Comanche: vivir o morir en la frontera

Es indudable que, cuando Jesús Maeso de la Torre se decide a empujarnos a una historia, lo consigue desde las primeras páginas. Con una escena sangrienta y descriptiva abre la novela y nos muestra en magistrales pinceladas el costo de vivir en los confines de un imperio. Estamos en 1758 y el ejército español es atacado por un rival que no se detiene ante nada: forajidos salvajes que matan sin compasión, arrancan cabelleras y violan mujeres a placer. Los comanches aquí son retratados con severa intensidad y seguramente con un rigor histórico que no se ve con frecuencia. Rápidamente nos damos cuenta que en los límites de la Nueva España se baten continuamente en concilios de paz, de fundaciones de pueblos que no siempre son exitosas, de infames travesías de colonos en un esfuerzo titánico para poblar y defender el imperio. Y algo muy interesante, un acercamiento a las civilizaciones que a la postre serían borradas con la anexión de esos territorios a Estados Unidos: sioux, navajos, apaches, y otros tantos en los que Jesús Maeso nos deleita con sus tradiciones, oralidad y cosmogonía.

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Los dragones de cuera, dignos herederos de los reales tercios, se encargan de mantener la paz y la concordia en la frontera de Norteamérica con valor, gallardía y a sabiendas de que forman parte de un imperio que peligra con la amenaza de naciones rivales y enemigos ocultos en las sombras. Gracias al autor se les rinde un justo y sincero homenaje a través del interesante protagonista, Martín Arellano, y de Juan Bautista de Anza, por supuesto. Al hablar de novela histórica, el autor se mete más que en serio en el papel. Nos remite incluso a las expediciones descubridoras de Cabeza de Vaca, Oñate y Soto en esas regiones, y de un enigmático mapa hecho por ellos y heredado a una niña apache-lipán.

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Pero Maeso, con la ambición narrativa que le caracteriza, no solo nos muestra a detalle el mundo de las fronteras de California, Nuevo México y Texas; nos embarca en un entretenido viaje hasta las lejanas latitudes colindantes con Alaska, a las islas de Haida Gwaii y su civilización, de la que personalmente poco o nada conocía, incluido un sopesado conflicto con los zares de Rusia. El autor es una vasta fuente de información, con un amplio dominio de la época donde suele hablar, y siendo estrictos, nada se le escapa en esta historia: pocos autores tienen ese control teórico sobre la historia cruda de diferentes épocas, y aquí nos lo vuelve a demostrar, rescatando estos años perdidos de una Colonia que sufría más transformaciones de las que creemos. Personajes interesantísimos como Vitus Bering (a quien se debe el nombre actual del estrecho) y el incansable Fray Junípero Serra, aparecen retratados fielmente en estas páginas y suelen tener una participación decisiva en los momentos difíciles.

En Comanche nos enteraremos de la vida no solo en las fronteras, sino en la capital del virreinato; de la turbulenta y traicionera vida en las cortes reales en Madrid, de la red de espionajes entre los reinos, pero, sobre todo, en los diversos intereses de las logias masónicas y sus pugnas con otras organizaciones secretas y los rescoldos del Santo Oficio. Visitaremos al Papa en Roma, en una inspirada descripción de la ciudad que seguro encanta al autor, pues ya lo vimos con la misma maestría en su previo trabajo Las lágrimas de Julio César. Hay que agradecer al autor por tan vasto recorrido en la temática de esta novela.

En Comanche nos encontraremos fieros guerreros dispuestos a morir, ya sean indios o criollos o peninsulares, sabias princesas guías de sus propios reinos y personajes femeninos inolvidables. Todos ellos entre civilizaciones que ya chocaban y necesitaban subsistir de acuerdo al orden imperial, con la gran ironía de que ese imperio español ya se encontraba en su ocaso, y en poco tiempo por fin se pondría el sol en él.

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