La piedra sedienta

Se cree a veces que huir de la muerte es mudar de sitio, alejarse de la casa o no frecuentar el recuerdo; no puede comprenderse que la muerte es la sombra del cuerpo, el país, la patria, la sombra, adelante o atrás o debajo de los pasos.

 

José Revueltas

La cabeza de Pati reventó. Fue un ruido opaco, parecido al estallido de un globo. Su sangre manchó mi camisa y la sentí tibia en mi rostro. El cabello castaño y colmado de fresas se tiñó de borbotones rojos y oscuros. Su cara desapareció y nuestras manos se soltaron. Una bala, dos, tres, una docena, cada una pasaba como ráfaga infernal a mis costados. Las pancartas de protesta se desgarraron, los palos que las sostenían sonaron huecos al caer sobre las baldosas. Hice un esfuerzo increíblemente físico para dar las primeras zancadas. Nos estaban ametrallando a quemarropa y sin contemplaciones. Los soldados con su uniforme verde olivo subían las escaleras de la plancha con movimientos de combate, cercando a los compañeros. Bayonetas en ristre, caras feroces y ausentes buscando al enemigo en nosotros, en las banderas rojinegras ya desgarradas. Su guerra no debía ser la nuestra, pero se nos echaban encima. Sus cascos brillaban con las últimas luces del día.

La adrenalina, un ferrocarril desbocado, debió llegar a mi cerebro o a mi corazón, y fue cuando realmente empecé a correr. Pati y yo nos habíamos pasmado como unos borregos en el centro de la plaza, obedeciendo a los dirigentes del Movimiento apostados en uno de los balcones del edificio Chihuahua: “Tranquilos compañeros, no respondan a la provocación, tranquilos” se oyó en el megáfono. ¡Chinga a tu madre compañero!, esto ya no era una provocación, no eran balas de salva: éramos el blanco, ¡nosotros, la muchedumbre que invocaba la antítesis del horror! Nuestras balas sí eran de salva. Siempre lo fueron y fui un estúpido por no haberme dado cuenta.

Todo a mi alrededor se revolvía y caía en espasmos, manchando de sangre el suelo de piedra de la plaza. Juro por Dios que no sé por qué pensé en estupideces: ¿Hernán Cortés hizo lo mismo cuando masacró a los tenochcas? ¿Así cayeron los que forjaron esas mismas piedras que hoy recibían a los estudiantes como moscas envueltas en charcos rojos, sus pedazos de cerebro y corazones pulverizados por la metralla?

Las palabras de los dirigentes se estrellaron en los chirridos de estática. Mientras corría hacia el edificio, el suelo se reblandecía; por un momento escalaba literalmente un cerro humano. No sabía si aquellos cuerpos desmadejados estaban muertos, heridos o inconscientes, pero pasaba sobre ellos, mis pies actuaban mecánicamente. Los disparos incesantes sobre la manifestación taladraban mis oídos. Gritos, aullidos y vidrios haciéndose pedazos se alternaban por doquier y me desorientaban constantemente. Al fin salía de la plancha y el Chihuahua quedaba justo a mi costado. Los torrentes de estudiantes, niños, hombres y mujeres y más hombres cargando niños pequeños me empujaban en una inercia enloquecida: corrían sin orden y despavoridos hasta que los alcanzaba algún proyectil disparado desde lo alto de los departamentos, o desde la misma plancha. Nos habían emboscado, éramos ratones en las garras del gato feroz y ausente.

 

Pendejo, pendejo, pendejo, no dejaba de repetirme como disco rayado. Miré hacia arriba. Pistolas y rifles anónimos sacaban sus bocas por las ventanas de los edificios y apuntaban hacia los que se dispersaban en los jardines aledaños al Chihuahua. Me repegué a una pared del mismo edificio, y miraba cual cinta de cinematógrafo a la gente correr sin parar, una tras otra, todos como borrones y sombras informes. Di un vistazo a la Plaza de las Tres Culturas: los soldados ya eran dueños de la enorme plancha, apostados como en las películas, en posición pecho a tierra y descargando las bayonetas contra el edificio y quienes aún quedaban allí. Caían y caían, y la piedra de los tenochcas se bañaba de rojo, se bebía la sangre a grandes tragos, un sacrificio esperado tras siglos de no alimentarse. Más soldados golpeaban con las cachas y aprehendían a los compañeros que intentaban huir hacia Reforma o Eje Lázaro Cárdenas. La trampa era increíblemente efectiva.

 

Dejé la aparente seguridad de mi posición y me atreví a correr hacia los jardines. Intentaba agacharme, como si eso asegurara mi salvación. Los gritos, aullidos y súplicas de hombres y mujeres lo eran todo; los cristales seguían resonando, haciéndole coro a las ráfagas de alto poder. Alguien chocó de frente conmigo y rodamos por uno de los jardines llenos de flores. Yo caí de espaldas en la tierra y sentí un mareo repentino. Me iba a levantar cuando un sujeto que llevaba un guante blanco se acercó y nos gritó algo que no pude entender por los estruendos y ecos que reverberaban desde la plaza. Pateó al otro con el que había chocado, un estudiante de medicina identificado por su bata blanca, salpicada de barro. El del guante le apuntó con una pistola y esta vez sí escuché que le gritó “¡voltéate y arrodíllate cabrón, de rodillas, puto!”, el chico obedeció entre gañidos, llorando como un bebé. Me miró suplicante, en sus labios parecí leer “ayúdame carnal, por favor ayúdame”. Jamás olvidaré esos ojos. La falange enguantada jaló del gatillo, y entre el humo y los chorros de sangre juraría que vi una sonrisa satisfecha tras el cañón del arma. El tipo me vio a los ojos y dio dos pasos hacia mí. Cuando empezaba a hablarme, uno de los grupos de estudiantes que huían a toda prisa lo embistió, atropellándolo en un mar de brazos y piernas. Más disparos resonaron. Todo pasó en un suspiro de tiempo.

 

Mi cuerpo parecía un terremoto. Muévete, muévete, muévete. Me arrastré, sentí la tierra suave entre mis manos, y por un momento anduve a cuatro patas, trastabillando como un conejo. No me detuve esta vez. Por Dios que no lo hice, por Dios que no pude. ¡Dios, mío, espero que puedas perdonarme! Solo pensaba en correr y dejar atrás la metralla, los soldados, salir de esa trampa infame que nos había puesto Dios, Huitzilopochtli, el hijo de puta gobierno, esa changa bocona y sonriente, con un guante blanco en la mano derecha y sosteniendo la bayoneta en la izquierda. Correr, correr, correr. Lejos del monstruo detrás de los soldados y estandartes tricolores.

 

Los árboles me ayudaron. Terminé en un andador estrecho y por el momento me sentí protegido de los disparos, oculto en las sombras. Ese pasillo comunicaba a otros edificios, no tenía idea hacia donde desembocaba. Fue uno de los momentos más angustiosos: si me encontraba con un callejón sin salida, con un batallón o con el tipo sonriente del guante, podía darme por muerto. El corazón me dio un vuelco, juraba que un soldado me esperaba en la siguiente esquina, pero solo eran las sombras de los setos y pinos recortados por la débil luz. La cabeza destrozada de la pequeña Patricia se materializaba cada que cerraba los ojos. Pati, Patito. Iba a invitarte al cine, chingada madre. Había ahorrado para comprar palomitas y refresco. Nos hubiéramos sentado en la última fila y quizá te hubiera dado unos besos, recorriendo tu piel, créeme. Creía que todo iba a cambiar, Pati, que podía sonreírle a mi país a la cara solo con desearlo. Por eso me había metido al Movimiento, para rendirle lealtad a tus ojos, al pelo castaño y a esas medias blancas bajo tu falda. Yo no sabía nada de tus Trotsky, Marx y todos esos rostros llenos de barbas y confrontaciones me eran ajenos y aburridos. Me importaban una mierda los presos políticos y los panfletos en contra del Sistema y los demonios de la democracia. Podía oírte horas hablando de todo lo anterior mientras escuchábamos a los Beatles, yo buscando afanosamente el primer beso, tú, recitando a Revueltas. Convenciendo a los transeúntes en el Zócalo, sostenía la bandera rojinegra si a cambio recibía la tibieza tu mano y el aroma a fresas de tu cabello. Era un farsante, un adepto a ti y a nadie más. Lo fui hasta que caíste con la cara hecha pedazos y me di cuenta de la realidad. Tu oratoria tomó sentido en las detonaciones y los bayonetazos.

 

Me obligué a ocuparme del presente. La noche me cobijaba mientras corría como un maldito loco; me di cuenta que no había electricidad en los edificios aledaños y ese pasillo era como un túnel. Resistí a la idea de entrar a buscar refugio en esas moles sombrías y quizá eso me salvó la vida. La trampa debía incluir todo Tlatelolco, quizá toda la ciudad, y seguro habrían más militares apostados ahí, listos para cargarse a los estudiantes que encontraran a su paso. Quizá el del guante observaba entre las sombras, esperando.

A lo lejos distinguí una avenida, las luces de los coches pasando y de las farolas me impulsaban a creer en el adagio de la luz al final de aquel túnel: iba a salvarme. No volteé, no aminoré el paso, solo avancé hacia la luz. Los disparos y los gritos se iban amortiguando detrás de mí; en ese momento no pensé que iba completamente solo, ganándole la carrera a la Muerte.

 

La vista se me emborronaba por el sudor y el esfuerzo, pero alcancé la ansiada luz. De momento no tenía idea de dónde me encontraba. Figuras incógnitas emergían presurosas en las aceras de enfrente y se sumergían en las sombras casi de inmediato, como fantasmas temerosos. Me descubrí en el Eje 2 Norte y no sabía hacia dónde dirigirme. Iba a cruzar la avenida cuando un chimeco me hizo luces y frenó con violencia, justo frente a mí. El corazón me dio un vuelco. Creí que eran del ejército o algo así y di dos pasos atrás. La puerta se abrió: el chofer, un señor gordo con un bigote de morsa y lleno de canas, me agitó la mano. Debió ver mi cara de susto y la camisa ensangrentada porque me gritó con una voz grave: “¡Súbele, súbele chavo, de volada!”.

Creo que volé de la calle al pasillo del camión. Ni me cobró, ni hice el intento de buscar cambio en mi bolsillo. Temblaba sin control, no alcanzaba a armar una maldita frase. Me sentía hecho de helio, como si de un momento a otro fuera a flotar. “Te quedaste sin zapatos mijo” me dijo una señora que tendría la misma edad de mi mamá. Tenía el rostro descompuesto, como si no creyera lo que veía: un muchacho embadurnado de sangre y lodo y blanco de miedo. Iba descalzo. Ni cuenta me había dado, los debí perder en algún momento de mi huida. Estúpidamente pensé en lo caros que me habían salido esos mocasines, cuatro meses de ahorrar en el cochinito, y azules y nuevos como estaban, habían acabado en medio de la sangre y los cadáveres de la Plaza. Con ellos iba a llevar a Pati al cine. Me senté junto a la señora que había advertido lo del calzado.

Cuando creí que todo ya había terminado, sucedió algo que me retorció las tripas. Había un contingente de soldados esperando, una esquina más adelante. El chafirete dio la voz de alarma a tiempo: “¡Escóndanlo, escóndanmelo al chavo!”.

“Hazte bolita mijo, hazte bolita en el asiento” me dijo la señora. El autobús iba medio lleno, y ocurrió lo que jamás en la vida creí ver: los pasajeros me cubrieron. El papá de una familia pobrísima, con sus ropas hechas una desgracia y dos chiquillos morenos que me miraban curiosos, sin decir palabra me tendió un sarape mugriento y con él me tapé. La señora puso su bolsa del mandado sobre mí, simulando traer una gran carga. Una pareja de ancianitos y unos oficinistas se movieron a los asientos de adelante, estorbando la visibilidad. Un oficinista se paró a mi lado, y me empujó con sus piernas para que no sobresaliera al pasillo. “Sube bien las patas, súbelas” dijo al tiempo que los soldados detenían al chimeco.

La puerta se abrió, y empezaron a correr los segundos más angustiosos de mi vida. “Sí oficial, dígame” dijo el chofer. Uno o dos militares subieron con la bayoneta en las manos y barrieron con la mirada el interior del autobús. No podía ver nada bajo el sarape, pero me lo imaginaba todo. Sentí el tremor de sus pasos, el sonido de las botas avanzando hacia mí. “Ya me cargó la chingada, ahora sí, me voy al paredón, a acompañar a Pati, junto al chavo de medicina”. Me mordí los labios y usé hasta el último ápice de mi ser para no mover un músculo, y que la bolsa del mandado de la doña no temblara, que no temblara…

Entonces los pasos se detuvieron. Se alejaron, vacilantes, y sin decir nada más, los soldados bajaron del camión. Cuando emprendimos la marcha y dejamos atrás al escuadrón, me quité el sarape que ya me asfixiaba. Me senté, pero seguía temblando como un idiota, estaba aún pasmado. Entonces no pude contenerme más y lloré. Uno de los oficinistas me ofreció una barrita de chocolate que devoré sin pensar; me hizo sentir un poco mejor, mientras las lágrimas dejaban de fluir.

El futuro, injusto y burlón, dejaba con vida a los farsantes como yo: un número, un ocupante de espacios condenado a ser un ente traslúcido, un recolector de huesos. Nadie habló mientras avanzábamos por todo Circunvalación, lejos de la plancha de piedra que en estos momentos se bebía la sangre de Pati, la sangre ya inútil, desperdiciada, de un futuro que se atrevió, que se aventuró y creyó. Un futuro que ya no podía ser.

One response to “La piedra sedienta

  1. Elvira Aguilar Angulo dice:

    Excelente cuento! Gracias, Mauro Barea, por no permitir que el 2 de Octubre se borre de la memoria del mundo.
    En nuestro México cada día es un 2 de octubre sangriento…
    Va para ti mi abrazo cargado de admiración!

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