Ser mujer en el Mayab: Del manantial del corazón

Los aplausos se prolongaron por uno, dos minutos. Las lágrimas finales, tanto de una de las actrices, como del público, mostraron la poderosa conexión que se tejió en la Sala Central Lechera y que explotó en un final que ni la propia compañía Saas Tun creyó posible. ‘No nos habían aplaudido así’ comentó Conchi León mientras agradecía con una emoción palpable en su tono de voz al público que se desbordó con el aplauso interminable en la sala. Esto es la XXXI Feria Internacional de Teatro de Cádiz, y la obra se llama Del manantial del corazón.

La tarde, brumosa y fresca, empapada de lluvias intermitentes, no fue factor que evitara llenar la sala. Bajo una nube de paraguas y chaparrones ventosos que iban y venían, al fin pudimos ingresar al teatro. Desde la primera impresión, sabía que iba a presenciar una obra singular: el escenario estaba dispuesto en forma de círculo, de tal forma que el teatro se convertía en un pequeño estadio y las acciones quedaban en medio, al alcance de todos. De entrada, se invitaba a la intimidad, a una experiencia cuasi personal que relajó los efectos de la lluvia y el frío de fuera.

Estar un tiempo lejos de la patria sin duda mueve a la añoranza, y el sentimiento puede a menudo guiar los pasos en la lejanía. Desde que supe que una obra maya yucateca se presentaría en Cádiz expresé mi entusiasmo y apoyo, así como su promoción. El estar fuera del país algún tiempo, supongo que induce a apoyar más al compatriota, sobre todo si presenta un proyecto tan interesante como el que trae la compañía Saas Tun.

El olor del copal en seguida disparó la añoranza de la selva y los tunkules, una fragancia milenaria inconfundible que nos regresa a la mazorca primigenia, de la cual provenimos todos. Ver las cruces arropadas en el humo del incienso, los huipiles floreados, los rosarios, y escuchar en el escenario las pláticas que frecuentemente presenciaba en mi infancia en el Mayab, catapultó la nostalgia a una verdadera catarsis, un tiovivo de recuerdos que se sucedían en fotografías amarillentas, fotografías que iban adquiriendo sentido en el negociante y el mas si no y la chuchú. Lo que presenciaba en el escenario no era una actuación ni mucho menos: estaba de nuevo en Tekax, en Felipe Carrillo Puerto, en Bacalar, en Ticul. Estaba en Mérida y Oxkutzkab. Me encontraba en un lugar de la Península de Yucatán, escuchando a cuatro vecinas contarse sus peripecias y vicisitudes propias de una lavandera, de una madre, cuñada o partera, vidas en principio planas y rutinarias, pero que muy sutilmente iban derivando en infortunios, malos augurios, hasta desembocar en jaculatorias al Divino Niño y cualquier santo capaz de mitigar los errores, equívocos de cuatro vidas diferentes que recorren, paralelas, un mismo sendero, el sacbé que llega hasta Xibalbá, el inframundo.

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A través de este sutil manejo del escenario y un guion perfectamente estructurado, llegamos al verdadero quid de la obra en un golpe efectista: la realidad —escondida, murmurante, vergonzante— de las mujeres de un pueblo, de una ciudad: yucatecas, mexicanas del mundo cuyas voces son silenciadas por el látigo, las ignominiosas complicidades familiares y los designios de la sociedad patriarcal imperante desde los tiempos remotos.

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Es notable que una obra cumpla un triple propósito: entretener dentro del espectáculo teatral en sí a través de un lenguaje fluido y con la complicidad espontánea de su público; mostrar las tradiciones, ritos, supersticiones y bagaje espiritual de un Yucatán muy vivo, y a través de estos dos aspectos, transportar al público al problema esencial de las mujeres mayas, que, presas de una condición patriarcal, fuertemente cerrada a los designios masculinos por raigambre social y religiosa, llegan a un tiempo donde estas condiciones confrontan a un mundo moderno y globalizado. Un país donde la Muerte, a pesar de estar cómodamente instalada en el altar de la tradición y la costumbre prehispánicas, hoy nos trae una realidad innegable: nuestros niños están muriendo. La muerte se ha transformado en un ente que revolotea no sólo los días de Todos los Santos y los Fieles Difuntos: acecha en una esquina, en las calles, en las buenas intenciones y en los despachos burocráticos. La muerte ya no es la sombra del mexicano; hoy nos encontramos con que sale entre las piernas de las parturientas.

 

Me gustaría decir que estos relatos son producto de la ficción, pero no es así; éstos relatos tienen rostro, nombre, ciudad y suplicio de las mujeres que perdieron a sus hijos, algunas de ellas ni siquiera pudieron verlos muertos. Esta obra resulta de una investigación respecto a los ritos pre, postparto, nacimiento y muerte de los niños en el Mayab.  

Algunas mujeres en el público lloran, se abrazan a Conchi, a Mabel, a Addy, Estrella y Lourdes. La obra termina dentro del escenario, pero, para fortuna y desgracia nuestra, partes de ella se siguen ejecutando en diversos puntos del Mayab con la regularidad de los amaneceres y atardeceres que dan paso a la negrura de la noche. Conchi León y su compañía Saas Tun han cumplido con creces su labor de embajadores culturales, embajadores de una realidad que no quiere dejar a México, que se aferra con uñas y dientes a nuestro presente, con la firme insistencia de que los siglos se han detenido. De una cosa estoy seguro: el mensaje se quedó en Cádiz. Gracias a Conchi y la compañía Saas Tun por ser esos mensajeros.

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Al final de la obra, con Conchi León.

Equipo técnico

  • Diseño espacial JULIANA FAESLER
  • Iluminación ESAÚ CORONA
  • Música original PEDRO CARLOS HERRERA
  • Productor OSWALDO FERRER

Reparto

  • Elenco CONCHI LEÓN, ADDY TEYER, MABEL VÁZQUEZ, ESTRELLA BORGES, LOURDES LEÓN.

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