Rostros Mayas

¿Qué sucede cuando las Bellas Artes se unen en un solo proyecto? En este caso, un proyecto que ha ido más allá de las fronteras, técnicas y disciplinas. En 2012, año de por sí cabalístico, un fotógrafo, un escultor, un pintor tuvieron una idea ambiciosa e inclusiva, y decidieron ponerla en marcha. Y finalmente, el cuarto mosquetero, un servidor que tuvo la increíble oportunidad de ser parte del proyecto, acompañé con mis letras a las obras de arte que resultaron de esta inmensa idea, presentadas en México y Cuba.

Daniel Baraggia, Daniel Bustos, Otoniel Sala, y un servidor pudimos ser parte de una fusión que pocas veces se da con tanto éxito. El proyecto Rostros Mayas va a cuatro niveles del arte: la fotografía de la cual parte todo y se hizo de magistral manera en la exploración de sitios, caras y costumbres; la escultura que da forma y textura a la foto, una extrapolación a los sentidos; la pintura que ofrece perspectiva de sombras y colores, y finalmente la historia que lleva cada uno de esos rostros a través de microficciones. La exposición Rostros Mayas se ha presentado en diversas partes de México y el mundo, y desde que vieron la luz, mi deseo es que se den a conocer las historias detrás de esos rostros en los pueblos recónditos del Mayab. Los créditos de la exposición son del pintor Otoniel Sala (MEX), el escultor Daniel Bustos (ESP) y las fotografías de Daniel Baraggia (ARG).

Los artistas llevaron a otro nivel el retrato del maya actual, parte de una cultura que sigue muy viva y ahora permanece y permanecerá en la mente de muchos que puedan apreciar esos cuadros, dotados de esa singularidad que distingue a lo inesperado; la anciana que mira a lontananza parece dotada de insólita vida que le otorgaran los artistas en esa pieza inanimada. De nuevo las luces juegan con la percepción. De la fotografía a la pintura hay un largo camino, y los Tres Mosqueteros nos ofrecen un concierto de sensaciones, mostrar que esa gente vive, respira y nos mira a través de su arte.

Bustos-Sala en proceso.jpg
Otoniel Sala (frente) y Daniel Bustos (fondo) en plena ejecución.

Como dije, muy poca gente lo logra, y debo decir que al mirar estos cuadros y escribir sus historias, fui gratamente transportado a los pueblitos de Yucatán y la zona maya profunda, donde la comida recupera su delicia, allá donde nuestras ancianas tejen y cuentan leyendas que cautivan nuestra infancia interior, y los animales salvajes conviven con la chiquillería. Todo eso sucede en amplios rangos: desde la sonrisa de una niña traviesa, hasta la seriedad de un adulto que, severo, nos advierte de los límites que no se deben cruzar para no enfurecer a las deidades.

Estoy seguro de que Rostros Mayas recorrerá el mundo, contagiando a los que aprecian y tienen la sensibilidad dispuesta a adentrarse en nuestro mundo Maya, más vivo que nunca.

Detalle de la anciana.jpg
Detalle del relieve en las obras de Rostros Mayas.
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Los Tres Mosqueteros (que se convirtieron en 4 a posteriori): de izq. a der. Daniel Bustos, Daniel Baraggia y Otoniel Sala.

Aquí comparto uno de los microrrelatos que acompañan las obras de arte:

Venado y Tolok

«¡Abuela, cuéntanos un cuento!», piden los niños. Ella sonríe con la mirada anclada entre ese desierto de arrugas y un mar de cabellos plateados. Espera a que sus nietecitos se sienten junto al fuego formando un círculo casi perfecto. La brisa mece los enormes árboles, nudosos guardianes del pueblo, y la noche estrellada cobija las chozas cercanas. La abuela aspira el olor a tierra mojada de la última lluvia, se alisa el huipil floreado y piensa en la historia que ha escuchado de sus padres; esa que sus padres algún día recuperaron de sus abuelos, y sus abuelos cuentan que la escucharon en los confines de la jungla y del tiempo.

«Esta historia cuenta sobre Venado, el invicto y presumido velocista. Un día convocó a los animales de la selva a una legendaria carrera, donde se probaría quién era el más rápido en definitiva. Los más rápidos aceptaron con tal de que Venado dejara de ser un pesado y acudieron la fecha señalada».

Mientras el silencio rodea la palapa y el fuego crepita horadando la noche, iluminando los pequeños rostros de ojos muy abiertos, la anciana continúa: «El camaleón Tolok decidió participar, y Venado no lo podía creer. Sin piedad se burló de él, haciendo coces. ¿Cómo podría ser más rápido que cualquiera de los concursantes, incluidos Ocelote, Conejo y Jaguar? Los participantes se pusieron en fila, y cuando el sol marcó el cenit, la carrera comenzó. Tolok adoptó los colores de Venado y se prendió a una de sus poderosas ancas, tan suavemente que nadie se dio cuenta. Confiando en su rapidez, Venado corrió como el viento dejando atrás a Ocelote, a Conejo y a todos los demás, sin perder la oportunidad de reírse de lo lentos que eran cada vez que los rebasaba. Cuando llegó a la meta desierta, iba a sentarse a esperar a los torpes competidores para dedicarles buenas pedorretas, pero le llegó la voz de Tolok desde abajo. Le dijo ¡no me aplastes, llegué primero que tú!».

«¿Entonces Tolok ganó la carrera, abuelita?», gritan los niños sorprendidos e indignados. «¡Pero hizo trampa, no vale chichí!». La abuela ríe y se recoge el rebozo, se alisa el huipil y ya sabe de antemano lo que va a decir:

«¡Tolok ganó la carrera, los animales gozosos estuvieron de acuerdo y lo coronaron! Y el venado no podía creerlo. Tal fue su tristeza al perder que empezó a lagrimar, cosa que hasta ahora le sucede, hijitos míos. Jamás volvió a burlarse y se convirtió en un ser humilde y tímido. Y la carrera, ¡claro que valió! Las cosas en la vida no siempre se ganan si eres el más rápido, el más fuerte o el más hábil saltando. El ingenio que usó Tolok para ganar lo probó desde entonces».

La abuela, tras una pausa, les guiña un ojo.

«Y de vez en cuando, es bueno dar una lección a los presumidos».

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Fotografía de Daniel Baraggia.

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