Estos micros resultaron finalistas en el V y VII Certámenes de Microrrelatos del Ateneo de Mairena (Sevilla, 2017 y 2019).
Los cuadros de El cuidador y La artesana pertenecen a una serie de obras de arte multidisciplinar titulada «Rostros Mayas», realizada por el fotógrafo Daniel Baraggia, el escultor Daniel Bustos y el pintor Otoniel Sala. Un servidor colaboró en esta muestra con pequeñas historias para estos cuadros.
Familiares
Me encuentro con que el levante la ha sacudido y hoy le duele todo, está de mal humor. Le cabrea ese aliento cálido y viejo, y yo, torpemente, intento animarla: «¡Tendrías que ver las trastadas de sus primos hermanos los huracanes, más violentos e impredecibles! Huracán creó el mundo, pero conserva la crueldad de los dioses: descuaja ciudades de sus cimientos, aniquila muros de piedra; arranca sus ropajes a las dunas y evidencia la pobreza de los hombres».
Consigo robarle una tenue sonrisa. Quiere que le cuente más historias de mi tierra.
San Fernando es una isla curiosa.

El cuidador
Vi salir al jaguar entre los templos de la ciudad maya. Vino hacia mí, sosteniéndome la mirada. El avance de sus zarpas, inmensas, me recordó mi propia insignificancia. Paralizado, no pude apuntarle con la escopeta. No sabía si era más mi miedo o la admiración. Me insinuaba los colmillos, dos dagas amarillas reflejando el sol de agosto.
El animal se detuvo y al fin comprendí. El jaguar estaba ahí como un mensajero de lo ancestral, de lo incomprensible. Yo solo cuidaba sus dominios.
Incliné la cabeza, asintiendo. El jaguar se encaramó ágilmente a una piedra y desapareció entre susurros del follaje.

La artesana
«El barro se amolda a tus manos, y nunca es al revés», dice mi abuela cuando mira con cariño sus jarrones y platos decorados. Su mirada traspasa las capas de las formas y los colores de la pintura. El granito del que está hecha es de trascendencia infinita, y cada línea surcando su rostro simboliza un logro.
Si me acerco a ella se destapa un jarrón de misterios: de allí salen duendes traviesos y antepasados de piel tostada como la mía, con un cuchillo entre los dientes. Como la vida, el barro se amolda a sus manos, y nunca será al revés.

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