juegos que hacen de su entramado algo que vale la pena leer; casos que tienen la intención de resultar en chorradas, pero consiguen la risa (como el de los retretes).

Ivars aterriza en el pantanoso terreno de lo absurdo y nos da un paseo por la problemática de su tiempo, y digamos que la clava: la televisión basura y sus empleados, la prensa y las redes que todo lo viralizan, los jóvenes que les importa un pepino donde y con quién duermen, la inexistencia de la policía, en fin, una España que él observa desde su atalaya y nos la entrega en este tablero de ajedrez cuyas piezas van desapareciendo, comidas o robadas, hasta que nos acerca al mate final.

Ivars aterriza en el pantanoso terreno de lo absurdo y nos da un paseo por la problemática de su tiempo, y digamos que la clava.

Juan Soto nos impide pensar de forma realista desde la primera página: ‘créetelo tío, no tienes más remedio, y si no, es lo que hay.’
Y no te preocupes, Juan, valió cada gota del suculento Jack Daniel’s leyendo tu Ajedrez para un detective novato. Me quedé con un poco de sed, sí, pero espero leer tus próximas novelas en un futuro no muy lejano y mucho menos absurdo.

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