Eslava Galán y los justificólogos

Acabo de terminar el último libro de Juan Eslava Galán, La conquista de América contada para escépticos, editado por Planeta (2019) y que, a juzgar por el número de reimpresiones, se está vendiendo como churros. No es para menos, Eslava Galán es de esos contados autores que sabe de lo que habla, y ya lo demostró en sus libros anteriores, su bibliografía es extensa y sus credenciales literarias lo identifican. Los años del miedo es otro de sus trabajos que pude leer, disfrutar (y del que también pude aprender) sobre los años difíciles de la posguerra.

En La conquista de América, Eslava hace uso de su vasto conocimiento e investigaciones de campo, incluso viajes propios a los lugares de los que habla (Ciudad de México, Lima, las Antillas…) y, como en Los años del miedo, nos va desgranando este tema difícil de abordar para las dos orillas, ateniéndose a los hechos, reflexionando y recreando desde su imaginación en ciertos momentos donde la historia flaquea y no se disponen de fuentes, y, cómo no, narrando en su estilo en otras tantas partes como si de una novela se tratase. Eslava es dinámico, trata siempre de no hacer densa la lectura, y cuando esta se empieza a empantanar hace uso de ironías y saca ejemplos de la chistera al estilo Pérez-Reverte.

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Para empezar con los atributos de su prosa, debo decir que la aventura de Hernán Cortés está muy completa, es la mejor parte del libro y Eslava Galán nos entrega un trabajo interesante, con ambas visiones, aunque centrándose en Cortés, pero de alguna forma «actualiza» lo que ya se ha contado en múltiples ocasiones, ya sea de divulgación, ensayo o incluso novela. Cabe señalar que incluso toca el tema de Gonzalo Guerrero, personaje que muy pocos autores de esa guisa suelen traer a la superficie, y usa como fuente el trabajo de tesis de un buen amigo, Iván Vallado Fajardo, uno de los máximos conocedores de esta particular aventura en Yucatán. Esto me sorprendió gratamente y ahí compruebo la seriedad de las investigaciones del autor, por lo que en ese aspecto, poco puedo añadir. Juan Eslava nos guía por todo el periplo de Cortés, desde su escape de Cuba, hasta las primeras redacciones de sus Cartas de Relación. Viendo paralelamente la serie de Amazon Hernán, me pareció encontrar similitudes en aspectos muy específicos y teóricos de la campaña hacia Tenochtitlán y la conquista del imperio mexica. Eslava, muy hábil, enhebra los hechos con pensamientos de Octavio Paz, Galeano y otros escritores fundamentales del tema.

Llegando a Pizarro y la conquista del imperio inca y los desastres en los Andes y la Amazonia, el libro decae. Quizá es punto de vista personal, pero la prosa no tiene tanta energía como en la aventura de Cortés (incluyendo a detalle batallas heroicas que incluían a mujeres extraordinarias), además del natural desgaste de la lectura en un libro de casi 700 páginas y de la constante interrupción de la narrativa galanesca, de la que hablaremos a detalle. Históricamente, tampoco demuestra que esa hazaña haya sido comparable a la caída de Tenochtitlán, por lo que el autor, haciendo un alarde de sinceridad, admite que esa campaña no fue de todo leal, ni Pizarro demuestra tanta habilidad como su sobrino nieto Cortés al someter al inca.

Y pues, poco más que añadir. La historia del Loco Aguirre al final del libro y de la que esperaba más por lo oscuro, demencial y antiespañol, se quedó en una simple enunciación de los hechos, añadiendo escritos del propio Aguirre, donde incluso Galán lo eleva a «adelantado a su tiempo», solamente enunciando las atrocidades que cometió con propios y extraños. Es una excepción, pero el caso de Lope de Aguirre merecía un foco más profundo y con más ironía del autor.

Ahora, ciertos detalles impiden a este libro ser imprescindible para entender a cabalidad la conquista de América; primero, es un libro bastante incompleto: se centra en tres hechos fundamentales, los viajes de Colón, y las aventuras de Cortés y Pizarro. Lo demás entra en pequeños intermedios en una gran obra de teatro. ¿Qué quiero decir? Eslava Galán intentó abarcar mucho apretando poco, emulando un dicho de mi tierra. Un tema que extrañé bastante es el capítulo de Alvar Núñez Cabeza de Vaca, a mi parecer, una potente contraposición a la leyenda negra de la que, por supuesto, Eslava huye y justifica, veremos más adelante por qué. El capítulo de Gonzalo Guerrero y su figura contra la leyenda negra también debió ser una fuerte oposición a lo que el autor buscaba sobre el final del libro, pero desperdició la oportunidad, a pesar de que tuvo el excelente trabajo del dr. Vallado en sus manos.

Otra de las cosas que, más que ayudar entorpece, es la inclusión de sinnúmero de notas al pie (614 por 624 páginas de texto hacen prácticamente una nota al pie por página, y no hablemos de algunas de gran extensión que mejor debió incluir en el texto en sí). Y la narrativa galanesca que he mencionado: al transcurrir las páginas, personalmente no quería saber absolutamente ya nada de Chozalhombro y Arjona, personajes guía en cada una de las expediciones. Cada que aparecían significaban un altibajo engorroso en mi lectura (¿estoy leyendo divulgación, ensayo o novela histórica bestseller?) No he podido leer novelas suyas, pero estoy seguro que Juan Eslava tiene mejor calidad narrativa que esto. El epílogo es muy triste y decepcionante al cierre de esas historias que de por sí aportaban poco a los hechos históricos centrales, mucho más interesantes y ricos. Los viajecitos de Eslava Galán a los «paradisiacos sitios americanos» son otro obstáculo al leer: no compré una guía turística para personas mayores.

Ahora, lo difícil en este tema, por supuesto, escabrosamente resbaladizo y que ondea en las incorrecciones políticas no de ahora, de hace años, es: indigenismo recalcitrante y la leyenda negra, contra el justificar y echar balones fuera. Esto es lo que hace Eslava Galán, lamentablemente. Últimamente se ha reforzado esta corriente de pensamiento español que busca nivelar el encono y el agrio resentimiento que ciertos «indigenistas» latinoamericanos proclaman contra la destrucción de «sus» civilizaciones utópicas y felices. Lamentablemente, Eslava entró al trapo en esta cuestión de manera poco elegante, y se dejó guiar por el sentimiento patriótico. Empezando con la autojustificación innecesaria: «España civilizó, España trajo instituciones, España respetó los derechos de los indios desde el principio» y lo peor, echando culpas y comparando: «los guiris, los holandeses, los franceses, ellos sí que exterminaron las civilizaciones que conquistaron, ellos son los malos de la historia, y además nos crearon propaganda malsana, pero ellos sí que mataron mucho peor que nosotros…».

Como descendiente mestizo de una mezcla que lleva ya quinientos años en el proceso, estas afirmaciones me parecen ya de niños. Que si los franceses e ingleses exterminaron sus colonias cruelmente, vale, mi repulsión sincera. Que si España civilizó tras la caída de Tenochtitlán y trajo la religión verdadera, y la universidad y la imprenta (para unos cuantos), vale, mi agradecimiento sincero. Lo que no vale es jugar ese juego infantil de tú la traes. Me parece una falta de responsabilidad histórica y de atenerse a los hechos sin meter banderas ni imperios.

Eslava Galán, solo por mencionar (y que puede incluir para futuras ediciones) para su libro que he dicho que está incompleto, a ese respecto está el auto de fe de Maní (1562). Diego de Landa, franciscano, quemó todo códice, escultura e imagen demoniaca que encontró a su paso en una gran pira. Tiempo después, quizá en un arranque de arrepentimiento, estudió la escritura pagana y terminó brindando una ayuda inestimable para comprender los glifos mayas, y su alfabeto fue base para el desciframiento de su escritura hasta la llegada de Knórosov en el siglo XX. ¿No es un ejemplo válido de aceptar que la has cagado y puedes remediarlo de alguna forma? Lo quemado, cenizas es. Pero cambiar como Landa también tiene su mérito, y es un comportamiento de lo más humano que existe. Eslava Galán no menciona este caso, como no menciona apenas la conquista del Yucatán, a cargo de los Montejo, y de otra leyenda negrísima, los Pacheco en la zona oriental de la península.

Como dije, un libro llamado para escépticos tenía que ir más allá de ese vulgar juego de justificaciones que solo enardece a los aludidos, o sea, los fans de Blas de Lezo y los fans de Cuauhtémoc y Nachi Cocom y Nicolás Maduro. ¿Para qué hacen falta? ¿Para desmentir a unos flipados indigenistas que no tienen idea de dónde provienen? ¿Para recordarle al presidente de México lo evidente y que su apellido es español? ¿Para agrandar el ego de los que mal interpretan a Pérez-Reverte? Me parecieron de sobra, viniendo de un libro supuestamente para escépticos. Replicar a Maduro, a López Obrador, es darles juego, darles la importancia que no merecen, puesto que no conocen la historia, sino la historia que les enseñaron en la escuelita.

Aprendamos más de Gonzalo Guerrero, Cabeza de Vaca y Landa.

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