Las ilusiones recicladas

Hace años, organizábamos torneos de fútbol en la empresa donde trabajaba. Era una diversión que paulatinamente fue tomando forma de un equipo conjuntado, y gracias a la motivación que nos daba salir a esparcirnos un poco tras casi diez horas encerrados en la oficina, logramos organizar torneos de lo que comúnmente se llama Fútbol 7, es decir, un tipo de juego en cancha sintética con 7 jugadores de cada equipo. Yo hacía de defensa y a veces de director técnico, un poco de empuje para que mis compañeros pagaran sus cuotas por concepto de usos de canchas y arbitraje; en fin, nos hicimos de uniformes y hasta llegamos a tener recambios y aguas frescas en la banca. Ganamos un torneo interno contra todas las oficinas de la ciudad y quedamos invictos. Hasta anoté uno que otro gol para exaltar mi ego personal, y nos sentimos parte de un todo. Entrenábamos en cualquier parque, los padres de familia traían a sus hijos (y a veces a las esposas, que bostezaban y platicaban entre ellas) y empezamos a tener amistosos con otras empresas, donde salíamos victoriosos, incluso contra equipos «amateurs» bien patrocinados, donde dábamos buenos partidos.

Un día, uno de mis compañeros nos hizo una propuesta: su hijo jugaba en un equipo sub-17 de su preparatoria, y según el orgulloso padre era muy bueno y sus compañeros eran seleccionados municipales o algo parecido, realmente no recuerdo bien. Reuní al equipo y aceptamos jugar contra los «chamacos». Algunos rieron y dijeron que nos los íbamos «a llevar al baile» por su inexperiencia y juventud, y mientras jugáramos a los toques, bautizados cariñosamente por nosotros como «toquetinhos» y mantuviéramos nuestro «sistema de juego» los podríamos mantener a raya y desesperarlos. Entrenamos diligentemente para el partido, y ensayamos jugadas a balón parado, hasta penales.

La noche del juego, las tribunas se abarrotaron de las familias que iban a apoyarnos con pancartas y hasta un megáfono que quién sabe de dónde salió. Empezamos a calentar, y quiso el destino, o algo en mi cuerpo, que me diera una severa lumbalgia mientras estiraba. Entre lagrimones de dolor y consabidas burlas de mis compañeros (era de no creerse la lesión, la verdad), vi llegar a los jovencísimos sub-17. Con caras de niños, parecían unas torres. Empezaron a calentar. Curiosamente, no llevaban recambios. Eran los siete exactos. Bueno, me dije, al menos si se cansan o si alguno se lesiona, ahí se las dejamos caer, pues nosotros llevábamos cambio para cada jugador, prácticamente.

No pude jugar; la espalda era una agonía y con rabia tuve que conformarme con ver el partido desde la banca. El juego empezó, y los toques de los nuestros eran buenos, y empezamos avasallando con alegría en el medio campo a los imberbes. Rumié de coraje al ver que los chavales corrían impotentes y nuestros pases empezaban a acercarse a su meta, el gol era inminente y nuestro sistema iba penetrando como cuchillo en mantequilla. Pero uno de los chicos, como una ráfaga, al fin interceptó uno de los pasesinhos y corrió como un demonio desde los tres cuartos de cancha; se quitó a dos defensas como si fuesen conos y lanzó un trallazo que no vio nuestro portero. El balón rebotó brutalmente en las redes y casi regresó al medio campo para reiniciar el partido. Los jóvenes hicieron un festejo bastante sobrio, y desde la banca, con mi lumbago a punto de reventar, vi cómo tras ese gol, sus rostros mostraron un semblante diferente, como si estuviera viendo un maldito anime irreal.

Los toquetinhos y nuestro sistema de juego naufragaron al segundo y tercer gol en menos de tres minutos. En nada, no teníamos defensa. Los jovenzuelos empezaron con su día de campo, cinco atacaban y dos quedaban en la defensa ante nuestros tibios ataques y disparos. Se reían entre las sombras y susurraban burlas indirectas. En un descuido, pudimos meterles un gol (1-3) y acortar distancias, algo que nos envalentonó a seguir. Pero, en nada, los sub-17 nos regresaron la afrenta con tres goles casi seguidos. Gritaba indicaciones, replanteamientos, con la espalda hecha un Cristo. Al minuto 10 tuvieron que entrar hombres de refresco, y al 20’ ya habían rotado todos, es decir, teníamos un equipo diferente en la cancha, algunos con buenas nociones de fútbol, chutes y marcajes, y qué decir, todos entrenábamos juntos varias veces por semana, éramos constantes, y para como estaban sus ajetreadas vidas de hombres de familia, era todo un logro conjuntado (¡y éramos campeones de la empresa, estábamos invictos, teníamos más experiencia manejando las emociones ante unos chiquillos!). Los que salían estaban fundidos. No lo podía creer. Y aclaro que nuestro promedio de edad rondaba los 30 años, no éramos flores de campo pero tampoco ningunos viejos. Pero los niños sub-17 encontraron un geriátrico plagado de oficinistas confiados en un sistema de toques irrisorio y obsoleto para ellos.

El resto del partido es historia, y por más que busco en mi memoria el marcador final exacto, no logro abrazarlo, mi memoria me lo oculta por vergüenza o para estar en paz con mi Yo jugador. Los chavos nos pasaron encima como un tren supersónico, algunos eran velocistas y hasta acróbatas evitando las barridas defensivas. El padre que nos había propuesto el juego miraba de reojo a su hijo como diciéndole «ya bájale, no seas cabrón», pero los ataques se reiniciaban con mayor ferocidad mientras transcurrían los minutos, y los goles caían a racimos. Eran dos tiempos de 30’, y al minuto 40 al fin la maquinaria joven empezó a bajar revoluciones (íbamos 1-9, pero repito, ya no puedo/quiero acordarme del marcador), y entonces, en un alarde de rebeldía, mi equipo empezó a tocar y disparar a puerta, con todo el pundonor que les quedaba, yo gritando de rabia e impotencia desde la banca, arengando a los compañeros. En una de esas jugadas, nuestro capitán metió un trallazo al ángulo. Creo que el portero hasta se había olvidado de su puesto, pero fue una belleza de gol. Gritamos como si hubiésemos empatado. Los chavos se miraron como diciendo «¿ah, sí?», y al reanudar el juego, con dos toques suyos cayó la decena. Nos maniataron. Presionaban desde la salida del portero, y ya no llegamos a tocar los tres cuartos de cancha. Los últimos minutos fueron soldados estrellándose en un muro custodiado por esas torres. Al término del partido, no pudimos más que felicitar a los chavales. Yo terminé en el quiropráctico tras esa lumbalgia.

 

El enemigo está en casa

juan-carlos-osorio-decio-de-maria.jpg

Tras esta larga introducción, quizá hayan encontrado cierto símil con lo que sucedió el 29 de junio (2017) en Sochi. México, con jugadores experimentados, casi todos jugando en Europa, con promedio de edad de 27 años, algunos bajo el mando de entrenadores de primer orden y en equipos nada despreciables para la liga local MX sobrevalorada, y cuyos equipos ya no jugarán torneos internacionales de alta exigencia como la Copa Libertadores por cuestiones burocráticas. Jugadores que han enfrentado potencias, se han medido con ellas y han sacado —a pesar de las dolorosas derrotas— experiencia del dolor y las lágrimas. Experiencia era el quid de este acertijo que imponía una alternativa Alemania, equipo de jóvenes imberbes y que ya juegan en equipos importantes.

Siento decir a mis amigos aficionados, que este partido ya lo habíamos perdido desde hace 12 años, aproximadamente. Los jovencitos nos los hicieron saber desde el vestidor con dos lapidarios goles: este partido estaba perdido de antemano, y no había mucho qué hacer. No era la experiencia y supuesta calidad de jugadores europeizados contra la juventud; era un país que basa el deporte en el negocio del dinero y el marketing contra todo un sistema de juego que se lleva como una maquinaria perfectamente aceitada y planificada. La mañana del juego, cuando leí en la prensa que Joachim Löw, entrenador de la Mannschaft, no llevó a sus jugadores estrella a la Copa Confederaciones para darles descanso para el mundial de 2018, me quedé frío:

Joachim_Löw.jpg

Lo pensé en los meses después del Mundial de Brasil, en los tres años siguientes sabía que venían torneos como la Confederaciones. Había tenido experiencia negativa del 2014 por las lesiones y los jugadores que perdí. Hay mucho desgaste. Creí que en este torneo tenía que venir un equipo distinto y ha funcionado muy bien. Alguno ha pensado que la Confederaciones no vendría bien, pero es lo contrario porque al ser un torneo importante para nuestros jugadores jóvenes les viene bien adquirir experiencia. La decisión fue satisfactoria y ha dado los resultados esperados. Los jugadores han mostrado sus ganas de ganar y ha aumentado la competencia.

 

Hace tiempo, Christian Martinoli, conocido comentarista mexicano, declaró que ninguna selección puede tener un equipo B, tras el estrepitoso fracaso del equipo alternativo que el Piojo Herrera llevó a la Copa América 2015. Hoy se puede decir que Alemania puede darse el lujo de tenerla y alardear, y si gana la Copa, será más que hecho comprobado que este sistema de juego dominará el mundo por algún tiempo (como lo ha venido haciendo en grandes competencias históricas)***. Alemania lleva un proceso de 12 años. México, un año. Y es la primera vez que se manosea tanto la alineación con las famosas rotaciones. Un Rafa Márquez que, por propio orgullo de leyenda, ya debería fungir como auxiliar técnico y no como jugador. No hay jugadores seguros, sí hombres fetiche y emblema, pero ya no se sabe qué esperar del técnico Osorio. Puede ser un 0-7 contra Chile, una victoria 2-1 sufrida ante una endeble Nueva Zelanda, un paso perfecto en un hexagonal que siempre se ha complicado, un 1-4 como el de ayer, contra un equipo alternativo de jóvenes, y los mismos errores que cuestan partidos como el de Portugal, perdiendo en tiempo de compensación.

***ACTUALIZACIÓN. Pues sí, Alemania sub-23 ganó la Copa Confederaciones 2017, y la Sub-21 se hizo con el torneo de la UEFA ante España, todo en poco más de 24 horas de diferencia. Agárrense todos. ¿Qué más pruebas necesitamos para empezar a fijarnos en planeaciones, técnica, formación de jugadores, la cantera, es decir, más fútbol y menos publicidad y helio para inflar la cabeza de supuestas ‘estrellas’ y dejar de perder dinero por mal invertir en procesos truncos? ¿Cuándo nos dejaremos de milagritos, maldiciones y fantasmas?

jam_image_283200.jpg
Los ‘niños héroes perdidos’ de 2011.

Este partido ya lo habíamos perdido desde hace 12 años, aproximadamente. Los jovencitos nos los hicieron saber desde el vestidor con dos lapidarios goles: este partido estaba perdido de antemano, y no había mucho qué hacer.

 

Se hablan de fantasmas, bestias negras, maldiciones y talones de Aquiles. Yo prefiero hablar de sistemas diferentes que se basan en la formación de jugadores, fogueos desde muy jóvenes, y un poco de mentalidad para no creer en gatos negros ni fechas cabalísticas. Se habló de que la selección mexicana tiene en Imanol Ibarrondo un coach mental, no psicólogo, un coach que hace coaching con los jugadores, como si fueran a vender biblias de puerta en puerta. Deberían despedirlo inmediatamente. Deberían despedir inmediatamente a Decio de María, Justino Compeán, a toda esa satrapía que ha impedido dar ese salto a lo grande, de quedarse a la orilla del quinto partido, de siempre mercar con las ilusiones que se reciclan cada que México tiene oportunidad de medirse ante los grandes.

1.png

Con los ojos enrojecidos vi cómo se caía en penales contra Bulgaria en el 94, la gran actuación de Campos y «los pocos huevos» de los tiradores, y un Hugol que nunca salió cuando, por su mera presencia en la banca, hacía temblar a los búlgaros. Con ojos enrojecidos vi cómo quedamos a nada de derrotar a Alemania en el 98; con rabia, como lo hice en la banca con mi lumbalgia, vi cómo en 2002 Estados Unidos nos pasaba encima tras un juegazo contra la superpotencia Italia. Podría seguir, pero aquí paro, porque siento la sangre hervir.

Vamos un poco más allá. José Ramón Fernández, odiado y amado, lo ha pregonado desde que tengo uso de razón. Cuando veía esas transmisiones, me preguntaba sobre su estoicismo y sus sarcasmos cada que el payaso Brozo o el comediante Andrés Bustamante, en sus múltiples personajes, animaban a la selección llamándola «Furia azteca» por sus arrojos ante equipos como Bélgica y Holanda. Joserra sonreía y les daba palmaditas y ellos lo ponían como un viejo amargado e incrédulo. Cuando eliminaban a México de cada mundial o competición, silenciosamente le daban la razón. Incluso, antes de este último partido, sufrió el ataque de sus compañeros cronistas y analistas, diciéndole «si te desmayas, no vuelves en sí, vuelves en No» y nuestro Joserra volvió en No para burlarse por enésima vez de los incautos.

1_1.JPG
Brozo (Víctor Trujillo), José Ramón y Ponchito (Andrés Bustamante) en Los Protagonistas de Francia 98.

¿Y cuál es el punto central de este eminente analista? Pues que mientras la selección mexicana pertenezca a Televisa y a los Azcárraga, México (la selección mayor, ojo) no logrará nada más. Y al paso de los años, esta afirmación ha tomado fuerza. Cuando creemos que México por fin trasciende, vienen los muros de realidad, y las ilusiones rotas en trizas. Mientras el equipo mexicano se maneje por dinero y mercadeo, juegos en Estados Unidos contra equipos rankeados de los últimos por FIFA, torneos mediocres como la Copa Oro y Moletours como dice Martinoli, México no irá más allá de octavos de final en un mundial.

2416175_xbig-lnd.jpg
La Copa Confederaciones de 1999 terminó siendo un espejismo del verdadero nivel futbolístico de México. Buenos jugadores, buena final y un técnico que entendía la psicología de ‘obediencia’ del jugador mexicano, pero todo esto puesto a prueba ante una joven selección B brasileña, y en casa con 110,000 aficionados apoyando (y sufriendo contra Estados Unidos en la semifinal).

¿Qué pasó con las selecciones menores? Bicampeones sub-17 (2005 y 2011), equipos de chavales como a los que nos enfrentamos, que no creen en fantasmas y nos hicieron soñar en que la generación dorada ya venía, se estaba cocinando y la veríamos o en Brasil 2014 o en Rusia 2018. Solo pregúntense dónde están esos chavos ahora. Les daré unas pistas: algunos vendiendo tacos, otros de taxistas, unos más condenados a la banca por directores técnicos y equipos desagradecidos y timoratos. Solo dos jugadores han llevado una carrera sobresaliente: Carlos Vela (años automarginado del Tri por una fiesta con prostitutas que le generó un castigo y el consecuente malestar y no querer regresar) y Giovanni Dos Santos (este último, a excepción de grandes pinceladas, no ha trascendido a largo plazo y su paso a la MLS hoy debería descalificarlo automáticamente de ser seleccionado nacional).

¿Y la gloriosa generación? Debo recordarles que los chavales campeones de 2011 quedaron invictos, derrotaron a la Mannschaft sub-17 en otra semifinal, esta sí histórica y que nos hizo tocar lo más alto, jugando como los hombres: con coraje, fútbol vibrante y con un delantero con una venda en la cabeza que, tinto en sangre tras un brutal choque de cabezas, pidió regresar e hizo una chilena para la historia.

¿Dónde diablos estás, Julio Gómez, dónde carajo estás, Espericueta, Giovanni Casillas, Fierro? ¿El capitán que alzó el trofeo, Pato Briseño? Ya no nombro a los de 2005, pero esta generación de 2011 que el fútbol mexicano dejó pasar es imperdonable. Julio Gómez, el héroe contra Alemania en esa semifinal, tuvo diferencias con la directiva de Pachuca a través de tuits, y ya no supe más de él. El Tuca Ferreti en Tigres tuvo sentado varias temporadas a Espericueta, autor del gol olímpico contra Alemania «porque no era su momento» ¿Y cuándo iba a ser, Tuca? Fierro hizo tibias temporadas con las Chivas. ¿Por qué no los vendieron a equipos europeos? ¿Por qué no los becaron o los formaron para las grandes ligas? Yo les diré por qué. Televisa (propietaria de la selección) es muy religiosa (tiene un programa llamado la Rosa de Guadalupe) y cree en los milagros, en los martes 13 y en los junios 29, y en los #Noerapenal. Cree en que un día, por arte de un súper técnico con su varita mágica hará que México por fin gane a equipos como Alemania y pase al quinto partido.

Los jugadores europeos hoy no hacen ninguna diferencia, y haciendo balances, juegan peor que las selecciones de Francia 98 y Alemania 2005 y 2006 que tuvieron su base en la liga local. Juegan por contratos con patrocinios y televisivos, y como se dice en el argot del aficionado, hay varios inflados, troncos y bultos.

lady_pioja2.jpg

El periodista y amigo Miguel Avilés comenta que quizá antes o después de Rusia 2018 terminará regresando el Piojo Herrera***, una persona desequilibrada y temperamental, amigo de todos incluyendo funcionarios y partidos políticos, un personaje que no acepta críticas de nadie (ni autocrítica) y se hará con el Tri como se hace ahora con el América, sin respetar ningún proceso ni ciclo.

***ACTUALIZACIÓN. Poco después de la publicación de este texto, salió a la luz la cláusula del contrato del Piojo que le permite dejar al América en cualquier momento para incorporarse a la Selección mexicana ‘en caso de ser necesario’. Vamos, Televisa y su armado de telenovelas, una vez más.

Dos grandes técnicos, Marcelo Bielsa y Tuca Ferreti se negaron a dirigir a México, porque saben de qué va esto. Saben que con México, moviéndose al ritmo de la publicidad, dinero obtenido por la afición mexicana en Estados Unidos contra rivales menores (el Moletour) no habrá proceso (como el que inició Bielsa en Chile y que hoy está dando frutos). Bielsa estuvo un tiempo en México, echó unas semillas que germinaron hasta cierto punto, pero ahí quedó todo. Tuca aceptó sin cobrar llevar a México a la Confederaciones que hoy juega y dando una gran exhibición ante la Argentina de Messi, pero eso de «no cobrar» lleva algo más que simbólico: no quiero su pinche dinero, chingada madre, como diría en su florido lenguaje, es, no quiero ni que me paguen por este negocio ni deber favores a los Azcárraga, solo manejo fútbol con ustedes. Nos calificó y se fue tranquilamente a ganar la Liga MX con sus Tigres.

 

Juan Villoro lo dijo: la Realidad en el fútbol se llama Alemania. Y ayer nos estrellamos con ella.

One response to “Las ilusiones recicladas

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s