Tajamar: cuando lo privado se hizo público

Un fin de semana triste, de indignación. Ser espectadores de la destrucción del manglar de Malecón Tajamar dejó a algunos cancunenses con la boca amarga. Y digo algunos, porque, en comparación al total de habitantes de esta ciudad, la estadística nos sigue marcando como un puñado lo que vemos en las fotos: activistas, no activistas, niños y adultos con y sin pancartas, con o sin afiliación partidista. Por su misma configuración, a esta ciudad no le viene la participación masiva: los cancunenses son en su mayoría fenómenos transitorios, pese algunas excepciones, como el exitoso rescate del Ombligo Verde de las garras de la locura política de su momento.

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Fotografía aparecida hoy 18 de enero en redes sociales, de un halcón que quizá anidaba allí, hoy confundido. Varias veces pude ver aves parecidas perchadas sobre las farolas.

Y sí, viéndolo ya fríamente, nada de esta conmoción habría pasado si los genios de Fonatur no hubiesen permitido el libre acceso a Malecón Tajamar y a sus bonitas aceras desde el principio; terminaron utilizándose para múltiples actividades, hasta para la filmación de series de Disney. Pongo un ejemplo rápido: Puerto Cancún permaneció celosamente cerrado hasta su apertura, a pesar de sus múltiples irregularidades legales y ambientales; no vi niños llorando cuando se devastó esa zona a placer y se exterminaron a cientos de coatíes, contaminando hasta los mantos freáticos.

 

¿Para qué abrir esa maravilla llamada Malecón Tajamar, y acostumbrar a la ciudadanía al uso de un espacio ya privatizado? ¡Incluso las campañas para el rescate del cangrejo azul se promovieron allí!

Ya no habrá cangrejos azules que “rescatar” en Malecón Tajamar.

Sí, en este país surrealista, se indujo a la participación y concienciación ecológica en un área hoy destrozada por la maquinaria, algo poco congruente. Además, hubo un atisbo de esperanza legal, con amparos y órdenes de los juzgados y sellos de clausura de Profepa, con niños de por medio; increíblemente —porque realmente yo no creí que fuera a darse un milagro— parecía que Fonatur por fin perdería y la zona se haría del ciudadano, de un lugar que en un mundo feliz se resguardaría y cuidaría; sí, pudo haber una victoria ciudadana, limpia de factores políticos. Pero ya vimos que los milagros no existen y el choque por eso fue terrible: un espacio que se usaba para esparcimiento —a falta de sitios de encuentro de esa naturaleza— y fue arrebatado así, a hurtadillas, a mitad de la noche y con el uso de la fuerza pública en un ambiente actual que invita a la represión, causa lo que vimos: lágrimas y activismo espontáneo, un rabioso sentido de pertenencia al lugar, aun sabiendo que es una propiedad privada, a final de cuentas; siempre lo fue y no debemos confundirnos.

Tal fue la derrota este fin de semana, que algunos politiquillos pudieron adherirse a las protestas, dando al traste con la intención ciudadana que está harta de toda esa monserga política barata: una derrota contundente y ruidosa. Eso sí, dar algo para el goce público y luego retirarlo como un ladrón a mitad de la noche fue la peor decisión de quien resulte responsable.

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