La soledad de Boca Iglesia

Escribí este artículo para el periódico en 2015, sin embargo, su origen viene de más atrás, de abril de 2013. Quiero agradecer (otra vez) a Francisco Verdayes por haberme dado la oportunidad de acompañar a una pequeña expedición (incluyendo uno de los más sabrosos pescados tikin-xic que he probado) a una de las zonas que hasta la fecha permanece oculta entre el aislamiento y los constantes robos a su patrimonio. Ese viaje, que muy pocos pueden permitirse debido al difícil acceso al sitio, permanece y hoy brilla mucho más que nunca en mi memoria, quizá por la lejanía y la nostalgia de la aventura. Estos sentimientos aumentados me permiten de nuevo aspirar la brisa salada del Caribe, sentir el embate de las olas de cabo Catoche y abrazar el sobrecogimiento de ver pisadas en la tierra, hechas por animales que quizá nos observaban mientras caminábamos por las veredas hacia los monumentos de piedra.

 

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Francisco Verdayes (der) dando el marco histórico de lo que íbamos a encontrar allá.

El sol sale puntual junto a nuestra pequeña expedición a un lugar que se antoja lejano, pero lo tenemos apenas a unos kilómetros al norte de Cancún, dentro del área de protección de flora y fauna Yum Balam, prácticamente sobre cabo Catoche, entrada natural al canal de Yucatán, que divide el Golfo de México y el mar Caribe: su nombre es Boca Iglesia.

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No quiero caer en el tópico, pero tengo que decirlo, fue un viaje único y quizá irrepetible, empezando por nuestro medio de transporte, el inmenso yate propiedad de Fernando García Zalvidea (†) y que el empresario puso a disposición de nuestro viaje. Jamás había subido a uno igual: cubiertas donde se podría jugar al golf sin problema, recámaras equipadas cual pequeños departamentos, con baño, televisión led y blu ray; bar, cabina de mando con instrumentos de última tecnología que despertarían los sueños más atrevidos de cualquier marinero. La potencia de sus motores nos llevó en un viaje a través de la costa norte de Quintana Roo, evocando los recorridos de Hernández de Córdoba, Juan de Grijalva y Hernán Cortés quinientos años atrás. Acariciamos de sur a norte isla Contoy, uno de los santuarios de aves más importantes de México.

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Isla Contoy, desde el yate.

Como fui invitado de última hora a esta expedición, no tenía idea de los motivos de tal empresa, hasta que en el muelle me encontré rodeado de hombres con crucifijos colgando en el pecho. Iba con una veintena de sacerdotes a descubrir parte de su historia. Debo decir que fue agradable encontrar a bordo personas letradas y de amplios criterios. Bromeaba con el Doctor Verdayes: en vez de veinte chicas en bañador, teníamos un viaje bendecido veinte veces por el Espíritu Santo.

Francisco Verdayes, que iba en calidad de guía, tras dar el marco histórico a los sacerdotes, hizo un feliz hallazgo: quien ayudaba al piloto y se hacía cargo del yate con hábil diligencia, era nada menos que Rodolfo Leal Moguel, Rudy, acaso el primer guía de turistas que tuvo Cancún, un pionero y considerado uno de los habitantes primigenios de Isla Cancún, antes de la llegada de los banqueros. Estaba alucinando, este viaje se hacía cada vez más singular. Verdayes aprovechó para entrevistar a Rudy en una de aquellas lujosas habitaciones y se puso al día con nuestro ilustre personaje.

En vez de veinte chicas en bañador, teníamos un viaje bendecido veinte veces por el Espíritu Santo.

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Avanzamos y entramos de lleno al canal de Yucatán, donde inicia cabo Catoche. El yate tiene que quedarse alejado de la costa, y es cuando entran en escena pescadores afincados allí, auténticos Virgilios que nos trasladan en lanchas hacia el sitio. Nos conducen por una entrada natural a una inmensa laguna de aguas bajas. Tan bajas, que podemos alcanzar el lecho con las manos, y las embarcaciones tienen que reducir abruptamente la velocidad para no quedar atascadas en los bancos de arena. Miré el paisaje y comparé aquello con una prehistórica laguna Nichupté, hoy contaminada. Cancún tuvo alguna vez que ser así, salvaje y silenciosa. No quería ponerme sentimental al respecto, pero estando ahí, fue inevitable. Imaginé a mis padres nadando y retozando en sitios así en el apogeo de los setenta, cuando la zona de hoteles apenas llegaba a su docena.

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Casas de los pescadores en cabo Catoche.
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La costa noreste de Quintana Roo.

A medida que avanzamos entre las aguas bajas, a lo lejos entre el espeso follaje, se advierten los remates en punta de una iglesia datada en 1579, cuyo propósito fue evangelizar y colonizar el noreste de la península de Yucatán. La enorme ensenada de múltiples colores se convierte en auténticos laberintos de manglar custodiando el montículo pedregoso que divisamos a lo lejos.

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La historia también se puede percibir en el aire: hubo gente viviendo ahí, devotos que asistían a las misas de esa iglesia, franciscanos que se dedicaron a convertir y bautizar, todo mientras se exorcizaban diablos, fieras y mosquitos.

Desembarqué con movimientos torpes y temblorosos, tenis en mano. Tras un recorrido por la enmarañada selva, llegamos a la primera parada, la casa conventual, un cuarto que apenas se sostiene entre la ruina. Esta casa sirvió a la iglesia de San Clemente, el inmenso pedrusco al que ahora nos dirigimos. La soledad y el aislamiento es tal, que la paz se puede respirar a través de la piedra mohosa, de las construcciones que sabemos han sido saqueadas. La historia también se puede percibir en el aire: hubo gente viviendo ahí, devotos que asistían a las misas de esa iglesia, franciscanos que se dedicaron a convertir y bautizar, todo mientras se exorcizaban diablos, fieras y mosquitos. Abandonada finalmente en 1644, la jungla reclamó lo que le pertenecía por derecho y así permanece hasta nuestras pisadas. Verdayes comenta entre susurros que cerca de ahí hay un cementerio de esa época, por lo que el pueblo llegó a ser un asentamiento importante. Sin embargo, no había acceso hasta el cementerio y tuvimos que conformarnos con explorar San Clemente.

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La casa conventual, por dentro.
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La casa conventual, por fuera.

Mientras estuvimos allí, el tiempo nunca pareció transcurrir. Cuentan los pescadores que una de las campanas de la iglesia reposa hoy en la casa de algún coleccionista de Isla Mujeres. Tras tomar incontables fotos y rodear aquella construcción, nuestros guías nos conminan a terminar; como queriendo meter miedo, nos cuentan que normalmente se divisan jaguares y otras bestias de largos colmillos en la zona, y no es prudente atraerlos.

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Para salir, los lancheros nos conducen por aquellos laberintos de manglar, cerrados y que inclusive oscurecían el día. De nuevo imaginé Cancún en los tiempos remotos, y mi corazón se encogía al navegar por aquella laguna. Recuerdo aquí pláticas atrevidas de las misiones que llevaban a cabo algunos de los clérigos que nos acompañaban y que revelaban entresijos de una complicada organización como lo es la Iglesia Católica. Sus anécdotas iban aderezadas de un lenguaje bastante alejado de las misas de domingo, y me arrancaron algunas risas justificadas.

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Arco principal de la iglesia.
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Vista del campanario, o lo que queda de él.
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La mole de piedra seguirá, por lo pronto, sumida entre el silencio y el olvido.

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Regresamos al yate anclado a unos kilómetros de la costa, y el capitán, un rubio canadiense, nos permite nadar allí y Rudy nos tiende un cabo. No perdí la oportunidad de aprehender nuevas sensaciones. Nadé lejos de la costa, y las corrientes del canal de Yucatán me lo hicieron saber: a duras penas podía afianzarme a la cuerda.

De regreso, en Isla Mujeres paramos por un increíble tikin-xic, pescado asado con hojas de plátano o palma de coco y embadurnado con limón y un tipo de salsa llamado recado rojo y otras especias; en resumen, una delicia que no encuentras muy a menudo fuera de México. No quedaron de él ni las espinas. Mientras el sol se pone, cruzamos la bahía de Mujeres y por fin atracamos en el muelle de Cancún. Hicimos unas fotos del grupo expedicionario y nos despedimos tras aquel viaje de ensueño.

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Boca Iglesia permanece como una ventana a nuestro pasado colonial, pero hoy es una ventana vieja, desvencijada y empañada por el olvido, rota por los innumerables saqueos. Hay voces que consideran que se debe recuperar para el loable fin histórico-turístico, pero recuperarla, en México significa venderla al mejor postor y explotarla indiscriminadamente. Otros dicen, «dejémosla como está», condenándola al peor de los olvidos e invitando a los ladrones a llevarse hasta las piedras de los basamentos. Mientras las opiniones no encuentren un final, y este final aún se vislumbre lejano, que sirva esta crónica para que no se deje de hablar de nuestra historia en la piedra.

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