El sosia de Saramago también escribía

Hoy vamos a hablar de Saramago, pero no el Saramago que acostumbramos escuchar con atención, leer con atención y veneramos con presteza. Ese, digamos que es el Saramago del Evangelio según Jesucristo, del  Ensayo sobre la ceguera y otros títulos, pero no este, el sosia que escribió:

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El hombre duplicado. Al menos hubiese conseguido esta portada, más chingona.

Cuando leí el Evangelio y me maravillé, me volví a maravillar y me dije que quería conocer más de este autor en un futuro, cumplí mi cometido: encontré por obra del azar en la estantería esta novela, todavía viviendo con el mismo asombro que me dejó el Evangelio y me hizo también desembolsar mi dinero y dar por sentado mi buena inversión de tiempo en esta obra. Está de sobra decir que me arrepiento, este, no es un libro, al menos para mí.

Cuando estableces una relación de amistad con un escritor, esperas que te lleve por los caminos de la sapiencia, de la increíble visión del mundo que tienen y que amablemente (generalmente no es así) muestran a sus lectores, acechar la grandeza desde la rendija y soñar que un día podemos aspirar a enlazar la mitad de frases que han podido hacer ellos, los Grandes. Hay un espectro de amistad, claro, no todos los escritores son unos viejos grillos maestros esperando a que lleguemos a su atalaya para iluminarnos con cada frase que sale de su sabiduría; los hay presumidos, amargados, odiosos y generosos, hasta irónicos con el lector.

Una de mis preguntas es, ¿qué hizo cambiar a Saramago en su narrativa, de aquel increíble Evangelio, hasta esta novela? Pasaron once años, once años de distancia separan estas obras hechas por el mismo autor, aunque, hay que recalcar, esta última la escribió después de recibir las mieles del Nobel (2002). Un 2002 donde, a mi parecer, ya habían aparatos de DVD, el internet ya empezaba a despegar a pasos agigantados y la tecnología en sí no debería ser tan anacrónica como lo manifiesta en su novela, aunque, a decir verdad, no habla de una época exacta, por lo que tomo como referencia la época donde la escribió. ¿Por qué digo esto? Veamos, la novela tiene 380 páginas de texto completamente apretado, los párrafos son una rareza, y lo más común es hallar “capítulos” de uno o dos, a lo mucho. Hasta la página 200, todo se resume en lo siguiente (spoilers):

  1. Me llamo Tertuliano Máximo Afonso, y mi nombre, así, completo, estará las próximas 380 páginas recordándotelo. Me llamo Tertuliano Máximo Afonso, y recuérdalo bien. Soy un profesor de Historia, divorciado, a mis 38 años soy un fracaso de persona, llevo una relación pasiva, a punto de quiebre con una joven mujer comprensiva y que me tolera y espera con lágrimas a que yo decida si sigo o no con ella.
  1. Un maestro de matemáticas me presta una película donde a primera vista no pasa nada, es una comedia de baja calidad. En la madrugada despierto por un sentimiento desconocido, vuelvo a ver la cinta y me encuentro con mi doble, un actor secundario que es idéntico a mí.
  1. Tras una larga serie de meditaciones, explicaciones cansadísimas del narrador, debates con una voz extranarrativa que se llama Sentido Común, y que aparece cuando el autor lo desea, yo, Tertuliano Máximo Afonso decido encontrar a mi doble, mediante una investigación aburridísima, haciendo negocios con los dependientes de la rentadora de video (¿así les decían?) o “video club”, sacando videos de la misma productora para ir encontrando a los actores que conforman y, a través de otra aburridísima selección en una lista, ir tachando nombres hasta dar con el actor igual a mí (supongo que el internet no cuenta ni contará para nada, y el hecho de que en cintas de video Beta o VHS se lleve una investigación y de ello dependa la trama, Saramago condenó a su novela a una fecha de caducidad segura. Leo esto en 2015 y me produce desesperación, más que otra cosa, porque la investigación no es para nada interesante y nos hace pensar a cada rato en ¿por qué el tipo no usa Altavista, Metacrawler, buscadores de Internet Explorer de esa época?).
  1. Las situaciones se suceden con el paso de una tortuga. De una simple acción mía, de Tertuliano Máximo Afonso, se hacen comparaciones del universo, de los planetas y las leyes, de la moralidad, ah, pero esperen un segundo, no había aclarado que a final de cuentas, yo, Tertuliano Máximo Afonso (así se repite el nombre las 380 páginas) no dejo de ser una simple marioneta de mi dueño Saramago, porque él, así, descaradamente, lo dice, soy un monigote que él y el Sentido Común van moldeando y dirigiendo. Me afeito, y tienen que pasar una o dos páginas que expliquen esta acción.
  1. Cuando al fin encuentro a mi doble, el actor, pasan otras tantas páginas en simples acciones de vigilarlo, de disfrazarme, de hacer tibiamente partícipe a mi amante para escribir cartas a la productora, hasta llamarle a su casa por teléfono y citarnos para un encuentro, con precauciones chuscas.
  1. Las verdaderas acciones comienzan alrededor de la página 300, cuando empiezo a interactuar ya, de verdad, con mi doble.

Saramago

En resumen, la historia está hinchada, hinchadísima, una novela de 150 páginas terminó siendo un mamotreto de 380, y Saramago además, con toda la autoridad de su medalla, no pierde el tiempo de echárnoslo en cara, exponiendo cada acción narrativa hasta el cansancio, explicándola, como si fuésemos unos lectores que no sabemos nada de la vida y del mismo acto de leer, un insulto a su seguro círculo de lectores especializados que seguramente no son ningunos tontos, pero que se da el lujo de tratarlos como tales, con sus propias palabras.

Mal, señor Saramago, hay formas mucho más inteligentes, y usted es un Nobel, usted hizo a Jesucristo entrevistarse con Dios, hizo que un nuevo Jesucristo hiciera milagros, y le creímos. Dice Wayne Booth que un autor a final de cuentas es un amigo que te invita, y al invitarte, aceptas como lector sus mundos, sus ofertas y sus promesas de embarcarte en su compañía por un tiempo indefinido. Aquí Saramago rompe todo, en el afán de verse superomnisciente de forma consciente y directa, nos guía como párvulos en cada actuar de Tertuliano, explica en tiempo futuro o con saltos temporales diferentes  cosas que uno ya no sabe si van a pasar o pasaron (además de que son cavilaciones de sus personajes), rompe esquemas temporales que no quedan bien, por la sencilla razón de que ya odiamos a Saramago a partir de las primeras páginas, cuando nos trata de estúpidos y quiere explicar con su maestría —incluso lo hace como si nos diera clases— sobre su narrativa personal, algo que Booth marcaría en el extremo de los espectros del narrar como tiránico, mandón y sermoneador, donde se pone al lector como un subordinado o receptáculo pasivo, un dummie, pues. Hay autores grandísimos que lo hicieron y hacen, de formas peores y les aplaudimos de pie, pero no como el autor portugués, que, como un sosia, hizo pedazos su propia novela y nos la dejó para embutirnos a cucharadas con ella, queramos o no. Hay que decir que las últimas páginas son buenas y el final quizá inesperado y abierto, como mandan los cánones, pero al ser una novela, nuestro Saramago tiránico y mandón ya perdió la pelea por muchísimos puntos, casi por nocaut técnico.

Si quieres pasar un rato con un autor que te diga a cada momento cómo pensar, cómo leer su narrativa, y escuchar de sus múltiples voces por qué pasa cada cosa, hasta lo más insignificante, y lo compare con universos y galaxias y las leyes del destino, adelante, te invito a leer El hombre duplicado, seguramente no escrito por Saramago, pero sí por su sosia, un escritor viejo y burlón, que dijo, esta vez voy a escribir lo que se me antoje, sale porque soy un genio y porque mis lectores no sabrán ni qué les pasó, solo aplaudirán. Soy José Saramago, tómalo o déjalo.

jose-saramago

Para los incrédulos:

“Hasta ahora no habíamos tenido necesidad de saber en qué día de la semana están ocurriendo estos intrigantes acontecimientos, pero las próximas acciones de Tertuliano Máximo Afonso, para poder ser plenamente comprendidas, exigen la información de que este día en que nos encontramos es viernes, de donde se sacará fácilmente la conclusión de que el día de ayer fue jueves y de anteayer miércoles. A muchos les parecerán probablemente  excusadas, obvias, inútiles, absurdas, y hasta estúpidas, las informaciones complementarias con que decidimos beneficiar los días de ayer y anteayer, pero desde ya nos adelantamos a contraponer que cualquier crítica que se exprese en esos términos solo por mala fe o ignorancia se haría, dado que, como es generalmente conocido, lenguas hay en el mundo que llaman al miércoles, por ejemplo, mercredi, cuarta-feira, mercoledi o Wednesday, y al propio viernes, si no tuviéramos el cuidado de protegerle frontalmente el nombre, no faltaría por ahí quien comenzara ya a llamarle Freitag.” (Pág. 83, edición de Punto de lectura).

2 respuestas a “El sosia de Saramago también escribía

  1. danielagzn dice:

    Dicen que después de un Nobel los autores no vuelven a escribir nada bueno. También supongo que después de algunos años haciendo lo mismo, a un autor pueden darle ganas de experimentar y no siempre, por muy genios que sean, los experimentos les salen bien de buenas a primeras.
    Igual suena a un libro terrible. No lo leeré, gracias por la antirecomendación (:

    Le gusta a 1 persona

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