La noche del cazador

“El valiente tiene miedo del contrario; el cobarde, de su propio temor”.

Francisco de Quevedo.

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1

Ultimátum

 

—Tienes veinticuatro horas para entregarlo. Se acabaron las notitas y las mantas.

El hombre, un anciano robusto y matizado de arrugas, miraba detenidamente al grupo de hombres que lo rodeaban en la entrada de la finca. Detrás de ellos, camionetas tan grandes como cerros los custodiaban, negras con sus cromados brillando a la luz del sol esa mañana de sábado.

El anciano, tras las gafas de sol, parecía evaluar la situación cuidadosamente. Estas fueron sus siguientes palabras:

—No, señores.

—¿Sabes lo que te estás jugando, pendejo?

Uno de los hombres sujetó las solapas de su camisa. Su barba incipiente y negra hacía juego con la chamarreta y los lentes oscuros que le cubrían medio rostro. El viejo ranchero se zafó, evadiéndolo.

—Los que están pendejos, son ustedes —les dijo con una tranquilidad pasmosa. Eran siete sicarios, no, ocho. Uno esperaba con metralleta en mano tras las camionetas, cubriendo la retaguardia. Los había visualizado y contado desde el mismo momento en que vio la polvareda levantarse kilómetros tras la loma.

—Entonces no vas a cooperar, abuelito…

El tipo que habló levantó una suerte de silencio inquietante. Los otros se hicieron a un lado, como si quisieran evitar el contacto de sus palabras, que salían frías, sin sentimiento alguno.

—Mira don, tus vecinos se abrieron de patas y entregaron. Dejaron la tierra para nosotros, sin chistar. Solo queda tu ranchito de mierda en estos lugares. Y lo necesitamos.

—Eso es problema de ellos. Esta es mi propiedad, yo la construí hace muchos años, y no la voy a ceder a un grupo de…

Un golpe, directo a su mejilla, resonó en aquel paraje, interrumpiendo al dueño del rancho. El anciano no cayó, no profirió ninguna exclamación. Regresó la mirada a su interlocutor. Se quitó las gafas de sol, mientras de la comisura de la boca salía un hilillo de sangre.

—Lo siento, abuelo. Se acabó la diplomacia. Veinticuatro horas, ni una más, para no verte ni el polvo, viejo. No querrás estar aquí cuando regresemos a «tomar posesión», como dice mi compadre, un senador de ahí de la Cámara. Tú no quieres sangre en las manos, sangre de tu gente.

Los demás hombres permanecieron tras ese silencio espeso, polvoso. En eso, el sonido de una camioneta pickup los hizo volverse. Era de la policía estatal, con las torretas azules y rojas prendidas. La camioneta se detuvo suavemente, y de ella bajó un oficial con uniforme impecable, luciendo sus estrellas enganchadas a la pechera de su camisa perfectamente alisada. Parecía una regla en esa parte del mundo traer lentes muy oscuros, porque el oficial también usaba unos, que reflejaron el sol por un momento. Se acercó al grupo.

—Viniste personalmente, Trueno. ¿Cómo va la negociación? —preguntó con toda naturalidad el policía al sicario que había golpeado al anciano. Sonreía, mostrando un diente de oro, que también brilló al reflejo del sol matutino.

—¿Qué chingados quieres aquí, López? No necesitamos nada —contestó de mala gana el que se hacía llamar Trueno.

—Recibí una llamada del «Señor». Dice que ya se tardaron en poner el punto veintiuno en esta área. Se les agota el tiempo, muchachos. ¿Están jugando cartas con el don?

López dirigió un gesto de compasión al anciano, que no perdía compostura a pesar de que seguía manando la sangre alcalina en sus labios.

—Le traje su orden de desalojo, López. No me estés chingando, cabrón. —dijo el Trueno.

—¿Orden? ¿Cómo le va, don Alejo? —López cambió su rostro compasivo a uno jovial, como si estuviera dando los buenos días a un vecino por la mañana.

Por toda respuesta, Alejo le escupió la sangre contenida. El escupitajo rojo cayó a unos centímetros de sus botas relucientes. Los sicarios aguardaron.

—¿Por qué lo hace difícil, don Alejo? No le queda nada más que esto. Si acepta la propuesta del «Señor» en un principio, no se irá de aquí a la mala, sin un quinto.

—El Señor está en los cielos. Y mi respuesta es la misma, «comandante»—dijo don Alejo, sin ninguna inflexión en su tono de voz.

—Mire. No todas son malas noticias. El «Señor» le da la última oportunidad. Cédale el rancho. Un millón de pesos por todo. Así no se va con las manos vacías. ¿Qué le parece?

—¿Un millón? —Trueno torció la boca en una mueca brutal.

—Dinero sucio. Yo no acepto dinero sucio, narcos. No se vende, ni se cede. Es mi respuesta —respondió el viejo, mirándolos a los ojos.

Un gesto torvo se acentuó en el comandante López. Hizo una seña al Trueno.

—Mátalo, entonces.

Todo sucedió en un lo que dura un parpadeo. El trueno sacó una calibre 38 y encañonó al anciano, directo en la sien. El viejo no se inmutó, y no dejó de ver a López a los ojos. Este, por un momento, sintió un dejo de frialdad que le recorrió la nuca. Ese maldito viejo…

—Despídete, pendejo.

«CLICK»

Nadie cambió su postura. Don Alejo ni siquiera parpadeó. No movió un músculo. A Trueno le invadió una sensación extraña: esa treta de fuego falso siempre funcionaba con todas las víctimas. Terminaban suplicando por sus vidas, retorciéndose. Pero aquel anciano mantenía la vista fija en López. El comandante retrocedió dos pasos. Un aura extraña invadió el lugar, y el mismo Trueno descubrió que sudaba copiosamente. Empujó a don Alejo, intentando sonreír. No le salió más que una mueca cadavérica, una débil réplica de la anteriores.

—Veinticuatro horas —repitió el Trueno. —Y le juro por esta, que, para la próxima, este bebé no estará descargado.

—¡Piénselo! —le gritó el comandante, en tono burlón—. Un millón. Veinticuatro horas. Una firma, y así todos ganamos, usted más. ¡Es eso, o a la mala, a la calle sin un quinto, o muerto! ¡Piense en sus empleados!

López y los sicarios subieron a sus respectivas camionetas. Abandonaran el rancho con rechinidos de llantas y levantando remolinos de polvo. El viejo esperó a que bajaran la loma más allá de la segunda verja, para dar media vuelta hacia su casa.

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2

Un favor

—Necesito que se vayan ahora mismo. Están despedidos.

Los trabajadores, peones y capataces reaccionaron con un silencio terrible. Juancho, el capataz, la mano derecha de don Alejo, lo miraba absorto.

—Sí, necesito que empaquen y jalen de aquí. Los liquidaré como merecen, y no quiero que haya ninguna queja, por favor. Este es mi rancho, y puedo hacer lo que me venga en gana. Uno por uno, pasarán conmigo conforme los llame, para entregarles su dinero.

De la caja fuerte, fue sacando fajos de billetes de todas denominaciones, y llamó por separado a los jefes de las dos familias que residían ahí.

Juancho, sentado a la sombra de un naranjo, esperaba a que lo llamaran. Sabía que las palabras de don Alejo eran ciertas, nunca mentía y solía cumplir sus promesas. Recordaba los buenos momentos con el viejo, las cacerías, los asados con las familias, sus enseñanzas… Hasta que llegaron esos tipos. Las primeras veces venían a reconocer el terreno y a ofrecer diplomáticamente su compra, y don Alejo, siempre con respeto, negó cualquier negocio a esos, «Los hijos del Diablo». Y así transcurrieron varios meses con el estira y afloja; ocasionalmente se presentaban con diferentes ofertas, y las ofertas terminaron por convertirse en amenazas. Hoy vio como lo encañonaban con un arma. Y la misma policía estaba involucrada, por Dios. Lo supo cuando vio llegar al comandante López, una vara muy alta. No había denuncia posible ante eso.

Había aprendido de don Alejo una cosa: el esfuerzo produce beneficios, los beneficios producen enemigos, y si confiabas en la gente, la tumba te esperaría gustosa. Ese viejo se había convertido en un ejemplo para él y su familia. No conocía lo que era corromperse, al menos las veces que lo pudo ver negociando. Sabía que una de sus hijas, metida en la política, le había ofrecido ayuda incontables veces. Pero eso solo sirvió para aumentar el distanciamiento que ya existía con el resto de los Garza Támez.

Su patrón era un viejo lobo solitario: trabajaba sin la ayuda de nadie, con su propio esfuerzo. Salía del rancho a lo estrictamente necesario, iba a Ciudad Victoria por víveres, no tenía teléfono celular ni línea en el rancho. Vivía con lo justo, muy celoso de su vida privada y fortuna, que desconocía. No le interesaban los lujos de la vida moderna, y su felicidad consistía en ir de caza o tomar el bote y pescar en el lago. Por alguna razón, había bloqueado todo contacto con el mundo, y con sus familiares. Una vez lo sorprendió mirando un álbum de fotos viejas. Ya pasado de whisky, don Alejo le confesó que su esposa, el amor de su vida, había muerto por una enfermedad incurable. Pero su rostro se crispó cuando le recordó que la negligencia de las autoridades de salud había derivado en la muerte de su mujer. Rompió la copa de cristal apretando el puño, y no le importó cortarse las falanges. Entonces entendió parte del aislamiento de su patrón. Dijo que lo de su esposa no lo perdonaría ni muerto. Todo lo que significara autoridad, de gobierno en especial, le provocaba un rencor bárbaro.

—¡Juancho!

La voz de su patrón interrumpió sus pensamientos. Las otras dos familias ya se encaminaban a la salida del rancho en dos camionetas, con sus hijos y las pocas pertenencias que tenían. Se paró impulsado como por un resorte, y corrió a su encuentro.

Don Alejo se encontraba de pie en el umbral de la entrada de la casona. Su mirada, fija en él, le hizo ponerse la carne de gallina. Parecía que miraba los ojos de un cadáver.

—Vente, Juancho. Vamos a dar un paseo.

El lago lucía tranquilo como un espejo y brillaba con intensidad, reflejando el sol en el cenit. El capataz esperó a que su patrón hablara.

—Sabes todo lo que pasó, ¿verdad? No tengo que hacer rodeos contigo, además esas tonterías me molestan.

—Sí, patrón. Lo sé todo.

—Se acabó el tiempo, Juancho. Esta noche vienen por mí, y no hay salida.

Juan tragó saliva. Así era don Alejo, directo, sin atenuar nada.

—¿Por qué? ¿Por qué no se los entrega y ya, y acepta el dinero como una compraventa normal?

Un bofetón, que lo agarró de sorpresa, surcó la mejilla de Juan. El viejo, iracundo, lo miraba con severidad.

—¿Qué has aprendido acá, en este rancho, Juan? ¡No seas pendejo! Hay algo más valioso que salvar la pinche vida, y que las pinches propiedades, y el pinche dinero. No voy a rebajar mi dignidad como lo hacen los perros, metiendo la cola entre las nalgas y corriendo para vivir como un avestruz, con la cabeza enterrada en la porquería. Y no voy a aceptar dinero manchado de sangre. Sabes perfectamente quiénes son y lo que hacen, esa escoria que vino a verme hace rato.

—Los narcos… —balbuceó Juancho.

—Sí, hijo, los narcos. Una bola de malvivientes, amparados en la corrupción de este gobierno. Yo conocía al comandante López desde que era un mocoso, y míralo. El poder, el dinero, cambian las mentes de los hombres. Esos hombres que mataron a Celestina.

Dios. Lo había dicho. Así que ese era su nombre, el de su esposa. Don Alejo lo miró esta vez, con las lágrimas brillando en las pupilas, esforzándose por no fluir.

—¿Te conté cómo murió?

—Fue la enfermedad…

—No, Juan. Fue por culpa de un burócrata borracho. Un choque frontal, tremendo. Los hierros parecían tripas quemadas. Desafortunadamente, no murió al instante mi Celestina. Peleó por su vida, pero a la semana del accidente, falleció de una hemorragia cerebral. Era 1962.

—Oh, Dios, don Alejo, no sabía…

—Y el burócrata resultó ser un pez gordo, del alto mando del gobierno del estado. No lo procesaron, no pagó nada por su crimen. ¿Y sabes por qué, Juan?, ¿sabes por qué?

Don Alejo se atragantaba con las palabras. Sus facciones se endurecieron hasta parecer una figura de cera.

—¡Por su fuero! La protección mágica que les da a esos perros de hacer lo que quieran, al amparo de influencias y la corruptela. Cambiaron el peritaje, lo hicieron, a pesar de mis gritos en el tribunal, a pesar de que me desviví porque se hiciera justicia. Y para rematar, mi hija calló. ¡Calló, y era su madre! No le convenía hablar, pues mancharía su prometedora carrera política, y la convencieron de cerrar la boca. La compraron.

—Seguro la amenazaron de muerte, jefe.

—¡Me importa un carajo! ¡Era su madre! ¿Ves lo que te digo? ¿Dónde quedó la dignidad? ¿Dónde quedó el «honrarás a tu padre y a tu madre»?

El silencio pesado, duró unos segundos.

—Don Alejo, ¿qué va a hacer entonces?

—Quiero que me hagas un favor.

—Lo que sea, patrón.

—Vete en una de mis camionetas con el dinero que te voy a dar, y una carta para mi hija. Se la entregarás en la mano.

De su pantalón, sacó un sobre amarillo doblado en dos. Tenía la caligrafía redondeada del viejo.

—Es su dirección. Entrégasela y piérdete, aléjate, Juancho. Te lo pido por favor, hijo. Quizá intenten buscarte estos hijos de puta, aunque lo dudo. Depende de lo que pase hoy aquí.

—Jefe, no lo dejaré solo…

—¡Cállate! ¿Quieres morir aquí conmigo, por nada? ¿Quieres dejar desamparada a tu familia, pendejo? Esto es asunto mío, y se acabó.

Hubo un silencio que apenas cortaba el viento incipiente que se deslizaba en los pastizales temblorosos. Don Alejo dio media vuelta hacia su casa.

Un escalofrío lo hizo temblar al ver a ese hombre alejarse con un paso casi marcial hacia lo inimaginable. Juancho corrió tras él y le dio alcance. Lo abrazó. Al contacto, sintió electricidad que invadía todos sus poros.

—Usted ha sido como un padre para mí.  Lo quiero un chingo. ¡No lo haga, por favor, no lo haga!

Y rompió a llorar como un niño.

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3

Despedida

El jeep encendió con el ronroneo de un motor viejo. Juancho se despedía del que fuera su patrón por más de veinte años, mientras el sol caía lentamente, dando paso a la tarde. Don Alejo se despidió de su esposa —que también la conocía desde que era una niña— y de sus pequeños. Les dio la bendición.

—No te veo como mi capataz, sino como un viejo amigo, lo sabes. Te encargo mucho esa carta, Juancho, por favor. Y esto es para ti.

Don Alejo le entregó un morral viejo, desgastado por los años. Pesaba. El capataz se quedó de una pieza al abrirlo.

—Yo conté quinientos mil pesos en billetes, un poco más, un poco menos. Mételos al banco apenas puedas. Abre un negocito cerca de aquí, siempre discreto, o qué diablos, vete al gabacho. No te conviertas en lo que yo, o se repetirá la historia de todos los días de mi pobre país. Hoy me deja como tú me ves ahorita. Sin nada más que la tierra que estás pisando. Sin mi Celestina, sin mi familia.

Don Alejo le guiñó el ojo. Juancho jamás le había visto hacer tales cosas.

—Déjeme ayudarlo, patroncito…

El viejo negó con la cabeza, sonriendo.

—Mírate. Mira a tu familia, Juancho. No les hagas falta. Sé un buen padre, y quiérelos un chingo, siempre. Sé un hombre derecho.

—Dios lo bendiga, don Alejo. Dios lo bendiga hoy y siempre. Le voy a dar algo para que tampoco nos olvide. —De sus morrales, Juancho sacó un pequeño crucifijo de madera pulida.

—Yo lo hice para usté, patrón —dijo la esposa de Juancho, forzando una sonrisa. El anciano sonrió, y lo metió en la bolsa de su camisa. Se abrazaron por última vez.

—Chíngueselos. Que no se olviden quién manda aquí, patrón —Juancho le susurró al oído.

—Vete ya, por favor.

El Jeep dejó el rancho San José, solitario, con su dueño contemplando la polvareda hasta que desapareció tras la colina, en la segunda verja.

 

4

Los hombres no somos víctimas

Una mujer, de ojos grandes y cabello recogido, lo miraba a través del papel mate, descolorido y cuarteado.

—Celestina…

Sacó la foto del álbum, la besó, y la guardó junto al crucifijo en la bolsa izquierda de su camisa, junto al corazón. Respiró hondo, y abrió el estante de madera carcomida por el tiempo. Mentalmente contó todas sus armas apiladas ya en el escritorio. Los cartuchos, ordenadamente dispuestos, esperaban ser cargados. Mientras revisaba las más viejas, encontró un rifle muy especial; ese se lo había regalado su padre, cuando lo acompañó a cazar venadillos por primera vez. Con ese había aprendido a apuntar y tirar, a parapetarse entre los arbustos; esconder sus huellas y rastrear las de la presa.

Cómo había disfrutado esos días. Su padre estaba más que orgulloso de él, pues decía que tenía un hijo que valía un Guillermo Tell: de cada diez tiros lograba nueve efectivos. Los patos, más difíciles de cazar cuando alzan el vuelo, asustados por el primer disparo, caían como moscas. Con el paso de los años ese rifle pasó a la historia y su padre le compró uno mejor, con mucha mayor precisión. Poco a poco Alejito Garza fue conocido como el niño cazador. Trataron de convencerlo para participar en torneos internacionales, pero su madre estaba empeñada en que terminara sus estudios, por lo que se conformó con formar un club de caza y pesca, que llegó a tener cierto renombre en Tamaulipas. Ahí conoció todo tipo de armas para tal efecto, y conforme las décadas pasaban la tecnología mejoraba y se hacía con ella, aunque últimamente prefería las escopetas más antiguas. Los años no le hacían perder el tino. Juancho siempre se asombraba cuando, de ocho patos, seis caían listos para desplumarlos y asarlos.

Dio un vistazo a su reloj: las cuatro de la tarde. El tiempo se agotaba, y estaba seguro de que no tendría ese plazo de veinticuatro horas, como le habían dicho. Al irse la luz del día, las sabandijas saldrían de su escondite.

Cinco rifles de caza, una pistola calibre 22, era todo lo que tenía. Y sí, por primera vez, usaría su pieza definitiva de colección. La madre de todas las armas, que atesoraba tanto como su propiedad, su rifle Winchester M97, que su padre le heredó al morir. Consistía en una escopeta con un depósito para almacenar los cartuchos bajo el cañón. Tras cada disparo, al accionar la corredera, el arma quedaba cerrada y lista para un nuevo disparo. La probó hacía unos veinte años en unos patos, y desde ese desastre, desistió de dispararla de nuevo, ya que hizo de aquellas aves un amasijo de plumas y pedazos de carne chamuscados e incomibles. Investigó, y descubrió que ese Winchester era célebre en la historia de las guerras. Creyó que nunca más la utilizaría.

Terminó de comprobar su arsenal. Las escopetas, apiladas, algunas desgastadas por el uso, pero ninguna en mal estado. Tenía ante él años de trabajo y rituales muy bien calculados: desarmarlas, cepillarlas, aceitarlas, darles cariño y armarlas nuevamente, y de vuelta a sus fundas. Sabía que esa noche iba a disparar mucho, a blancos fijos (ventaja para él) y continuamente. Por lo que había visto, Los Hijos del Diablo traían armas automáticas (una gran desventaja para él). Las de don Alejo eran todas manuales, se tenían que amartillar para disparar, a excepción de la pistola semiautomática. Dio doble capa de aceite a cada una, en cada rincón, en cada túnel que seguro utilizarían sus balas para viajar sin ningún problema hacia esas ratas. Sus municiones resbalarían seguras, sin atascarse. Hoy no podía fallarle nada. Sus queridas armas lo conocían a la perfección: sabían de su soledad, de su pesar, y tal vez por eso le ayudarían a terminar con honor. Dios hoy va a tener un buen espectáculo al menos, pensó.

Antes de que el sol se metiera, ordenó sus rifles en las ventanas frontales y en la puerta principal de la casona. Los árboles pegados a su propiedad al menos le iban a brindar una defensa momentánea. La cocina tenía dos ventanas grandes; ahí dispuso otros dos. Supo que su puerta principal, endeble, no aguantaría mucho las ráfagas. No tenía muebles pesados, pero volcó su escritorio de roble hacia aquella puerta, única vía de acceso frontal a su casa. A su favor tenía el punto exacto donde se iban a estacionar las camionetas y a bajar los sicarios. En casi todas las incursiones, se quedaban en el mismo lado. Asumiendo esto no tuvo que memorizar más las condiciones del terreno. No había más accesos, pues detrás la casona colindaba con el enorme lago.

Por un momento pensó en darles una ráfaga inicial, y ante el desconcierto de las ratas correr y subirse a su bote y navegar lejos, pero casi enseguida lo desechó de su mente. No iba a correr a ningún maldito lado. «Correr ante el enemigo, eso solo lo hacen las ratas, y los cobardes. Muere antes de ser así, hijo, ¿entiendes? No antepongas tu seguridad, tu propia seguridad, por darle gusto a otros cobardes.» Eso se lo había dejado bien en claro su padre, casi desde la primera vez que lo llevó cazar. «Si no hubieran tenido eso en mente Miguel Hidalgo o José María Morelos y Pavón, ¿qué nación tendríamos? Murieron por lo que pensaban, y de pie.»

Así es, papá, hoy, morir es un juego para los que secuestran, para los que amenazan, para los que ejecutan. ¿Cuántos, en este país, veintiocho mil, cincuenta mil, cien mil?  Todos fueron víctimas. No te conviertas en una víctima de los cobardes, víctima de las ratas, Alejo. Ni Zapata ni Villa eligieron como morir. Fueron víctimas.

Las últimas luces del día pintaron de rojo el horizonte. De repente, tuvo sed. Sacó un poco de whisky de su reserva especial, unos hielos, y lo degustó relamiéndose los labios. Comprobó una última vez que las armas estuviesen listas. Se dejó la Winchester en una bandolera cruzada al pecho y se sintió más protegido así. En aquella bandolera acomodó las municiones que utilizaría de inmediato para la misma M97, cuando todo empezara. También dejó una hilera de cartuchos útiles dispuestos en cada arma en las zonas vulnerables, en caso de necesitar. Se fijó un comal cuadrado al pecho, que incluso le protegía el estómago. Era uno de los que usaban sus cocineras para hacer las tortillas a mano. Además, tuvo una idea brillante: fabricó tres pequeñas bombas molotov con trapos y gasolina que utilizaba para las camionetas. Para cuando la cosa se pusiera fea.

Dejó que el reloj hiciera lo suyo, esperando a los Hijos del Diablo, aquellos que según, no le tenían miedo a nada y podían hacer lo que se les antojara, solo con pararse como fantoches con sus sombreritos, chamarras de cuero, botas norteñas y masturbando sus pistolones de alto calibre, escuchando su música de banda. Así, se sentían los amos del mundo, hasta hoy. La muerte era un juego para ellos.

5

La noche del Cazador

Un convoy de seis camionetas negras y polarizadas irrumpía el silencio de aquel paraje. La desviación de terracería que comunicaba a la carretera nacional que daba a Ciudad Victoria, apareció ante los faros. Un retén de la policía local bloqueaba la desviación al rancho San José.

—¿Y este pendejo qué hace aquí otra vez? —dijo el Trueno, con los ojos brillantes y un leve tizne blanco en los orificios de la nariz.

—¡Es López, Trueno! —dijo el chofer.

—¡Como chinga!

El comandante López hizo la seña de alto con la palma de la mano, y se acercó hasta el convoy de los hombres armados. Esta vez no sonreía.

—¡Buenas noches, Trueno!

—Qué buenas noches ni que la chingada. Hazte a un lado, cabrón. —Al decir esto, sus acompañantes bajaron de la camioneta. López pudo ver a golpe de vista el arsenal que traían consigo, listos para iniciar una pequeña guerra. Armas pesadas, de grueso calibre. Lo normal que les proveía el «Señor».

—Tranquilo, hombre, solo vengo a decirles que no necesitan llevar tanto cacharro. Hace rato salieron las familias que viven en el rancho del viejo, con todos sus tiliches. El viejo loco se quedó solo en la propiedad. Parece que sí comprará. No tiene otra opción.

—Mis huevos, López. Voy a desalojar a la chingada al abuelito, sin un peso de por medio. Órdenes del «Señor».

—¿Eso dijo el «Señor»? —preguntó López. Por un momento, les ofreció una débil sonrisa.

—Quítate, coño. Ahora. Vamos a terminar esto rápido, y a la mierda.

López movió la camioneta, abriéndoles paso en el camino de terracería. Las camionetas aceleraron y con violencia continuaron su camino, perdiéndose en la negrura de la noche.

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El tumbaburros de la enorme camioneta que comandaba el Trueno fue suficiente para abrir de par en par las dos rejas que señalaban la entrada al rancho San José. Tuvieron que utilizar los faros de niebla para iluminar el terreno, pues las luces de la finca se encontraban apagadas, dándole un aspecto lúgubre y abandonado.

—¿Qué coño…?

El Trueno estudió el terreno. Vacío como un maldito cementerio. Se estacionaron donde siempre, desde que venían a ofrecer la compra del rancho a aquel viejo solitario, justo enfrente de la casona de aquella finca. El sicario había intentado por todos los medios amedrentarlo, con matar a su familia, pero estaba tan alejado de ellos, que aquella táctica no dio resultado, tampoco la de encañonarlo y dispararle con un arma vacía. Aquel viejo parecía una piedra desértica que solo la podía amoldar el tiempo y el viento.

Los asesinos bajaron, acercándose a la casona y empuñando los fusiles de asalto. Primero, una ráfaga de metralleta, al aire. Después, el grito envalentonado de orden del Trueno:

—¡Sal, hijo de tu puta madre! ¡Ándale, pinche viejo!

Otra ráfaga de AK-47 al aire. Risas y voces broncas llenaron el ambiente. Las luces de las camionetas trataban de iluminar la casona, sin conseguirlo del todo, los árboles frente a la finca no dejaban ver muy bien su interior.

—¡O sales, o te lleva la v…!

Segundos antes de que se produjera el disparo, sucedieron dos cosas al mismo tiempo. El viento dejó de soplar como por encanto, y un venado corrió cerca de ahí, internándose en los pastizales, llamando la atención momentánea del Trueno y sus hombres.

Trueno no supo que eran blancos (animales de caza) hasta que un segundo cañonazo de rifle pasó a su lado cortando el aire como un filoso cuchillo, y uno, dos de sus compañeros cayeron de forma graciosa, golpeando la camioneta y desparramando su sangre en los cromados relucientes. Parte de su cabeza había desaparecido tras borbotones de sangre.

            —¡Les dieron! ¡Les dieron, al Pocho y al Jijúe! —gritaron del otro lado. Las voces de sus hombres sonaron atipladas, como si fueran gansos.

¿Les estaban disparando? El… el viejo… ¡les estaba disparando! Por unos instantes, ninguno de los narcos, incluido el Trueno, supieron qué hacer. Vio al Pocho y al Jijúe tirados, inmóviles, ensangrentados. Más balas, que provenían de la casona, se estrellaban en las camionetas, rompiendo faros y parabrisas por igual.

—¡Fuegoooooooooo!

Cuando el reloj acariciaba la medianoche, escuchó ruidos de motor acercarse a su propiedad; eran las camionetas de las ratas. Dejó a un lado el whisky, guardó la foto de su amada Celestina en la bolsa de su pecho, se puso la gorra que siempre utilizaba para cazar, y se colocó en posición, como único soldado al frente. Esperó con toda la paciencia del mundo a que bajaran de sus vehículos y se acercaran confiados hacia él, pues no había otro camino para entrar a la casa. Pensó en que los había esperado mucho antes de que vinieran a intentar comprar su rancho. Los esperaba desde el mismo momento que supo que Celestina iba a morir. Los esperaba desde hacía mucho, sí. Aquel que conocía como Trueno, el jefe de esos pelmazos, empezó a disparar al aire. Contó mentalmente, quince, no, dieciséis sicarios, armados con AK-47, cuernos de chivo.

Aspiró hondo y apuntó. Puso toda su concentración en la mira mental de su cerebro… y jaló del gatillo.

 Dos escorias habían caído (como dóciles venados) ante su Winchester. Fue fácil, blancos inmóviles. La sorpresa, como pasaba con los animalitos, estaba del lado del cazador, que esperaba paciente, agazapado, esperando que la presa se colocara estratégicamente. Hoy, don Alejo se convertía en el cazador de diablos. En el cazador de cazadores.

¡BANG! Y otro más cayó de bruces. Hubo un grito ahogado. Los demás narcos intentaban desarticuladamente alcanzar los vehículos. Tres a cero, pensó. Escuchó destemplados «¡Mierda!» y «¡al suelo!» de los Hijos del Diablo. Sonrió al ver que todavía no podían responder a su fuego, así que siguió, como sniper solitario, tirando a los blancos, ratas de feria. Sus manos se movían más rápido que su mira mental, por eso erró varios disparos más, sin embargo, pudo estallar algunos faros de sus costosas camionetas.

Cuando escuchó «¡fuego!» al fin, don Alejo se tiró de bruces, y las ráfagas entraron como pequeñas bombas por toda su propiedad. El ruido era impresionante, pero ya lo esperaba (era su ventaja). Los vidrios de la cocina volaron en todas direcciones, el polvo de la piedra pulverizada por los impactos de los cuernos de chivo cubría como un telón de niebla su visión.

Una pequeña pausa de ellos bastó para escupirles más plomo de su rifle. Estaban desesperados y sorprendidos, y de la nada ya tenían tres bajas. Por un momento, Alejo pensó en la victoria, lograr lo imposible, hacerlos correr como perros, con la cola entre las nalgas…

Eso fue hasta que una explosión detonó en la ventana de uno de los cuartos contiguos. Creyó que todo había acabado con ese resplandor. Estaban usando granadas, granadas, los muy hijos de puta cobardes drogadictos.

—Vas a entrar, Lobo —ordenó el Trueno a uno de sus hombres—. Por la orilla, empujas la maldita puerta y lo matas.

—¡Pero tiene armas, Trueno…! —El Lobo palidecía al escucharle.

—¡Y tú tienes un puto cuerno de chivo! —lo empujó—. ¡Es solo un viejo! ¿Le tienes miedo al abuelito?

—¡Pero ya se cargó al Pocho, al Jijúe, y al Tranzas…!

—¡Me vale madres, cabrón! ¡Nosotros te cubrimos!

El Lobo se deslizó por la propiedad, mientras los disparos incesantes seguían castigando la finca. Se dio cuenta que no salían disparos desde dentro de la casa. ¿Sería posible que el viejo ya estuviera muerto? Continuó acercándose… más… llegó a la reja principal. Nadie disparaba desde dentro. Ya está muerto, pensó. Abrió la reja, y el Trueno ordenó de inmediato con señas que un grupo de siete lo siguiera para entrar en la casa.

El Lobo giró el picaporte de la puerta principal, y en medio del aturdimiento de la balacera y el efecto de las drogas encima, creyó que una serpiente se deslizaba hacia su mano, saliendo por un orificio de la puerta. Fue hasta que su mano desapareció, junto con parte de su abdomen, al disparo de la Winchester M97, que había confundido con una víbora. El Lobo gritó como una niña mientras desparramaba sus vísceras en la entrada de la finca. Por fin, cayó, entre espasmos mortales.

—¡Ratas! —gritaron desde adentro de la casa—. ¡Ratas!

El contingente de sicarios que ya seguía al Lobo, vieron impávidos como una botella de vidrio, con una mecha prendida, se dirigía hacia ellos como una ilusión. Sobre sus cabezas, la botella estalló a un disparo de la M97. Una cúpula de fuego cubrió a los hombres. Se tiraron al suelo, revolcándose de dolor y tratando de apagar el fuego abrasivo. Olía a ácido muriático más que a pólvora. El líquido contenido en la bomba casera corroía su piel como magma.

El Trueno seguía disparando para cubrir a los hombres quemados que regresaban arrastrándose. ¿Pues qué tienen a la Marina allá adentro? ¡López dijo que el viejo estaba solo!, pensó. No podía asimilarlo. Era la primera vez que pasaba, por eso se sentía así, como si lo hubieran desnudado. Era la primera vez que alguien realmente le disparaba a matar. Que alguien resistía. Puta madre.

—¡Saquen el Terminator! —gritó el Trueno a uno de sus hombres. Del maletero de una de las camionetas, el esbirro sacó lo que parecía un ataúd pequeño. Al abrirlo, aquella arma, por sí sola, emanaba un poder increíble a los ojos brillosos de los asesinos. El Trueno retomó la confianza.

Parapetado en la cocina, don Alejo trataba de buscar blancos, pero todos estaban escondidos tras las camionetas. Disparaba solo para distraerlos. Adentro olía a humo, pólvora y cartuchos percutidos. Las manos le escocían; sin embargo, recargaba con buena velocidad los rifles. Para eso tenía los callos, se los había ganado.

No lo esperó. Cuando se produjo la explosión, mientras era lanzado hacia la pared como un muñeco por efecto de la misma, don Alejo se preguntaba cómo esas ratas poseían un arsenal tan poderoso, tanto como para hacer temblar al ejército. La granada había estallado muy cerca, y ahora estaba desorientado y sordo. Escuchaba un pitido agudo, y sentía el cuerpo pesadísimo. La cara le ardía con una suerte de pinchazos. Eran las esquirlas de la granada.

Una descomunal ráfaga de metralla cimbró la casona. Esa debía ser un arma de muy alto poder. Descubrió que verdaderamente estaba herido. De una pierna manaba abundante sangre, y en la cara tenía múltiples cortes por el vidrio y concreto pulverizado, que volaba como alfileres. La adrenalina había escondido todo hasta ahora.

—¡NO! —aulló—. ¡Aún no me llevan, hijos de su puta madre!

Sin importarle el dolor, continuó vaciando sus rifles, ahora desde otra habitación. El sudor por momentos le nublaba la vista, pero sin saber por qué, lo refrescaba. Volvía a tranquilizarse. Sonrió mientras preparaba otra Molotov.

Trueno se estaba cansando. Ya tenía cuatro hombres muertos, dos inconscientes y varios heridos graves y quemados. Ni siquiera en las balaceras con el ejército o los polis había tenido tantas bajas. No podía creerlo, se negaba. Una nueva bomba casera estalló sobre sus cabezas, aunque un poco más lejos, iluminando momentáneamente el campo de batalla, como señal de que el viejo no estaba en condiciones de rendirse. Seguro que alguien lo ayudaba, no era posible. ¿Por qué no te mueres, viejo? pensaba el sicario jefe, apretando los dientes, sintiendo que se le escapaba la operación de desalojo. Se suponía que era una maniobra de rutina. Abrieron fuego con el Terminator una vez más. Las ventanas volaron con estrépito, el concreto saltaba como si tuviese vida propia. Maldito anciano, muérete, muérete. MUÉRETE.

Una bala del Terminator le dio de lleno en el abdomen aprovechando un descuido mientras disparaba a la bomba Molotov en el aire. Diablos no, fueron más balas. El comal había amortiguado los impactos, pero los proyectiles habían ingresado a su cuerpo sin remedio. Los sentía cocer sus órganos internos como brasas. Se quedó boca abajo, apretando los dientes. Todo estaba terminando. La esperanza de obtener al menos esta victoria se le escapaba de las manos. Otra granada estalló a unos metros de la cocina, privándole del sentido del oído. El pitido agudo eclipsó por completo el estruendo de la metralla. Sintió un mareo extraño, pero se obligó a concentrarse de nuevo.

«Respira hondo, hijo. Que los latidos de tu corazón no lleguen a tu cabeza. Tranquilo. Prepara, apunta, dispara. ¿Verdad que es fácil?» Las palabras de su padre, otra vez. Las escuchaba más claras que los disparos de los asesinos. Cerró los ojos. Respiró hondo, a pesar de que las balas dentro de su cuerpo ardían como fuego del infierno. Sonrió.

—Ya no disparan, jefe —dijo uno de los sicarios.

—Ya me di cuenta, imbécil. ¡Alto al fuego!

La ruleta del Terminator dejó de girar, y de nuevo el rancho San José quedó envuelto en el silencio nocturno de un paraje desolado. Cuatro cuerpos yacían desperdigados y manchados de sangre sobre la propiedad del anciano. Dos faros de las camionetas continuaban iluminando el frente de la casa, que parecía venirse abajo.

—¡Viejo! —gritó el Trueno —. ¿Tienes algo más?

Silencio.

—Jefe, creo que ya no hay na…

El Trueno le ordenó callar con una seña.

—¡Vamos a entrar, ahora!

Nadie se movió, y tampoco hubo movimiento desde adentro. El viejo, y quienes estuvieran con él estaban muertos, o heridos de gravedad.

—Vamos a entrar —les susurró a sus hombres.

De nuevo, los diez hombres restantes se arrastraron a la puerta principal. Empujaron la puerta, que poco le faltaba para caer a pedazos.

Antes de que vieran realmente al anciano, parado, manchado de sangre, pero sonriéndoles en el umbral de la cocina, uno de los sicarios salió despedido hacia atrás por otro impacto certero en la cabeza. Con una mano en la corredera, recargó la Winchester de inmediato. Los que iban detrás tardaron en reaccionar, y cual comadrejas, se hicieron a un lado, cayendo todos por fuera, evitando los disparos del ranchero.

—¿Creyeron que podían entrar así nomás, pendejos? —Don Alejo seguía sonriendo. Cinco a cero, a favor del septuagenario.

—¡No está muerto! ¡No está muerto, joder! —fueron las exclamaciones de sus hombres, apostados ya en la puerta principal de la casucha.

—¡Dispárenle, pendejos, dispárenleeeeeee! ¿Qué putas esperan? —gritó el Trueno.

Más disparos intercambiados, y no derribaban al viejo. Estaba atrincherado ahora tras una barra de concreto, más endeble.

—¡Está casi muerto! ¡Métanle! ¡Métanle!

Dos más cayeron, con los brazos y piernas sangrantes. Retrocedieron. Entonces vieron al Trueno como nunca lo habían visto: con el rostro desencajado cargando el Terminator, un arma que se supone solo debería usar el ejército, y pararse en el umbral de la puerta. Iba a jugarse la vida. El Terminator escupió metralla pesada, los casquillos volaban y repicaban en las baldosas; el estallido del arma sobre el concreto era impresionante.

De nuevo, el humo y el silencio reinaron. La ruleta del Terminator paró en seco con un dedo del Trueno. Las paredes parecían hechas de galleta rancia.

—Se acabó…

Lo vio por penúltima vez. El anciano, el maldito anciano, parándose como un viejo guerrero revolucionario, un fantasma apuntándole con un rifle antiquísimo… el rifle de su primera cacería. Vio la bala viajar del túnel del arma hacia él.

 

 6

Los Valientes deciden cómo morir

Con todos sus dolores a cuestas, se arrastró al último reducto que le quedaba, el baño. No estaba en mejores condiciones que la cocina, pero al menos podría cubrirse ahí. Escuchaba poco, pero la vista seguía intacta y había visto caer al Trueno con su último disparo.

Entonces una cortina roja se instaló en su visión, y los ojos le escocían. Se sentó, recargado en la pared, se desabotonó la camisa, y extrajo el comal que le había servido de escudo. Parecía una coladera, con infinidad de orificios de bala a lo largo y ancho del pedazo de metal. No se miró el cuerpo, debía estar deshecho, pero era raro, no sentía dolor. Lo que sí olía era a pólvora, demasiada. Aunque se le dificultaba mover los brazos, amartilló la única arma que le quedaba. La Winchester M97. El rifle escupió el cartucho percutido.

Los valientes deciden cómo y cuándo morir, Alejo.

—Sí, padre. Ahora… Celestina, ya voy contigo, espérame, mi amor.

Trueno se incorporó. Habían pasado unos segundos desde que vio al anciano apuntarle y dispararle. ¿Es que es inmortal? Para su fortuna, el impacto había dado en su hombro, y por lo que se veía no era grave. Pero era la primera vez que sentía el dolor de un disparo, y mierda, cómo dolía.

—¿Dónde… dónde está ese anciano hijo de puta?

—Se… se arrastró a esa habitación. Está desarmado. Le disparamos y le dimos, pero se cubrió ahí —balbuceó uno.

Al fin, por primera vez desde que le ofrecieron comprar el rancho, entraron a la sala de la casa, derruida por los disparos y granadas. A cada paso de los asesinos, crujían pedazos de vidrio y concreto, y tintineaban los casquillos tirados por doquier.

—Viejo… si aún estás vivo y me escuchas, quiero que sepas, que buscaré a toda tu puta familia. La voy a hacer mierda. Ah, y tu cabeza, para mostrarla en el centro de Ciudad Victoria, hijo de tu puta madre. Pobre de ti, si aún vives, abuelito. No has visto nada de los Hijos del Diablo. Nada.

Cuando entraron al cuarto de baño, el último sobresalto del corazón del Trueno se suspendió al recibir también la última bala. Su corazón tronó y el pecho estalló, empapando de rojos chorreantes la pared despostillada. Los sicarios que lo acompañaban contemplaron los ojos, muy abiertos, del Trueno, sorprendido, cayendo para siempre a los pies de don Alejo, que lo miraba con esa sonrisa que podía vulnerar incluso a los mismos Hijos del Diablo.

Cuando reaccionaron los asesinos, espantados, escupieron metralla sobre el cuerpo ya inmóvil del anciano hasta que vaciaron sus armas, como si quisieran asegurarse de que el viejo no se pararía y terminaría matándolos por atreverse a entrar en su propiedad. Las manos les temblaban sin control, y tenían los pelos de punta.

Algunos cuentan que don Alejo Garza Támez usó su último suspiro de vida para dispararle al Trueno; otros, que ya estaba muerto, y el mismo reflejo de cacería y sed de justicia lo obligaron a levantar el brazo y jalar del gatillo, incluso después de la muerte. Lo que fue un hecho, es que los narcos sí huyeron como perros apaleados, asustados al ver a su líder muerto a los pies de un viejo de setenta y siete años. Corrieron a las camionetas, sin importarles sus muertos, y jalaron lejos del rancho San José, que de nuevo quedó en penumbras y en silencio. Mucho después, al alba, llegaron los marines y la prensa, donde se toparon con el cadáver de un anciano «cosido a balazos» y ocho muertos, entre sesos y quemaduras de ácido. Tardaron meses en intentar recrear la cruenta batalla, la última noche del cazador.

También, entre los narcos, se cuenta que aún los ojos vigilantes de don Alejo cuidan la propiedad, y ya nadie nunca más se acerca, a pesar de la soledad del paraje.

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7

La Carta

Cuando se acercaba a su casa en su Mercedes Benz, a la mujer le extrañó ver a un hombre moreno parado en la puerta de la calle. Su chofer paró, bajó con cautela y se aproximó a él con la mano en la culata de su pistola. El tipo venía en un viejo jeep; dentro, una señora viajaba con dos niños detrás. Esto último la tranquilizó un poco. Su chofer cacheó al hombre de arriba abajo. Tras asegurarse de que era seguro, regresó y abrió la portezuela.

—Quiere hablar con usted, señora. ¿Lo despido?

Ella miró al hombre y suspiró.

—¿Te dijo que quiere?

—Solo quiere hablar con usted y nada más.

—¿Señora Garza? —dijo el hombre, que ya se había acercado al auto.

—Sí —dijo ella. Se bajó del Mercedes, y le hizo una seña al chofer de mantenerse a una distancia prudente.

—Le traigo esto, de parte de su padre.

El hombre le extendió un sobre amarillo. Tenía escrito en su cubierta su dirección, y estaba sellado.

—¿Quién es usted?

—Eso no importa. He cumplido. Adiós.

El hombre moreno se metió con agilidad al jeep, y arrancó. Dio vuelta a la esquina y se perdió de vista.

¿Y ahora? se preguntó la mujer.

Es para mí, pensó de inmediato. Mientras tocaba el sobre, sintió como si la nuca le hormigueara. No le gustó esa sensación de electricidad, como agarrar una caja de toques. Entró, y se acomodó en uno de los sillones de la estancia. Abrió el sobre con cuidado.

—¡Oh!

Lo primero que reconoció de inmediato, fue la caligrafía de su padre.

¿Papá?

¿Hace cuánto que no se comunicaba?

Eran dos hojas de papel, una con la escritura apretada de don Alejo. Sí, para ella.

Penélope

Hija, seguro que te extraña una carta así de repente, pero le pedí a un amigo que te la hiciera llegar lo antes posible, sin usar el correo tradicional. Posiblemente lo sepas, pero unos individuos, que se hacen llamar Los Hijos del Diablo llevan meses presionándome para que les entregue el rancho San José, a las afueras de Ciudad Victoria. Hoy me dieron un ultimátum para entregárselos, con la amenaza de matarme si no lo hacía. Acabo de despedir a mis empleados del rancho, y me he quedado solo, a esperarlos. No te confundas. No se los voy a entregar, no se los voy a vender ni permutar. Voy a hacer mi última cacería, y a tratar de defender lo que es mío. Me acongoja ver a mi país en ese estado de guerra y miedo permanente por culpa de ratas como esas, que solo por vestir como norteño creen que pueden amedrentar a la muerte, escuchando corridos en sus camionetones, cargando un arma que ni siquiera saben usar correctamente. Tú lo sabes. No confío en ninguna autoridad desde lo que le pasó a tu madre, y jamás me rebajaré a irme, alzando las manos y bajando la cabeza ante semejante lacra. Hoy intentaron burlarse de mí, amagaron con matarme con una pistola descargada. Creo que no les di gusto, y conmigo, ya se chingaron. Una vez que termine esta carta y se la entregue al mensajero (que no dudo ni un momento que te la entregará en mano), me prepararé para cuando lleguen esos criminales, confiados, a quitarme mi tierra.

Puedes decirme y recriminarme lo que quieras, porque no estoy seguro de salir victorioso de esta. Qué va, es una lucha imposible, lo sé. Pero ya soy viejo, viví mi vida a mi manera, y quiero irme también a mi manera. Porque hoy es el rancho San José, ¿y luego? Todos los vecinos vendieron, se fueron. Soy el único que queda. Me parece que tu tío también vendió. No voy a hacer lo que esa basura quiere. No voy a darles gusto.

La otra hoja es una carta notariada, válida para que tomes el control de mis posesiones, y la cuenta bancaria. Tiene algo de dinero para que lo uses como te convenga, y olvídate del rancho San José. Una vez que ya no esté, no sé qué hagan con él. Seguro lo sitiarán, pero ya no será de mi incumbencia. Polvo somos, polvo seremos.

Por último, te pido perdón por todo el distanciamiento, por toda esa frialdad que como adulto necio adopté contigo desde la muerte de tu mamá. Te amo, Penélope, hija. Ojalá me perdones por esto, hijita, de verdad que lo siento mucho. Simplemente ya estoy harto de este país, en manos de quién está, el país que tanto quiero, de la tierra que me ha dado lo que soy. Las personas, si es que pueden llamarse así, los que me visitarán al rato, no tienen la más remota idea de lo que eso significa. Y esta noche, se los haré saber de la única forma que conocen.

Solo te pido, como último deseo, que vivas tu vida con honestidad, y con los valores que te inculqué desde niña. Perdóname por no hablarte por teléfono, o ir a verte. La necedad se agrava con los años. Sé discreta por los que amas, y no veas mi acción como algo personal, no hables con nadie sobre el asunto. Te lo hago saber a ti esto que pasará en un rato, porque aún, desde el fondo de mi muy limitada visión, creo que podemos cambiar el futuro.

Tu papá.

 


***Como siempre mi eterno agradecimiento a las soberbias ilustraciones de Rodrigo Valle (Yurex Omazkin), al editor Ricardo Canaán y a la Revista Buriñón, un proyecto increíble y en el que tuve el honor de participar en su número 1.

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