Cuentan las crónicas, de Javier López Menacho

6–9 minutos

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Cuentan las crónicas que el futbol fue alguna vez diferente a lo que se vive hoy.

Javier López Menacho revive parte de ese sentimiento dormido, que se traduce en la comunión entre las gradas y lo que sucede en el campo de juego, junto a la dignidad de los jugadores que bascula entre la sinceridad con uno mismo y lo deplorable. Y debo decir que me devoré el libro, no en 90 y tantos minutos, pero sí que lo disfruté desde el minuto 1 hasta el silbatazo final.

Con Javier en la presentación de su libro.

Es verdad que nos falta una buena platicada, Javier, que quedó a deber en la noche de la presentación de este libro, donde con tus palabras (y las del respetable conocedor de esa noche) poco a poco fui rememorando lo que era para mí este deporte y cómo mutó a lo largo de mi vida. Sé que no es una reseña al uso, pero quiero aprovechar para contarte una historia:

Mi padre fue portero, y a nada estuvo de jugar en Primera división en México, pero por azares del destino, terminó haciendo su vida en Cancún y me tuvo a mí. Recuerdo cada vez con más claridad cuando me llevaba cada quince días a ver al naciente equipo de la ciudad, Pioneros de Cancún, jugar en el estadio Cancún 86. Tendría unos cinco años, y a partir de ahí el futbol se convirtió en un lazo importante con mi papá en la década de los 80 y parte de los 90, que igualmente cambiaría a lo largo de los años (él siempre ha sido aficionado del América, pero mis preferencias se fueron hacia el Cruz Azul, equipo que solo vi campeón de liga una vez, en 1997).

Pasó el tiempo y entre decepciones y vergonzantes cuestiones de ese club, dejé de seguirlos. Un sacrilegio para los que hacen de este deporte una religión con el club por delante incluso de su familia. No me importó. No quería que me identificaran con semejante club y siguió la vida, hasta que pasó algo impensable: un gobernador de mi estado, Quintana Roo, Félix González (más tarde denunciado por diferentes crímenes, lavado de dinero, etc.), trajo un equipo de Primera en 2007, el Atlante, club con gran historia y recorrido, dos veces campeón de liga, aunque de glorias ya lejanas. Este equipo, nómada, ya sin estadio y prácticamente con contada afición en Ciudad de México, encontró en Cancún una nueva historia, una historia de esas que se cuecen aparte. Y yo, cancunense acérrimo, claro que me uní a la aventura.

Cuentan las crónicas que el estadio a duras penas estuvo listo para encarar la liga, el césped tuvo que ser cambiado por no ser el idóneo (después de varios partidos jugados, provocando que jugaran de visitante partidos seguidos), pero puedo decir que estuve en el mero debut de la liga, por primera vez asistiendo a un partido de Primera división en el estadio Andrés Quintana Roo, un 11 de agosto de 2007, contra un equipo a la altura de una inauguración: los Pumas de la UNAM. La experiencia fue completa: desde el autobús colectivo que me llevó de mi casa al estadio, pude comprobar cómo se vivía el fútbol a esos niveles: las barras de los Pumas meciendo el camión, cánticos desgañitantes, banderas, camisas, bandanas, tatuajes… un remolino festivo pero cargado de una violencia contenida que no sabía describir, un poco intimidado. Con ese asombro provinciano que me parecía mareante, entré al estadio. Las porras, la grada visitante también asediaba con todo aquel partido de Jornada 2 que parecía una final. El partido, muy nivelado, terminó con un golazo de Alain Nkong (ah, qué recuerdo me dio ver a Okeleje en el equipo de Javier), un camerunés que terminó convirtiéndose en talismán e historia automática que solo se acrecentaría mientras avanzaba el torneo, y claro, marcaba el primer gol de Primera división en Cancún en toda su historia como ciudad. La historia de gloria única terminó donde inició: con los Pumas de la UNAM y en ese mismo estadio, donde el Atlante logró su tercera estrella meses después.

Pero en el inter, el equipo se ganó a la afición: era un equipo hecho de costuras, de improvisaciones magistrales y milagros con «truco que solo se puede hacer una vez». Un técnico alejado de los focos, jugadores traídos, prestados, permutados, de quién sabe dónde como Alain Nkong, y Giancarlo Maldonado, a la postre el flamante goleador, un venezolano que no volvió a brillar como en esa ocasión, resultaron piezas de un puzle que encajó a la perfección en todo ese caos de vestidor y de club. Lo primero, los regresos, las volteretas constantes al marcador que nos enloquecían en la grada: un 4-3 regresando de un 0-2; triunfos y empates que tenían pinta de desastres les hizo ganarse con justicia el mote de «el equipo de los regresos», «el equipo del pueblo» (los jugadores iban a comer tacos a la misma taquería donde íbamos y ahí seguían las porras y los cánticos cuando entraban), o «el matagigantes». Todo aquel equipo grande de la liga que pasó por el estadio Olímpico Andrés Quintana Roo cayó, hasta llegar a las fases de liguilla y la final, contra el equipo que debutó el estadio: los Pumas de la UNAM. El Atlante era el equipo del pueblo, de los jugadores de Primera que bajaban al barrio a comer tacos, y la gente se lo creyó, nos lo creímos, y ahí íbamos a desgañitarnos a la grada cada quince días hasta ese encuentro que definía sueños.

Fui a esa final, y estuve ahí, fui testigo de todo, bajé al campo tras el pitido final. El gol de la victoria se sucedió justo frente a mis ojos, y ninguna repetición de TV logra equiparar el momento de cómo un jugador, de esos salidos de quién sabe dónde, Clemente Ovalle, empalmó el balón como nunca volvió a hacerlo en su vida, fuera del área, justo como el Santiago Peña de Javier López Menacho, al ángulo, un zapatazo que dio un campeonato a una ciudad que solo sabía de segundas divisiones para abajo. Primer campeonato en su primer torneo en Cancún, cosa de locos, cosas que de repente se salen de un guion y hacen del futbol algo lindo, de barrilete cósmico. La cenicienta, empezaron a apodar al Atlante los periodistas. Esperamos al autobús, lo escoltamos por las avenidas, agitando banderas, playeras, la gente se subía a los semáforos a saludar a los jugadores, bañándose en la fuente del Ceviche, donde se celebraban los grandes triunfos. Teníamos a los héroes al alcance de la mano y solo queríamos celebrar con ellos.

Cuentan las crónicas que la magia del Atlante y ese embriagador campeonato no se apagó de golpe: ganó el derecho de ir al Mundial de Clubes en 2009 donde tuvo unos primeros minutos que sacudieron al Barça de Guardiola, Messi y compañía, con un primer golazo (único, otra vez) de Guillermo Rojas al minuto 3 que nos hizo pensar, como muchas veces a los mexicanos, que el milagro estaba ahí. A los 34 minutos Busquets empató y Messi devolvió las aguas a su sitio al 54, coronando Pedro el 1-3. Ahí quedó la estadística, cuarto lugar mundial.

El Atlante terminó descendiendo en 2014, donde, gracias a las políticas de no ascenso a Primera, se ha mantenido ahí hasta la fecha. Dejó Cancún en 2020, como si nada de ese cuento de hadas hubiese pasado, y lo único que me queda es la playera, fotos de dos megapíxeles de celulares de la época y los recuerdos con mi padre comiendo tacos y saludando al Chícharo González en la taquería del barrio.

Cuentan las crónicas de Javier López Menacho logró emocionarme, trasladarme a esos partidos, vivir el futbol más sincero en una época donde hoy lo que importa es cuánto dinero hay en las arcas de los clubes, con qué cochazos o qué dientes de oro se presentará tal o cual jugador para las fotos de Instagram. Donde cualquier toque en el área ya es falta y amarilla y penal, donde las jugadas tienen que revisarse en minutos quitando la inmediatez de la emoción, generando doble polémica, donde el azar se va inclinando sospechosamente hacia ciertos equipos importantes. Donde el dinero, las apuestas y el manoseo de los de pantalón largo logran que los aficionados que añoramos ese futbol nos alejemos un poco más cada temporada.

¿Y de la Selección Mexicana?

Pues ni hablamos… pero ya he hablado extensamente aquí, incluyendo la crónica del partido vs Alemania en el Mundial de Rusia en un bar de Jerez, precisamente con un amigo jerezano.

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