Cancún, sin tiempo para sumergirse en la memoria

En Cancún, la cultura literaria apenas subsiste a sus 46 años de existencia. La marea se lleva la historia literaria, y la pierde en la lejanía del Caribe. La verdad es clara: no hay una biblioteca sólida y homogénea de escritores cancunenses, y la inversión del estado en sus narradores y poetas es mínima y últimamente inexistente. Hay esfuerzos independientes, muy pocos válidos, otros intrascendentes, unos más que permanecen bajo llave, flotando en una botella de ron, bajo las piedras y la arena del Turismo en nuestra ciudad. He aprendido a reconocer esta singular dinámica de construir castillos de arena con el mejor afán, para que, al cabo del tiempo —quizá de una tarde—, éste termine desmoronándose fácilmente.

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Parte de esto se reflejó en la plática del 17 de marzo pasado en la Facultad de Ciencias Antropológicas de la Universidad Autónoma de Yucatán, enunciando que esta Facultad imparte la única asignatura en una universidad llamada Literatura de Quintana Roo. La paradoja de que en nuestro propio estado no se le dé el nombre al estudio de nuestras propias letras —lo más cercano es Literatura Regional en la UQROO— no es algo que nos deba sorprender. Lo que me sorprende es que los alumnos de la asignatura que imparte el profesor David Anuar González se estén tomando muy en serio el estudio de las letras cancunenses, incluyendo las de un servidor. Yucatán nos estudia, porque nosotros no podemos. Estamos ocupados en nuestro Turismo, dejando pasar la historia y las páginas como la arena entre nuestros dedos.

 

En Cancún no hay tiempo para sumergirse en la memoria. Qué lejos está aquel esplendor cultural de inicios de los 80, con la visión constructivista de Felipe Amaro Santana, delegando a José Delarra a instalar monumentos, y Luis Felipe Castillo armando con mucho ingenio una radiodifusora y sus originales Noches Caribeñas en el Parque de las Palapas. Días de construir una ciudad y delinear sus calles, noches de auténtica comunión social, de compaginar el arduo trabajo con la bohemia cultural, apenas con los visos de una ciudad moderna que no dejaba los cerrojos puestos en sus puertas y ventanas.

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Las Noches Caribeñas de Luis Felipe Castillo (+). En la imagen de la derecha, el visionario Felipe Amaro Santana (der) (+) y el escultor José Delarra (izq) (+). Abajo, el Parque de las Palapas en los 70.

Hoy, en Cancún no hay tiempo para sumergirse en la memoria. Hay que atender, asistir, transportar, alimentar, entretener al turista y cargar sus maletas, confortarlo y darle palmaditas con la mejor sonrisa; ir con el presente, correr antes de que éste nos deje atrás. Al final del día, el cancunense tiene que pagar las facturas y convivir con la soledad y la extrañeza. Y alternar el paraíso con la añoranza a una tierra distante, de dónde se proviene. Cancún ha sido llamado poéticamente “crisol de identidades”, un punto de México donde convergen ciudadanos de cualquier parte del mundo, yendo y viniendo, dejando polvo de sus zapatos sobre la blanca arena. En el transcurrir de las décadas, algunos se han quedado y formado su propia familia con una identidad partiendo de ese crisol, y muy dentro de ellos, no saben cómo definirse: cancunenses, defeños, yucatecos, campechanos, forasteros en el paraíso. Quizá simplemente mexicanos,  amparados en un cliché ya popular: “orgullosamente cancunense, dignamente quintanarroense”.

Los cancunenses olvidados. ¿Correremos su misma suerte?

Si hoy preguntáramos a un cancunense promedio quién es Gabuch o Gabriel Garrido Argüelles, se encogería de hombros y contestaría un despreocupado “no lo sé”. Muchas de las personas que conocieron a personas como Gabuch ya pasaron a mejor vida o permanecen bajo las capas de olvido de la ciudad. Periodistas e historiadores han tratado con mucho ánimo y la mejor voluntad traer su nombre al presente. Esas buenas voluntades se han estrellado en un muro grueso y altísimo: el de la indiferencia de una ciudad que trabaja para y por el turismo.

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Cachito, Gabuch, Emilio Maldonado (abajo en la lancha) y Rudy. Fotos del Fantasía de banqueros de Martí.
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Fotos recientes de Gabuch, Emilio Maldonado, y abajo Rudy, entrevistados todos por Francisco Verdayes Ortiz.

La historia de Cancún es breve pero compleja: un experimento que nació en los laboratorios del Banco de México a finales de los sesenta, y que junto con otras ciudades, fue creada casi de la nada con un objetivo: abrir nuestro país al mundo, y debo decir que no sólo ha sido exitoso, ha rebasado con creces los números, estadísticas, y el mismo nombre de Cancún hoy es sinónimo de playa y paraíso. Es una dama bondadosa que ofrece empleo con poca preparación académica: saber inglés y ser extrovertido dan cabida a muchos migrantes en las temporadas altas.

Soy hijo de pioneros, de gente joven que se atrevió a dejar sus respectivas ciudades, comenzando desde cero, todo a cambio de la libertad, de construir algo nuevo, una nueva vida, si queremos caer en el tópico. Ése es uno de los principales méritos de Cancún: por donde se vea, es una ciudad de esfuerzos. Desde hacer frente a los elementos, a la naturaleza ponzoñosa y agreste, al calor y a la inicial falta de servicios. Fue todo un logro para nuestros padres vivir sus primeros años en Cancún. Mi madre me cuenta con sonrisa nostálgica cómo se hizo cargo del primer salón de belleza en la ciudad. Aún recuerdo cuando las calles de mi colonia fueron delineadas y construidas por las maquinarias.

 

Las actas oficiales marcan el 20 de abril de 1970 como la fundación de Cancún, sin embargo, la zona no era desierta. Había ya vida en la enorme lengua de arena que hoy se llama Isla Cancún o Zona Hotelera. Pescadores, cuidadores de los predios junto al mar, el negocio de la copra, y el afán pionerísimo de José Lima al construir una casa de huéspedes en medio de la nada, son razones válidas para afirmar que no fue el Banco de México el único fundador de Cancún. Personas, familias, ya cuidaban estas tierras conviviendo con la naturaleza, con el olor de lo salvaje, durmiendo bajo la luz de las estrellas y arropados por el silencio de saberse en los confines de un país que quizá les era ajeno. Esa nación que estaba a punto de llegar a ellos con todo el poder que otorgan las ideas visionarias.

Fernando Martí, el cronista oficial de Cancún, hoy desapegado de ese puesto, puso de manifiesto en 1985 con su libro Cancún fantasía de banqueros a tres habitantes primigenios de Isla Cancún: Emilio Maldonado, Antonio Hernández Cachito y Gabriel Garrido, Gabuch. Aunque la visión de este libro es muy limitada puesto que había más pobladores antes de que las retroexcavadoras y maquinaria llegaran a Isla Cancún, desde ese libro, Martí sentenciaba: Cancún no ha sido generoso con sus moradores primitivos. Si bien Martí fue el primero en hablar de la concepción de Cancún y de estos habitantes en un libro, periodistas como Francisco Verdayes han hecho investigaciones más profundas de los personajes, entrevistas y publicaciones en su revista Pioneros. El propio Verdayes promovió una lista de cancunenses ilustres donde figuraban estos tres nombres. La iniciativa no prosperó a niveles oficiales, y ni siquiera hubo interés del Ayuntamiento por reconocerlos.

Gabuch, Emilio Maldonado y los demás habitantes originales de Isla Cancún no sólo fueron “habitantes”, seres que deambulaban por Isla Cancún disfrutando el paraíso. Eran personas trabajadoras, manejaban los elementos como les habían enseñado sus ancestros y la misma naturaleza. Sacaban la copra, cuidaban sus propios pedazos de tierra y salían a cazar (a tirar, va usted a ver, como decía Gabuch) para subsistir.

Los escritores cancunenses tratan de sacar obras invaluables de entre los pedazos y el moho de historia diseminada en Cancún, historia que sigue viva, pero ya huele a marisma y óxido. Carlos Hurtado (†), Miguel Meza, Alicia Ferreira (†), David Anuar, intentan, a pesar de vientos contrarios, trascender a ese profundo abismo que separa a un lector cancunense de ellos.

Soy cancunense y es difícil serlo, porque las interpretaciones sobre mi actuar son una paradoja en sí, pero algo es universal: si mis padres no se hubiesen conocido en este lugar, sería la nada; sin las ideas revolucionarias de Savignac y Echeverría, sería solo un grano de arena menos en la playa. Es difícil adoptar una postura lineal y monogámica, porque una ciudad que vive de una industria que la carcome poco a poco, a veces sin freno, nos obliga a adoptar posturas diversas y encontradas: queremos que haya empleo, que la gente venga a disfrutar sus vacaciones, porque nos pagan por ello y tenemos que subsistir. Pero también exigimos que se respete el medio ambiente, que se preserven los manglares como el de Tajamar, defendiéndolo con uñas y dientes, que no se construya sobre la línea costera porque el espacio ya es reducido y los números y ambiciones siguen creciendo exponencialmente.

 

¿Hay una calle en Cancún que se llame Gabriel Garrido Argüelles? No. ¿Hay alguna distinción que recuerde su memoria? No. La memoria escrita en la poética, la narrativa  y la crónica, es la única que conserva intacto su pensar, sus días bajo el sol tropical y las noches iluminadas por las estrellas. Escritores como David Anuar, periodistas como Francisco Verdayes, Héctor Cobá y Gloria Palma, todos ellos se convierten en las voces que los habitantes primigenios de Cancún no pudieron amplificar en su momento, para enterarnos del ocaso de un mundo desmoronándose ante sus ojos. El mundo que se destruyó para reconstruirse en uno nuevo y diferente. Una nueva realidad que también los mató de olvido.

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No podemos condenar nuestra memoria por siempre. Algún día ésta nos alcanzará y nos pedirá cuentas por todo lo que hemos hecho con Cancún; sin ánimos de sonar a falso y sermoneador profeta, es claro que una ciudad que olvida o ignora su pasado se desconoce a sí misma. Y empiezan a ocurrir cosas extrañas, anómalas, como el sonido de las retroexcavadoras a mitad de la noche y el llanto de los coatíes, ulular de ambulancias, gritos femeninos, arengas, las balas. Si Cancún no quiere sumergirse en la memoria, está bien. Ya es la tarea implícita de nosotros quienes escribimos. El problema estriba en que quizá nosotros, como escritores, seamos demasiado torpes para salir vivos de esa inmersión a la historia; quizá nos equivoquemos y escribamos en la arena y construyamos castillos —y hasta fortalezas— sobre ella. Si lo que escribimos se borra, si el castillo se desmorona a la menor brisa, pero el mensaje logra comunicar, al menos habremos cumplido el objetivo básico de esta sociedad moderna y digitalizada.

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