La Selección Mexicana, o la inesperada virtud de la ignorancia

«El futbol existe para esperar milagros, el futbol existe para esperar lo imponderable».

«En el futbol las ilusiones duran hasta que te enfrentas con la realidad y en el futbol en demasiadas ocasiones se llama ‘Alemania’, entonces yo creo que es el examen más duro que puede tener cualquier equipo […]»

Juan Villoro antes del partido Alemania-México

«¡Alemania con toda su maldita historia está atacando, nos está aventando las cuatro estrellas encima!».

Christian Martinoli, comentarista mexicano, TV Azteca, minuto 89 del Alemania-México, Mundial Rusia 2018.

Tenía que escribir esto. Y lo tenía que hacer porque incluso en el minuto 90+3 del partido de ayer, justo cuando el árbitro pitó el final, seguía sin creerme lo que acababa de presenciar en la pantalla de un solitario bar de Jerez de la Frontera. México acababa con la Bestia Negra, con la realidad granítica del futbol encarnada en once desesperados alemanes intentando empatar, como si de un juego de eliminación directa se tratase. Lo del portero Neuer intentando rematar en el último tiro de esquina se me quedará grabado para siempre.

Tenía que escribir esto porque los que me conocen saben que mi pesimismo, escepticismo y malos recuerdos con respecto a los mundiales y la Selección mexicana no daban cabida a la ilusión y a una emoción quimérica de que se podía hacer un partido donde la Alemania campeona del mundo pudiese no golear a ese equipo que fue puesto en entredicho —extracancha— con la famosa fiesta privada y las scorts, las rotaciones interminables de un técnico en las que no creía nadie, y las bajas que a última hora mermaron a la selección. Jugadores conformistas como Vela y los Dos Santos que abandonaron Europa para jugar por dólares en una liga de jubilados y estrellas del pasado, un Chicharito con pocos minutos en el West Ham, y un portero jugando en una liga belga que apenas figura en Europa.

Antes del juego, comentaba con un buen amigo jerezano que México hoy necesitaba un partido similar al de la semifinal contra la misma Alemania sub-17 en 2011, y de cuyo equipo de niños solo existe el recuerdo, pues esos campeones mundiales no llegaron jamás a la mayor. Me emocionaba solo con recordar los tintes heroicos de aquel partido: el gol olímpico de Espericueta, el regreso de Julio Gómez vendado de la cabeza y haciendo una chilena histórica para el 3-2 y el pase a la final de aquel mundial en México era lo más parecido a la gloria alcanzada en campeonatos mundiales —por ahora dejaré fuera los Juegos Olímpicos de Londres—; era la Alemania de toda la vida en miniatura jugando a toda potencia, y México le dio la vuelta con un juego inteligente, un técnico mexicano que conectó con los muchachos, héroes ensangrentados que se mataron en la cancha. Los alemanes estaban incrédulos desde el minuto 1.

Germany and Mexico - FIFA U-17 World Cup2749_JG

Germany and Mexico - FIFA U-17 World Cup
Secuencia de imágenes de un partido histórico. Gómez comentó que para no lastimarse más la cabeza, se le ocurrió que podía empujar el balón de esa forma, una chilena espectacular.

Cabe mencionar que mi amigo dijo que no había que perder la esperanza, que se les podía ganar, y yo solo me reía. Véase mi artículo anterior, Las ilusiones recicladas, para entender al completo mi pesimismo: no teníamos héroes en esta selección dispuestos a morir en la cancha como aquellos niños ensangrentados. Porque para jugar contra Alemania, tienes que morir de alguna forma, ofrecer tu corazón en un ritual de sacrificio similar a los mayas y aztecas, morir para salir victorioso del inframundo, de una cancha que siempre se ha inclinado en contra de México.

Tenían que darlo todo y algo más para derrotar a la Bestia Negra. Derrotar a la Historia, algo que solo se antojaba heroico, mítico. México 86: los penales y el factor Monterrey. Francia 98: un juegazo donde pudimos matar 2-0, pero perdonamos y fuimos acuchillados por dos errores cerca de finalizar el partido. La Copa Confederaciones anterior dejó claro que una selección B alemana podía golear 1-4 a un equipo similar al de ayer. Y fuera de enfrentar a Alemania, los fantasmas acechaban por doquier: Holanda, Robben y el no era penal, el golazo de Maxi Rodríguez tras un partido brillante sobre Argentina. El ya merito, el maldito ya merito de siempre iba creciendo en el retumbar de mi corazón en el segundo tiempo de ayer cuando el reloj iba marcando los 70, 80, 85 y solo había embates germanos…

Para jugar contra Alemania, tienes que morir de alguna forma, ofrecer tu corazón en un ritual de sacrificio similar a los mayas y aztecas, morir para salir victorioso del inframundo, de una cancha que siempre se ha inclinado en contra de México.

Como espectador, no estaba acostumbrado a que a la Selección le salieran bien las cosas. Siempre había algo que impedía trascender a lo eterno. Las peores tragedias se hundían en nuestros corazones, y en mi caso, desde Estados Unidos 94 se ha sufrido más de lo que se ha conseguido. La cosecha de lágrimas y decepciones me devoraban por dentro mientras avanzaba el segundo tiempo. ¡Y mi sentimiento era correcto! ¡Estos la van a cagar en cualquier segundo, todo se va a derrumbar de un soplido!, me decía una y otra vez. Creía más en el 2-1 a favor de Alemania que en el 0-1 conseguido. El Tri nos tiene mal acostumbrados: nos hace soñar hasta lo más alto para después llevarse un trozo de nuestra alma en cada mundial (y en general en cada justa internacional) y ya no me permitía caer en lo mismo, estaba harto.

Pero ahí andaba yo en ese solitario bar de Jerez gritando como estúpido el gol del Chucky Lozano, un chavito de 22 años que no cree en fantasmas ni en Niños Dioses. Grité tan fuerte que los parroquianos —y mi amigo— no entendían como en México se puede sentir el futbol de esta manera, un grito más de frustración e ira contenida contra toda esa historia, que de celebración. El minuto 35 era un minuto muy lejano para pensar en grandezas, y después de la explosión de euforia, sabía que ese gol solo activaría la maquinaria alemana. Y sí. Esa maquinaria, con todas sus estrellas, con todos los jugadores de máximo nivel, intentó una y otra vez morder como sabe hacerlo; pero esa defensa mexicana que colaba todos los goles, esa selección que hizo el ridículo en la última Copa América contra Chile y ese 0-7, fue una muralla impenetrable en el partido menos pensado.

Increíble, incomprensible, me repetía, esto no es México, esta es otra selección y quién sabe de dónde la sacaron. Entre todas las locuras y rotaciones, Osorio había dado con la clave para derrotar a la campeona defensora de cuatro estrellas en el pecho. Salí del bar como en un limbo: México le había ganado a Alemania, a ese uniforme negro y blanco que incluso a mí me inspiraba respeto por la disciplina, el trabajo de 12 años del técnico Löw, el proyecto que tenía; los jugadores de ayer no estuvieron en la Confederaciones 2017 precisamente para no estar desgastados para este duelo, una planeación hasta ayer perfecta con la copa conseguida por la joven cantera alemana. Si hubiese apostado, hubiera apostado contra México, y lo digo con esta base: no teníamos oportunidad contra un proyecto cimentado y tan disciplinado como el de Alemania. Y entonces el fútbol se muestra en su faceta más hermosa: no es para analizarlo, no es de números y estadísticas, es la del barrilete cósmico, una mano en el área que solo ve Dios y de circunstancias teológicas que un proyecto metódico no puede alcanzar. Y México de paso, ha mostrado esa faceta y dio el golpe autoritario en la mesa de 32.

Y pues la moneda sigue en el aire. Fuera de esta épica, importantísima victoria histórica, no se ha conseguido nada. Apenas ha empezado el mundial, y sigo con la incertidumbre en mi corazón. ¿Para qué dará este triunfo? ¿Qué nos depara en este mundial? ¿Se pasará de octavos, la otra Bestia Negra pendiente? Los analistas han hablado y debatido, y una cosa es clara: si se juega como ayer, con inteligencia, frialdad, y sobre todo huevos, hasta sangrar si es posible, se pueden hacer cosas importantes. Por lo pronto, me han callado la boca a mí y a mucha, mucha gente que no creía, incluyendo el estadio Azteca al completo gritando «fuera Osorio». Y así es de lindo el fútbol. Así de lindo es.

portad.jpg

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s