El silencio en el fin del mundo

12–18 minutos

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Este cuento recibió el Segundo Premio del Certamen de Relatos Cortos de la Asociación de Amigos de los Grandes Navegantes y Exploradores Españoles (AGNYEE, Madrid, España, 2023).

—… ¡Entonces el tuyo es realmente un viaje en la memoria! ¡Has ido tan lejos para librarte de tu carga de nostalgia!

Italo Calvino

Presencié la redondez de la Tierra. La he palpado y he hecho mía su curvatura, como seguro me aferré con toda mi alma a la teta de la madre que me parió. Cierro los ojos y justo ahora siento su turgencia nítida; recuerdo la aterradora fruición con que la mamé y, sobre todo, el haber respirado el aire primero, viciado, hediondo de mi querida Sanlúcar. Bien es cierto que, como buen hijo de mi tierra, me he dado a probar las más variadas turgencias y curvaturas femeninas a lo largo de mi vida, aunque la más importante no es la última que se evoca y lo estoy comprobando: siempre regresamos al gustillo seguro y agridulce de nuestra madre. Es curioso que piense en esto cuando mis horas están contadas —como las de todos—, aunque es verdad que yo puedo ver con claridad la nada ante mí. No puedo hacer más que avanzar dócilmente hacia ella.

Cierro de nuevo los ojos y los recuerdos se agolpan sin orden. Al fin logro pescar uno solo: una mano huesuda, la mía, afianza el palo mayor. El raído jubón se agita como una vela más sobre mi cuerpo, un esqueleto que a duras penas se sostiene. La desdentada nao Victoria regresaba esa tarde a Sanlúcar de Barrameda y su gente (mi gente) salía extrañada de sus casas arrugando la nariz y moviendo la cabeza como las serpientes. Azafrán, canela, pimienta, clavo, sándalo, jengibre y nuez moscada cubrían el olor de la mierda, de la sangre, del semen y la podredumbre acumulada de la bajamar. Fondeamos con el sol desangrándose tras nosotros. Me abracé con un puñado de tripulantes que también parecían esqueletos y agradecí al cielo que Sanlúcar todavía permaneciera en el mismo lugar y que no se hubiese movido de las cartas. Mientras mis lágrimas resbalaban reconocí bajo el hálito de nuestro cargamento la inmundicia de mi pueblo; viendo sus rostros (los detesté por un momento), ignorantes de la inmensidad del mundo, comprobé que no solo somos pequeños, es que realmente no significamos nada. Dios nos tiene en su puño como yo tengo estas siete semillas que traje de Malaca en la palma de mi mano.

Cuando la nave atracó, el señor Elcano se me acercó. No sonreía.

—Sé que empuñas la pluma. Quiero que escribas algo para mí.

No sé de qué me habla, le contesté.

—¿A estas alturas vas a verme la cara?

No quiero ser más desordenado y me obligo a dar marcha atrás a la memoria. Sé de letras, pero soy un desastre; no poseo el virtuosismo de Díaz del Castillo. Al lado de Cortés, el cronista de cronistas comprobó que el universo no se movía solo para Europa y que existían otros emperadores y dioses exigiendo corazones latiendo fuera del pecho. Logró describir ciudades que flotaban en el agua y edificios hechos de osamentas y cuyas paredes se decoraban con sangre fresca exprimida de esos corazones. Salieron a la luz urbes que solo podían entenderse como una bella ignominia, una retorcida fantasía de juglares. Bernal Díaz logró que todo eso tuviese sentido en sus crónicas; por mi parte, a lo más que aspiro es a darme a entender.

Perdonadme vuestras mercedes por las pausas y rodeos, pero la memoria me sigue dando bandazos y mi brazo resbala sobre las emes en contra de mi voluntad. El tiempo pierde consistencia mientras mi hora se acerca. Entremos pues al corazón de nuestro relato, mucho antes de esa gloriosa vuelta de césares andrajosos y desnutridos saludando a un imperio que ya se había olvidado de nosotros. Estábamos en las aguas del estrecho de Todos los Santos, el De las once mil vírgenes. Con todo y esos nombres bañados de divinidad, nunca me he sentido tan solo, tan abandonado como en esos lugares; ahora, saboreando mis momentos finales me siento menos solo, aislado voluntariamente de ese mundo que rodeé (¿quién se podrá ufanar de eso, incluso en siglos venideros?). «Yo rodeé el mundo»: suena bonito, hasta poético; ojalá conservara al menos una lágrima para poder dedicarla a ese pensamiento. Hoy espero la muerte agradecido, pero allí, donde los hemisferios perdían sentido uno no sabía qué pensar de seguir con vida y Pigafetta tampoco era capaz de plasmarlo en sus notas.

En el fin del mundo no hay aire viciado; las aguas, aunque permanecen con el color de la noche, son limpias, y vahos asépticos golpean los hielos sin misericordia. Y el silencio. ¿Sabéis lo que es el silencio del mundo? Mientras fui hombre de mar ni el escorbuto ni las tormentas fueron mis mayores temores; era la posibilidad de encontrarme de nuevo con el silencio de ese lugar lo que me erizaba la piel. Las naos orzaban, había viento en popa y lo sentía sobre mi rostro, pero no había sonidos; nuestras charletas y canciones de mar quedaban atrapadas en una espesa burbuja. Tuvimos que susurrarnos al oído mientras singlábamos allí. Incluso Magallanes, orgulloso y empecinado, mostró en sus pétreas facciones y barba de profeta un venerado respeto hacia aquel singular fenómeno. Para ese entonces nuestros rostros eran máscaras despellejadas con colores que iban del amarillo al granate; las encías se inflamaban y cuarteaban como adobe seco; los dientes que caían hacían pronunciar las erres como eles; al principio nos hacía gracia, pero después callábamos ante las mortajas que caían por la borda, trituradas por los colmillos de las bestias pisciformes.

Permanecía el misterio del silencio, que nos apresaba en un laberinto helado cuyas dimensiones no conocíamos. Comprended vuestras mercedes, éramos los primeros ahí en barquitos impulsados por el Espíritu Santo, y los primeros en encontrarnos con una tierra que se llama del Fuego porque quemaba nuestros rostros y taladraba los oídos con ese maldito silencio. Dios tuvo misericordia de sus hijos y no permitió que se instalara allí el Edén, no en ese silencio y en esa blancura que cegaba.

Entonces un día dejamos de oler(nos) y poco faltó para enloquecer.

Sanlúcar huele a podredumbre, a feces, a muerte repentina, y me acostumbré a ello desde mi nacimiento; son hedores que se quedan con uno y las naves cargaban con miasmas similares que compartían los demás marinos. Mientras avanzábamos por los patagones y las umbrías aguas que recortaban las tierras del Fuego esos olores terminaron por desaparecer. No lo encontraba en mi cuerpo sucio y rancio, ni en el de los demás. Pigafetta me lo dijo:

—No olemos a nada. Esta parte del mundo no huele a nada. Y los ruidos también están desapareciendo. Entre la niebla a veces creo oír susurros que no son nuestros. Solo veo blancura.

Tomé por loco a Pigafetta, pero una mañana sí que escuché los susurros. Supe que no eran ecos nuestros no porque lo había dicho el italiano; nadie que se dijese cristiano podría hacer aquel sonido que me erizaba todos los vellos del cuerpo. Los susurros se convirtieron en palabras:

«No sois nada. Circunnavegadme lo que queráis, no sois nada».

«Primus circumdedisti me, sí, pero no creáis que eso significa algo».

Las palabras se difuminaban en risas que nos estremecían, risas como de niños, un inquietante efecto que la ventisca arrastraba por los témpanos blancos, del tamaño de islas. El italiano no escribió nada sobre aquello pero su rostro trasmutaba en una desesperanza que conmovía al capitán. La pluma de ganso temblaba en sus falanges. ¿Y qué hay del día que perdió el italiano Sobresaliente en sus meticulosos registros? Yo se los diré: se lo llevó el silencio, se lo tragó mientras Pichafetta se perdía en la conversación con los malditos susurros, sumido en aquellas risas que a nada estuvieron de enloquecernos. ¿Habrá escuchado lo mismo que yo? Jamás lo supe, pero lo intuyo: Cipango, Catay, Malaca, El Dorado, Tenochtitlan, son solo metáforas, deseos escondidos tras un silencio que puede enloquecernos.

Quiero recalcar esto: si al final triunfamos fue gracias a una frase: «vale la pena intentarlo». Solo habrá un primero y el segundo jamás se recordará. Si lo intentábamos y triunfábamos mil generaciones después nos recordarían en un santoral, quizá en un rosario interminable.

El silencio por fin terminó y el paso hacia el Gran Kan y la especiería se nos reveló con la salida de aquel gigantesco laberinto de hielos perpetuos. Debo confesar que no nos dimos cuenta en el momento pues estábamos mermados con la aventura patagónica, agotados de traiciones y amotinamientos, de las escalofriantes ejecuciones ordenadas por el almirante; pero cuando comprobamos que aquello era el mar del Sur, el mismo que había descubierto Núñez de Balboa, el pecho se nos inflamó de orgullo y corrió la voz como agua de mayo hasta saludar al océano con bombardazos que nos destaparon los oídos. Fuimos los primeros en cruzar aquel paso y el capitán lo refrendó: nuestra expedición sería recibida con las glorias de mil generaciones después de nosotros.

Aún quedaba llegar a Malaca, Catay, a Cipango, al Kan. Solo escuché de labios del almirante en su peculiar acento luso: «vale la pena intentarlo». Y no quedó más remedio que intentarlo. No hay mucho que contar de los cien días siguientes, solo el azul abarcando todo. Hubo un día en que yo también creí que mi piel se había tornado azul, que mis orines eran azules. El peso de las leguas recorridas sobre mis hombros era tan real, tan monstruoso, que la muerte me rehuía: no quiso llevarme, aunque hubo momentos en que la invoqué reuniendo los jirones de alma y de cuerpo que me quedaban.

Pero el mar Pacífico terminó y se abrió la tierra, una isla toda ensenada donde desembocaban tres ríos de aguas cristalinas. Nuestros días de comer ratas y cucarachas, de preparar pucheros de sogas y cueros en el caldo pútrido de las sentinas, todo eso al final terminó y llegó el ruido: la espada contra la lanza, las bombardas rompiendo la quietud de un cielo inflamado de humedad, chocando contra un enemigo que jamás pudimos entender del todo. Lo que sí pude ver claramente fue la pierna, el brazo, y al final la cabeza del almirante, miembros salidos de una turba de pieles tostadas que lanceaba y despojaba de su propio cuerpo al portugués como una marabunta de hormigas rabiosas despedaza a una mariposa. Lo vi, y podéis culparme ahora por lo que pensé allí, entre los gritos de mis compañeros enloquecidos, algunos compartiendo la misma suerte del almirante, otros corriendo despavoridos por la playa con racimos de flechas clavadas en sus cuerpos, en una inercia incomprensible, parecida a la de las gallinas decapitadas: solo pensé en la belleza, una belleza escalofriante de rojos, amarillos y azules desperdigados en la muerte más indigna —pero sin duda la más bella— que he presenciado.

Sé bien que no hay gloria en esto que me escupe la memoria; además Pigafetta tiene todo registrado y sería una repetición absurda relatar en detalle si pasó esto o aquello. Créanme, el italiano hizo un trabajo impecable, al nivel de Bernal Díaz. En vez de contabilizar días y saber que se nos ha perdido uno prefiero preguntarme si Marco Polo habrá atravesado el silencio del mundo que nosotros encontramos: ¿y qué habrá pensado el veneciano al ver que las ciudades que se inventó resultaban ciertas, a diferencia del traidor Cortés, del granítico Magallanes, que se toparon con ciudades que nunca pudieron siquiera concebir?

Al final alcanzamos las especias. Ahora me detendré en el señor Elcano, un hombre que sabía tanto de letras como cualquiera de los indios con los que nos encontrábamos. Siempre lo miré con un poco de cariño por su campechana ignorancia de papeles y el extraordinario manejo de las naves. Recuerdo su sonrisa afable cada vez que se avecinaba una borrasca en altamar o le invitaban a un tinto y a una partida de dados.

—Sé que empuñas la pluma. Tengo algo que quiero que escribas.

No sé de qué me habla, le contesté.

—¿A estas alturas vas a verme la cara?

Al final, Juan Sebastián se benefició de mis dotes de escribanía: yo redacté la única carta que acaso mandó escribir —nunca confió en el italiano para esto, sus razones tendrá— y dedicada ni más ni menos que a Su Majestad el rey. Así me dictó:

«Suplico e pido por merced a tu Alta Majestad por los muchos trabajos e sudores e hambre e sed e frío e calor que esta gente ha pasado en tu servicio, les hagas merced de la quarta parte e veintena de sus caxas e quintalada…»

Pero señor, dirigirse así a Su Majestad…, balbuceé. Elcano, con la mirada tranquila, me puso una mano en el hombro.

—Ponlo así.

Siempre fui un hombre temeroso (de la horca y de la pira el que más), lo fui desde el momento en que aspiré mi primera bocanada de aire viciado. Pero cuando dejamos atrás las tierras del Fuego el miedo desapareció. Cuando dejé de oler, de olerme, de percibir la ausencia de colores y perder la voz en los rumores de las aguas congeladas, comprendí que somos insignificantes. No me importó degustar mis propios fluidos en el puchero de maromas y ratas porque había sentido la nada abrazarme —esa nada a la que ahora avanzo con tranquilidad— y había sido uno con ella. Y por eso tuteamos al rey: él no se movió de su trono pero nosotros viajamos en el tiempo y el espacio para encontrarnos años después en el mismo punto. Por eso mi gente no nos recordaba cuando desembarcamos: veníamos de otro tiempo, donde el olvido casi nos confunde con la arena de la playa.

Mientras el secretario leía la petición en voz alta, el rey miró a Elcano con curiosidad, frunciendo el ceño. También miraba de reojo a su secretario, como asegurándose de que estaba leyendo bien. El rey le hizo repetir la parte donde se le tuteaba. El secretario sudaba a chorros y tartamudeaba, por lo que tuvo que leer una tercera vez. Se hizo un tenso silencio en la sala, pero era un silencio que me parecía cómico en contraste con el que he relatado de sobra. Elcano también era consciente de esto y le sostuvo la mirada a Su Majestad con el rostro calmo, de aquel que ha visto —y sentido— el mundo legua a legua. El rey suspiró. Se levantó del trono. Nos hizo una seña con su regio índice:

—Acércate, Juan Sebastián Elcano.

No temblamos un ápice y eso seguro le causó una honda impresión al monarca, porque me pareció distinguir una leve sonrisa, un regocijo muy particular fuera del rígido repertorio de gestos divinos que debía imponer en esa sala.

Salimos de la corte y Elcano, para sorpresa mía, me regaló la medalla que le había dado el emperador. No sonreía.

—Por la carta que nos ha resuelto la vida. Nadie lo hubiese hecho. Y no creo que nadie lo haga jamás.

Al entregarme el emblema del globo terráqueo me preguntó en un susurro —muy similar a los que usábamos en tierra del Fuego— de quién éramos vasallos. De las aguas, del mar, le dije en el mismo tono y sin titubear. Sonrió. Era la misma sonrisa que le vi incontables veces en el viaje. Tras un momento caminando por las bulliciosas calles de Valladolid, remató:

—Tú lo has dicho, le debemos lealtad al mar. Solo a él. Hoy el rey nos ha visto como iguales por un instante, y eso nos da el privilegio de decirlo.

De eso ya pasó mucho tiempo. Tengo la medalla en la mesita, las siete semillas que traje de Malaca en mi mano derecha, y en la mano izquierda la pluma que a duras penas termina su trabajo sobre el pergamino. No tengo la mínima esperanza de que germine nada en estas tierras yermas, solo quiero irme de este mundo con el recuerdo de aquel aroma que impregnó de oro mi pueblo. Tampoco sé si llegará a alguien este trozo de memoria que habla de curvaturas, de tetas-madre, tuteos imposibles, silencios y otros sinsentidos. No sé si llegue a importar dentro de cinco, diez siglos, pero vale la pena intentarlo. Eso fue lo que dijo Magallanes cuando vio el Pacífico y Elcano seguro lo pensó cuando tuvo ante sí el Índico y el Cabo de las Tormentas, con la nao Victoria renqueante y a punto de zozobrar. Y cuando decidió tutear a Su Majestad con el riesgo no solo de perder la vida, sino de ser borrado de la historia.

Pues eso, vale la pena intentarlo.

Una respuesta a “El silencio en el fin del mundo”

  1. Disfruté el lenguaje, la forma en la que creas imágenes, silencios y colores.
    Un cuento que nos hace viajar en el tiempo y nos lleva del regazo de una madre a recorrer los confines de la tierra.

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